domingo, 17 de julio de 2016

En defensa de los animales



Explicaba Alphonse de Lamartine que “No se tienen dos corazones, uno para los animales y otro para los humanos. Se tiene un corazón o no se tiene”. La editorial Kairós ha publicado recientemente, en traducción de Miguel portillo, una obra fundamental para acercarnos a la relación de los animales no humanos con el hombre, En defensa de los animales, del monje budista Matthieu Ricard, residente en Nepal.

El objetivo fundamental de Ricard es el de “evidenciar las razones y el imperativo moral que justifican ampliar el altruismo a todos los seres sensibles, sin limitación de orden cuantitativo ni cualitativo”, dado que habitamos un mundo “esencialmente interdependiente, donde la suerte de cada ser, sea el que sea, está íntimamente ligada a la de los demás”.

Ricard asegura que la bondad no ha de limitarse a la relación de los humanos entre sí, sino que debemos extenderla sin condición a los animales, una extensión que “es en primer lugar una cuestión de actitud responsable hacia lo que nos rodea”. Dado el frenético ritmo de nuestra sociedad occidental, nos resulta imposible recapacitar sobre el sufrimiento que infligimos a los animales, manteniendo -afirma- una “esquizofrenia moral que nos empuja a ocuparnos enormemente de nuestros animales de compañía a la vez que hincamos el tenedor a los millones de cerdos que se envían al matadero, aunque no son menos conscientes o sensibles al dolor e inteligentes que nuestros perros o gatos”.

Visión mecanicista heredada de la Modernidad e Ilustración europeas, que hizo que la mayor parte de los sabios e intelectuales de tales épocas pasaran por alto el dolor de los animales, incluso en el ámbito científico. El mismísimo Kant, severo moralista, escribe en sus Lecciones de ética que “los animales no tienen conciencia de sí mismos y en consecuencia no son más que medios para un fin. Este fin es el ser humano. Y éste no tiene deber alguno inmediato hacia ellos […]. Los deberes que tenemos para con los animales no son más que deberes inmediatos para con la humanidad”. Aserto frente al que se rebelaron otras corrientes y autores, muy anteriores, como los cátaros o el enciclopedista Voltaire, quien escribe en el artículo “Bestias” de la Enciclopedia:


"Varios bárbaros atrapan a ese perro, que aventaja al hombre en ser fiel a la amistad, lo atan a una mesa y lo abren en vivo para examinarle sus entrañas, descubriendo en él los mismos órganos del sentimiento que tiene el hombre. Contestadme, mecanicistas: ¿es que la naturaleza concedió los órganos del sentimiento a los animales con el fin de que no sintieran? Teniendo nervios, ¿pueden ser impasibles? ¿No supone esto contradecir las leyes de la naturaleza?"

Aunque la visión kantiana no resulta exclusiva de los siglos XVIII y XIX, sino también del XX, cuando leemos en Sartre (Cuadernos para una moral) que “la libertad del animal no resulta inquietante porque el perro sólo es libre para adorarme. El resto es apetito, humor, mecanismo fisiológico; al apartarse de mí, al gruñir, recae en el determinismo o en la oscura opacidad del instinto”. Como vemos, Sartre niega el estatuto moral de los animales en tanto que les priva de libertad, atándolos sin más a los más prefijados e inalterables mecanismos naturales, pasando por alto la empatía afectiva y cognitiva. Aunque, por otro lado, ¿está por más demostrada la libertad e independencia del ser humano respecto a la naturaleza? ¿No es él, también, un ser atado a las leyes más inexorables?

Como apunta acertadamente Matthieu Ricard, los pueblos cazadores de nuestra especie no consideraban en absoluto a los animales como seres inferiores en ninguna faceta, sino como unos iguales que luchan, igualmente, por su supervivencia. Por ejemplo, los hewong de Malasia, explica el etólogo Dominique Lestel, “no dividen el mundo entre humanos y no humanos. Consideran que los representantes de cada especie tienen una visión del mundo que les es propia. […] Lo que cada especie percibe es, para ella, tan cierto como lo que percibe el ser humano”.

Frente a esta posición de igualitarismo animal, en la actualidad predomina la visión utilitarista, ya sostenida en su Ética por Spinoza: “La ley que prohíbe matar a los animales está basada más en una vana superstición y en una piedad de mujer que en una sana razón; […] no existe razón para no buscar lo que nos resulta útil, y por ello para no utilizar a los animales como mejor convenga a nuestros intereses”. Concepción proveniente del cristianismo, en cuyo seno se defiende que Dios encumbró a la humanidad por encima del resto de los animales, confiriendo al hombre un estatuto moral superior. Aunque ya Plutarco, en su Acerca de comer carne, escribía:


"Os preguntáis cuáles fueron las razones en que Pitágoras se basó para abstenerse de comer carne de animal. Por mi parte me preguntaría cuál fue el accidente o el estado anímico o mental que hizo al primer hombre comerla, tocar con sus labios la sangre coagulada y llevarse a la boca carne de una criatura muerta. ¿Quién se aventuraría a llamar alimentos a lo que poco antes vivía, se movía y chillaba? ¿Cómo pudieron sus ojos observar la matanza? ¿Cómo pudo su nariz soportar el hedor? ¿Cómo pudo la corrupción convencer a su gusto y éste pudo entrar en contacto con las heridas de otro, beber sus secreciones y la sangre que manaba por las mortales heridas? […] [M]ediante una sensualidad cruel, degollamos a esas bestias desgraciadas, les privamos de la luz de los cielos, les arrancamos esa débil porción de vida que la naturaleza les destinara. ¿Creemos, además, que los gritos que emiten no son más que sonidos inarticulados, y no oraciones y justas reclamaciones por su parte?"

Meslier sostenía: “Benditas sean las naciones que tratan benigna y favorablemente a los animales, y que se compadecen de sus miserias y dolores, y malditas sean las naciones que los tratan con crueldad, que los tiranizan, que gustan de verter su sangre, y que están ávidas de devorar su carne”

Ni siquiera la revolución darwiniana fue capaz de modificar el paradigma carnívoro, cuando el autor inglés mostró que las especies y su evolución no revela más que transiciones graduales entre ellas. Un Darwin que, en su condición de biólogo y amante de la naturaleza, se mostró muy preocupado por este asunto. En una anotación de su diario afirmaba que “La humanidad hacia los animales inferiores es una de las más nobles virtudes de las que el ser humano ha sido dotado, y se trata del último estadio del desarrollo de los sentimientos morales. Sólo cuando nos preocupamos de la totalidad de los seres sensibles nuestra moral alcanza su nivel más elevado”. También el escritor decimonónico Émil Zola, casi contemporáneo de Darwin, apuntaba:


¿No podríamos empezar por estar de acuerdo acerca del amor que se les debe a los animales? […] Y eso simplemente en nombre del sufrimiento, para matar el sufrimiento. El abominable sufrimiento que vive la naturaleza y que la humanidad debería esforzarse en reducir todo lo posible, mediante una lucha continua, la única lucha a la que sería sabio lanzarse.

Matthieu Ricard escribe un magnífico y documentado volumen en el que repasa histórica y críticamente, sin salmodias ni propagandas, todas las concepciones que, a lo largo del devenir humano, han hecho de los animales meros objetos de consumo, concluyendo con una llamada a la razón y a la bondad humana. Y es que, como ya considerara uno de los padres de los derechos de los animales, Arthur Schopenhauer, “Una compasión sin límites que nos una a todos los seres vivos, tal es la garantía más sólida y segura de la moralidad. Quien la posea será incapaz de perjudicar a nadie, de violentar a nadie, de hacer daño a quien sea; sino que, más bien, mostrará tolerancia para con todos, perdonará, ayudará con todas sus fuerzas, y cada una de sus acciones estará del lado de la justicia y de la caridad”.

Así, termina Ricard, contundente: “Es hora de ampliar la noción de prójimo a otras formas de vida. Si comprendemos y sentimos conscientemente que en realidad todos somos ciudadanos del mundo, en lugar de considerar a los animales como una subcategoría de seres vivos, no nos permitiremos seguir tratándoles como lo hacemos”.

Extraído de: https://elvuelodelalechuza.com

domingo, 26 de junio de 2016

Mujeres contra mujeres, la trampa del patriarcado



Juliet Mitchell es psicoanalista y feminista, dos frentes que no terminan de amigarse pero cuya relación es inevitable para comprender la situación de las mujeres en la cultura.


Fundadora del Centro de Estudios de Género de la Universidad de Cambridge, hace ya cincuenta años escribió el artículo que la ubicó entre las voces protagónicas de la segunda ola feminista: “Mujeres, la revolución más larga”. Y el tiempo le dio la razón, pues la igualdad de género sigue siendo una tarea pendiente que da pasos adelante y hacia atrás. Juliet visitó el país invitada por el Doctorado en Psicología y el Instituto de Humanidades de la UDP –con el patrocinio de Fondecyt– y Theclinic conversò con ella sobre los aciertos y errores de un feminismo que, según cree, necesita pasar a una nueva fase.


El feminismo ha rechazado al psicoanálisis debido a conceptos como la envidia al pene, la supremacía fálica, la anatomía como destino predeterminado. ¿Qué validez tendrían hoy estos conceptos?


–Son conceptos que hay que mirar de manera crítica, no como hace cuarenta años. Por ejemplo, la envidia al pene no es al pene, sino una representación de la envidia al poder. Y aunque se trate de una representación, desde el feminismo no se usa mucho. ¿Acá se usa esa expresión?


Como una ofensa se usa mucho. Bajo la expresión “te falta pico”, para acusar que una mujer está haciendo algo motivada por la amargura o la envidia.


–En ese caso se trata de mujeres haciendo lo que les place. Lo que ocurre es que cuando una mujer hace cosas que la igualan a los hombres, son ellos los que ven envidia.


¿Y de qué manera crees que el saber del psicoanálisis sobre el deseo inconsciente podría aportar al feminismo?


–Ayuda a comprender la repetición compulsiva por la cual, sea lo que sea que las mujeres ganamos, volvemos siempre a la posición de segundo sexo. Los seres humanos tenemos, junto a la tendencia de movernos hacia delante, una tendencia regresiva representada por la pulsión de muerte, esta pulsión conservadora de ir hacia atrás. Y el psicoanálisis sirve para comprender este impulso que nos lleva a mantener el statu quo y hace del cambio algo tan difícil.


¿La idea de que el psiquismo femenino se orienta hacia la pasividad es una forma de empuje hacia atrás? ¿O habría placer en el sometimiento?


–Esa posición femenina es algo disponible para ambos géneros, pero el problema es que siempre ha sido devaluada, denigrada. La segunda ola feminista apuntaba a que los hombres también pudieran disponer de su lado pasivo. La pasividad tiene un rol positivo en las relaciones, para poder comprender al otro. Por ejemplo, ¿cómo comprender el llanto de un bebé si no es a través de la pasividad frente a esa acción?


Pero a las mujeres nos cuesta seguir viendo la pasividad como algo tan positivo. ¿Se puede aspirar a un amor sin pasividad?


–Todos queremos ser sujetos y no objetos, es legítimo que las mujeres queramos estar del lado de la actividad y no del objeto pasivo. Ahora, si ninguno de los géneros tiene apertura a ponerse del otro lado, se pierden la posibilidad y los beneficios de entender al otro, y se cae en mirarse sólo a uno mismo. Necesito pasividad para entender cómo te sientes, es importante para el amor. Pero ha sido devaluado por asociarse a un grupo social oprimido, las mujeres.


¿Crees, por ejemplo, que las mujeres para acceder al poder necesitamos masculinizarnos?


–Sería muy interesante que nadie tuviera que tener poder. Porque el poder siempre se ejerce sobre otro, nunca es algo neutral. Por eso es que nunca logramos estar demasiado felices. Es una lástima que todos busquemos poder.


Sobre mujeres con poder se dicen cosas como que Dilma es una inepta, Cristina K. una histérica, Bachelet alguien que se mueve por intuiciones.


–Son típicas denigraciones sexistas, que no tienen que ver con ellas como mandatarias. Es decir, las tres pueden cometer faltas como cualquiera, pero ese tipo de críticas son de género. Por lo demás, usar la intuición no es algo negativo. La intuición no es algo que caiga del cielo, viene de la experiencia.


¿No serán víctimas de explotar justamente esas habilidades blandas, cercanía, empatía?


–¿Y por qué no? ¿Cuál es el problema con eso? Si esas habilidades permiten entender ciertas situaciones, está bien. Pero se las atribuyen como faltas por el hecho de ser mujeres. ¿Has visto el nuevo gabinete de Brasil? ¡Compuesto sólo de hombres, como el de Corea del Norte!


Al mismo tiempo, se ponen de moda las nuevas primeras damas, como la Sra. Macri, la mujer de Temer en Brasil o la esposa de Trump. Todas mujeres bellas y jóvenes que se muestran subordinadas a los deseos masculinos.


–Es triste y es de cierta forma una traición al género. Porque ellas permiten ser usadas, objetivizadas, para ponerse en contra de otras mujeres. Es como un esclavo usado para atacar a otros esclavos.


¿Crees que el deseo de jugar a ser objeto de deseo, por ejemplo en la seducción, sería algo criticable?


–Hace muchos años tuve una intensa discusión sobre eso. El punto es cómo ser irónica en usarlo. Si necesitas cambiar la rueda del auto, pues usa tu encanto si eres una bella chica. Pero si eres una mujer sin encanto, ¿qué vas a usar? Es decir, sólo un pequeño grupo de mujeres puede usar eso. No digo que sea algo malvado, pero de todos modos es una forma de jugar en contra de otras mujeres.


Algunas mujeres dicen temerles a las feministas, se sienten criticadas si juegan a sexys o se depilan, porque las acusan de “regalonas del patriarcado”.


–Eso es profundamente antifeminista. El feminismo implica no estar en contra de otras mujeres. Definir cómo tiene que ser una mujer cierra el futuro. Y en esta revolución no sabemos qué va a ser un hombre y una mujer, es un futuro abierto. No podemos definir una posición ideal.


De hecho, a los transgénero se les permite jugar más con el imaginario femenino. Pero el rechazo a las mujeres parece venir tanto de hombres como de nosotras mismas.


–Ese es mi punto principal, y por eso la revolución de las mujeres es la más larga: la definición de ser una mujer, socialmente, es una definición oprimida en sí, es una definición negativa con relación al hombre. Se la define como objeto, por tanto no puede ser sujeto de su propia historia. Como el caso de la mujer agredida a la que le sacan los ojos: ahí se trata de que su cuerpo le pertenece al hombre. Ese es el corazón de la misoginia y de que lo que se entiende como “diferencia entre los sexos”: la objetivización de las mujeres entre los límites de una definición. Habría igualdad si todos pudiéramos ser sujetos activos y pasivos dependiendo del contexto, pero el punto es que para las mujeres parece algo definicional. Por eso las mujeres también denigramos a otras mujeres.


¿Cómo se entiende que algunas mujeres rechacen un movimiento a favor de ellas?


–Estuve hablando con una mujer exitosa, joven, atractiva, que decía no ser feminista. Pero al preguntarle qué haría en determinadas situaciones que no eran las suyas, reconocía que entonces lo sería. Ella no necesitaba ser feminista porque para ella la liberación ya estaba dada. Pero estaba en una posición temporal que pocas mujeres pueden tener, y si fuera vieja y fea, seguramente pensaría distinto. Entonces lo importante es que, si vas a ser parte de una élite por sólo cinco minutos, mejor no uses tu posición en contra de otras mujeres.


DE VUELTA A LA CASA


Se habla de una tendencia a la hipermaternidad. Una que lleva al extremo la “teoría del apego” del psicoanalista John Bowlby, promoviendo la lactancia extendida y el colecho. ¿Podría ser una nueva trampa o es una apropiación de la maternidad?


–¡Es un trampa total! Pobre de esa madre y de ese hijo. Probablemente nunca Bowlby estuvo tanto tiempo con sus hijos. Es idealizar una maternidad enloquecedora, nadie puede desear estar con un hijo las 24 horas, el bebé llora, no deja dormir. Esto empuja a negar lo que una mujer realmente puede sentir en la maternidad. Se trata de nuevo de la mujer como objeto, en este caso a través de esa maternidad idealizada. Naturalizar la maternidad es una cuestión ideológica. Es interesante, porque esto va y viene. En los tiempos del Flower Power apareció esto mismo, incluso en una parte progresista del movimiento.


Pero, al menos acá, parece políticamente incorrecto criticar a unas madres que defienden este ideal con furia. ¿Por qué esta tendencia retorna?


–Puede estar relacionado con la economía. La historia muestra que se promueve que las mujeres salgan a la calle a trabajar en tiempos de recesión o de transición económica, porque son mano de obra barata. Luego pasan a ser reserva trabajadora y se las devuelve al hogar. Bowlby planteó sus ideas en la posguerra, en tiempos donde las mujeres volvieron a casa. Hay que mirar siempre a la economía para ver qué está pasando con las mujeres.


¿Y por qué lo aceptamos, incluso gratamente?


–Porque para la mayoría la experiencia laboral no es demasiado grata: malos sueldos, malos trabajos. No hay igualdad en el trato, ni en los honorarios, ni en el trabajo. El hogar resulta un lugar más idealizado. Pero toda idealización tiene su contraparte, la denigración. Seguramente estas madres ideales del apego son la imagen de una élite, en cambio a la mujer pobre se le diría que salga a trabajar ya que mientras amamanta a uno tiene a otros hijos muriendo de hambre. Es una posición peligrosa, de un grupo reducido que es usado en contra de otras mujeres. Es la misma lógica que describíamos a propósito de las nuevas primeras damas.


Tenemos un gran problema si las mujeres actuamos en contra de nosotras mismas.


–Si el feminismo se trata de algo, es de decirles a las mujeres que no permitan ser usadas en contra de otras. Y esto ocurre cada vez que las mujeres usan su posición de privilegio olvidando que la mayoría no son eso. Mira en el metro cuántas calzan con la madre de Bowlby o con el tipo de amante de Trump. El patriarcado opera no sólo con la oposición de hombres contra las mujeres, sino también, de manera crucial, poniendo a mujeres contra mujeres. Tal oposición socava cualquier posibilidad de protesta de las mujeres contra su posición. El feminismo debe ir en esa vía: incluso las que no lo necesitan, las mujeres aún bellas y jóvenes, deben apoyar a las oprimidas. Es decir, el feminismo se trata fundamentalmente de promover la solidaridad entre mujeres. No se trata de querer a todas las mujeres, sino de solidarizar. No atacar, pero sí mostrar cuando una mujer permite ser usada por el patriarcado en contra de otras. Allende en su último discurso agradece en primer lugar a las mujeres, como grupo oprimido que apoya a otros grupos, esa es una señal muy potente. Pienso que se requiere de un nuevo movimiento.


¿Otro movimiento?


–Falta teorizar las posiciones de hombres y mujeres en esta nueva fase, en la que se ha incrementado la igualdad y esto parece ser una amenaza. Y la situación estructural de la mujer como objeto resiste. Necesitamos entender las repeticiones que vivimos. Por ejemplo, entender por qué los femicidios. Este punto es muy importante, y siempre aumenta cuando hay una situación económica complicada. Engels ya hacia esta observación por ahí por 1840: cuando la clase dominante, en este caso los hombres, pierde su estatus, ataca a las mujeres, ya que suponen que éstas no pueden estar en una mejor posición que ellos. Hombres humillados, sin trabajo, vuelcan su violencia hacia las mujeres. Es muy importante que exista una legislación fuerte en estas materias, ya que a mayor crisis, más violencia de género. Debiéramos estar muy atentos a eso, porque está empeorando. En este momento hay una muy mala posición para las mujeres, y quizás por eso viene esta compensación de las madres de Bowlby: volver a casa como señal de la precaución que debemos tener ante el aumento de la violencia. La idealización del hogar es sólo la distracción. En la historia esto pasa una y otra vez. Estaba presente en los años 50 y 60 y ahora está volviendo.


fuente: www.theclinic

domingo, 12 de junio de 2016

Las etapas de la vida

"Podemos dividir el período de vida de una persona en cuatro etapas: infancia, juventud, vejez y muerte. En cada una de estas etapas se producen cambios fundamentales.
En la infancia, nuestra sangre es fuerte y nuestra energía es plena. La mente y el cuerpo, el pensamiento y la acción, son uno. Todo lo que hacemos está en armonía con el orden natural. El niño no se ve afectado por las cosas que suceden a su alrededor. La virtud y la ética no pueden limitar su voluntad. Desnudo y libre de las convenciones sociales, sigue el camino natural del corazón.

Durante la juventud, nuestra sangre se eleva y se hace volátil. Aumentan el deseo, las preocupaciones y la ansiedad. Las circunstancias externas dirigen en esos momentos la aparición y la desaparición de las emociones. La voluntad y la intención son limitadas por las convenciones sociales. La competición, el conflicto y la planificación, constituyen la norma de las interacciones con los demás. La aprobación y la desaprobación de los demás se convierten en algo importante, y se pierde la expresión honrada y sincera de los pensamientos y de los sentimientos.

Durante la vejez, la fuerza de la sangre empieza a declinar. En consecuencia, también se debilitan el deseo y las preocupaciones. En comparación con los años de juventud, estamos más pacíficos y en armonía con nosotros mismos. Las convenciones sociales y las influencias externas tienen menos efecto sobre nosotros porque ya no estamos interesados en el heroísmo y en la competición. Aunque la persona mayor no se halle tan en armonía con el orden natural de las cosas como el niño, sin duda alguna es más fiel a sí mismo que cuando era joven.

Con la muerte, todo retorna a la calma. En ese momento no sabemos nada, no hacemos nada ni sentimos nada. Nuestra energía se une de nuevo a su fuente.

Confucio también habló de las etapas de la vida. Él la dividió en tres períodos: durante la juventud, nuestra sangre y nuestra energía están inestables. Por ello, en ese período necesitamos controlar nuestro deseo sexual. Con la madurez, nuestra sangre y nuestra energía son fuertes y agresivas. Por ello, en esta etapa de la vida, tenemos que domesticar nuestra naturaleza competitiva. Durante la vejez, nuestra sangre y nuestra energía son débiles. Por ello, en nuestros últimos años, tenemos que disolver nuestro apego a las cosas.

Tanto los taoístas como los confucianos proporcionan profundas comprensiones válidas de la naturaleza humana y de los cambios que se producen en nuestra vida. Para los confucianos, lo importante es entender lo que hay que hacer en cada período de la vida, de forma que podamos ser útiles a la sociedad, vivir de forma honorable e interactuar armoniosamente con los demás. Para los taoístas, lo importante es entender que la infancia, la juventud, la vejez y la muerte son etapas de la vida que debemos atravesar. Si entendemos esto, podemos aceptar los cambios que atravesamos y considerarlos como una secuencia natural de acontecimientos en el ciclo del nacimiento y de la muerte".

(Extraído del clásico taoísta "Lie Tsé o libro de la Perfecta Vacuidad", versión de Eva Wong)

sábado, 4 de junio de 2016

Me dejé violar por amor

Hace días que estoy dándole muchas vueltas a publicar o no esta historia. Lo cómodo es guardarlo para mí; total, solamente han sido dos agresiones más de las múltiples que he recibido en mi vida. Si he podido sobrevivir sin traumas, también sobreviviré a estas… y tampoco es “tan grave”…

Finalmente he decidido hacerlo público, por varios motivos. En primer lugar, porque me he hecho pública y me he mediatizado, precisamente en un tema, el de la prostitución, que desata duros debates dentro del feminismo. Mi postura, como prostituta que soy (esto es, me gano la vida prostituyéndome desde el año 1989), es defender los derechos fundamentales de las personas que ejercen la prostitución -no así la de los “empresarios”, que quede claro-: lucho contra el estigma de la prostituta y contra que se nos trate como “pobrecitas” que no sabemos tomar decisiones ni asumir riesgos. Asimismo, defiendo que no todos los hombres que recurren al sexo de pago son maltratadores, ni violadores, sino que, mayoritariamente, las relaciones se pactan entre adultos (prácticas sexuales a realizar, obligación de usar preservativo, tiempo, etc.).

Cuando me preguntan si nunca he sido agredida por parte de algún cliente, -aunque solo sea por estadística, me tenía que haber tocado- mi respuesta es ‘no, jamás he sido agredida por ninguno de los ya decenas de miles de hombres con los que he tenido relaciones’. ¿Que ha habido y hay agresores potenciales? Por supuesto, he sido testigo y he llorado con compañeras, pero en mi caso, he sabido prevenir las situaciones de riesgo potencial. Tampoco consiento el acoso callejero y sé enfrentarme a esos acosadores. Entonces, ¿en qué contexto he sufrido agresiones? En la vida cotidiana, fuera del ámbito de la prostitución, y siempre, siempre, con hombres con los que había una relación previa de confianza: hombres de mi familia, vecinos del barrio, jefes en varios de los trabajos que he tenido, compañeros de trabajo y un “enamoramiento” por parte mía (leáse la “emoción del anamoramiento”).. Sí, he sufrido acoso sexual, abusos sexuales, y finalmente dos violaciones por parte de hombres de mi entorno de confianza.

Cuando publiqué mi libro ‘Una mala mujer’, ya expliqué los malos tratos y la violencia en la que nací y crecí, por parte de mi padre y mi madre; después, una violación por parte de los vecinos “gamberros” del barrio, cuando tenía 12 años, así como los abusos sexuales, de uno de mis jefes, en los que realmente me sentía “puta” y sucia, pero por miedo a perder el trabajo, una mierda de trabajo, todo hay que decirlo, porque no salía de la miseria, accedía a todo lo que él me pedía, fingiendo que a mí también me gustaba ser “su amante”, pero ni él me gustaba, ni yo quería tener relaciones con él, las tenía por puro miedo. No expliqué otros episodios de tocamientos, también en la adolescencia, con dos primos, que a mí me dejaron entre sentir la excitación por lo prohibido y el asco que me daba que me tocaran, porque no me pedían permiso, simplemente lo hacían y punto y yo, pues yo me dejaba…

Y así, con estos antecedentes, llegamos a la actualidad: ¿Cómo es que una mujer que en 26 años ejerciendo la prostitución jamás ha sido agredida por ningún cliente es violada y abusada sexualmente -“tocamientos” por encima de la ropa por parte de un conocido y que ahora no relataré para no extenderme- en cuestión de semanas? Pues desde aquel episodio de los 12 años, y que yo pensé que nunca más me volvería a pasar, he sido violada por enamoramiento, por ese estado de imbecilidad que me dejó bloqueada y me impidió reaccionar.

Es un hombre que conocí por las redes sociales, que previamente admiraba mucho, que un día dio un paso de acercamiento y yo por esa admiración bajé la guardia, que supo ilusionarme primero, y después enamorarme, con bonitas palabras, y haciendo apreciaciones sobre mis inquietudes y con un sexo virtual muy excitante y que francamente disfruté. Finalmente, llegué a creerme que de verdad le importaba como persona, que no le importaba que me ganase la vida como prostituta, porque me implicó totalmente en su vida cotidiana, dándome a conocer a su familia, diciéndome que estaba en proceso de separación, me decía que me amaba… Cuando llegó el momento de conocernos en persona, yo deseaba ese encuentro sexual. Lo que no me esperaba, porque nada de su actitud me lo había hecho sospechar, es que iba a ser tan agresivo.

Nos citamos en un hotel, yo llegué antes y lo esperaba excitada y con ansía, tenía preparado el preservativo, encima de la mesita… Él llegó puntual y, después de cuatro besos, cuatro besos literalmente, dados de cualquier manera (que ya me tenían que haber alertado), me empezó a tocar agresivamente, muy bruto, los senos, la vagina por debajo del vestido, y en ese momento yo ya me bloqueé, fui incapaz de pararle, de frenarle, de decirle “¡oye no seas tan bruto!”, de empujarle. ¿Lo demás? Ya no soy capaz de recordar detalles, sé que en un instante estaba tirada en la cama y sin bragas y el sólo se bajó los pantalones y sencillamente me penetró, así tal cuál. Eso sí, se corrió enseguida, terminó, se levantó, “me tengo que ir”… Todo en apenas unos minutos…

Y yo me quedé llorando, pensando: “Pero… ¿qué ha pasado? Sí… ¡Me ha violado!” Y sí, “me la he metido sin preservativo”, “no me ha preguntado si puedo quedarme embarazada, o si tomo anticonceptivos”, “no me ha preguntado qué me gustaba y qué no”, “no era así como teníamos que haber estado”, “¿cómo no he sido capaz de salir de la habitación, nada más tocarme de esa manera?”… “pero… pero… ¿cómo he podido dejar que me tratara así? y ¿qué hago ahora?”, “¿Por qué me ha pasado esto y he bajado la guardia?” Después de varios días de meditar, se lo conté a dos “amigas”, lo vieron más como una aventura que había salido mal. Solamente una compañera de trabajo, es decir, prostituta, tuvo empatía conmigo y coincidía conmigo en identificarlo como violencia machista, además sin ningún escrúpulo, hacía las mujeres incluida su propia mujer.

Todo esto es reflejo de la violencia estructural machista. Un grave problema de educación machista, que arrastramos generación tras generación, por el que las mujeres no tenemos y nos cuesta encontrar las herramientas necesarias para saber gestionar las emociones como el miedo o el enamoramiento. Ese “amor romántico” que internalizamos desde pequeñitas y que hace que nos entreguemos, sin más cuestionamientos, y que por más que luego aprendamos y sepamos que es una construcción cultural perversa, ¡qué difícil es no caer en sus redes! Nos afecta a todas las mujeres, sin distinción de niveles socioculturales, en mayor o menor medida… Y me indigna más si cabe porque, en mi caso particular, en el contexto de sexo de pago lo controlo todo y reacciono, no me bloqueo.

Así es la magnitud y la sutileza de esta violencia machista. Todas las mujeres somos vulnerables, tenemos mucho que hacer si queremos dejar el mundo mejor que lo hemos encontrado y evitar que las siguientes generaciones sigan reproduciendo esta estructura. Me indigna que no tengamos una educación sexual y afectiva desde la niñez… No sé qué más decir… Solo espero que compartiendo esta experiencia, si todavía no hay quién conozca la envergadura de esta violencia machista, sea plenamente consciente de cómo se manifiesta. Una violación no es solamente que seamos violadas a la fuerza, con amenazas y agresiones físicas, una violación también se da cuando un estado emocional provocado por esa educación nos impide reaccionar, y no solo el miedo a recibir una agresión mayor o el miedo al rechazo o el miedo a que piense que “soy una estrecha”.

Si me defino como feminista es porque lucho para que las mujeres podamos expresarnos como realmente queramos, cada una en su contexto y en sus circunstancias personales, y que no seamos oprimidas por esta cultura machista que hace que seamos incapaces de decir: “¡No, así no!” y “¡nada ni nadie me va a impedir que, por ser mujer, no pueda ser yo, ni pueda realizar mis sueños!”

Por Montse Neira

Prostituta, madre, activista feminista, investigadora social, y a veces ¡pienso! Y afronto mis contradicciones. http://prostitucion-visionobjetiva.blogspot.com/

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Hace días que estoy dándole muchas vueltas a publicar o no esta historia. Lo cómodo es guardarlo para mí; total, solamente han sido dos agresiones más de las múltiples que he recibido en mi vida. Si he podido sobrevivir sin traumas, también sobreviviré a estas… y tampoco es “tan grave”…
Finalmente he decidido hacerlo público, por varios motivos. En primer lugar, porque me he hecho pública y me he mediatizado, precisamente en un tema, el de la prostitución, que desata duros debates dentro del feminismo. Mi postura, como prostituta que soy (esto es, me gano la vida prostituyéndome desde el año 1989), es defender los derechos fundamentales de las personas que ejercen la prostitución -no así la de los “empresarios”, que quede claro-: lucho contra el estigma de la prostituta y contra que se nos trate como “pobrecitas” que no sabemos tomar decisiones ni asumir riesgos. Asimismo, defiendo que no todos los hombres que recurren al sexo de pago son maltratadores, ni violadores, sino que, mayoritariamente, las relaciones se pactan entre adultos (prácticas sexuales a realizar, obligación de usar preservativo, tiempo, etc.).
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domingo, 29 de mayo de 2016

Cuando los ganaderos se convierten en veganos

¿Qué lleva a cuatro granjeros de éxito a poner su vida patas arriba y convertirse en veganos? ¿Qué tienen en común la española María, Bob de Nueva York, Jan, un alemán del norte, y Howard del estado de Montana? ¿Qué es lo que hizo tambalear su existencia hasta los cimientos?

María pasó su niñez cuidando cerdos. Con 10 años cargaba sacos de 25 kg, con 12 el médico se sorprendió al descubrir que la pequeña tenía varices. El negocio familiar, en el que María y su hermana limpiaban los establos y ayudaban al padre en el engorde, era muy duro para las dos niñas. María soñaba con una vida diferente y los cerdos le resultaban un estorbo, animales recién nacidos que pasaban allí unos meses hasta alcanzar el peso necesario para ir al matadero. "Me gustaba la carne y los productos que se elaboraban en casa a raíz de la matanza, pero lo cierto es que desconocía que nos podemos alimentar de otra manera. Los animales estabulados en granjas se reparten en diferentes cuadras que se van quedando más y más pequeñas conforme crecen. Recuerdo claramente como en la etapa final del engorde el estrés les llevaba a pelearse y no solo acababan heridos, sino que los más débiles morían, pero no a causa de las heridas, sino por el sufrimiento padecido. Les fallaba el corazón".


Jan interrumpió sus estudios de biología y matemáticas en los años setenta para hacerse cargo de la próspera granja familiar. Sus antepasados, varias generaciones de ganaderos, llevaban décadas produciendo leche y queso en Butjadingen, una península en el Mar del Norte. Jan se especializó en explotaciones agrícolas y fue el primer ganadero de la región en convertir su granja en ecológica. Menos animales, establos más grandes y más tiempo de los terneros con sus madres antes de la separación. "Pronto nos dimos cuenta de que la ganadería ecológica no es garantía de una vida digna para los animales y llegó un punto en que no era capaz de conciliar negocio y conciencia. Cuando un animal no era rentable, había que enviarlo al matadero, y eso cada vez se me hacía más difícil".

Bob vive en el estado de Nueva York, tiene 40 años y ha dedicado los diez últimos a la cría de cerdos. Convencido de que la ganadería industrial es un verdadero desastre para todos, decidió invertir todo lo que tenía en montar una granja ecológica. Se sentía orgulloso de su trabajo, hasta una mañana en la que todo cambió: "Lo primero que noté fue lo triste que estaba. A veces me sentía algo confuso, incluso culpable, pero ¿triste? ¿Una tristeza profunda en la boca del estómago, en los hombros, en los ojos? No, jamás. Criar cerdos había sido, a pesar de los conflictos internos, una alegría. En casi diez años nunca me había sentido así".







Bob Comis con uno de sus animales ©The Last Pig



Howard era un cowboy de cuarta generación y su granja un ejemplo de eficiencia. 45 años dedicado a la ganadería industrial, llegó a tener más de 7.000 reses. "Triturábamos animales y se los dábamos de comer a los otros animales, no había un producto químico que no me gustara. Todos los malos hábitos que se pueden tener, los tenía yo. Desayunaba, comía y cenaba hamburguesas. En el año 1979 me encontré paralizado de cintura para abajo, el diagnóstico fue un tumor en la médula espinal".

Cuando tenía 14 años, María conoció a una de las profesoras del instituto de su ciudad, que era vegetariana. Como ella misma explica, aquel encuentro abrió su conciencia y confirmó lo que antes solo eran intuiciones. "Lo que ahora advierte la Organización Mundial de la Salud, que la carne procesada es tóxica como alimento y todo eso, ya lo sabíamos nosotras entonces". Así que María, su hermana y su madre decidieron dejar de comer animales. "Fue como una conquista. Me hice vegetariana por amor a los animales y al mismo tiempo comencé a investigar la relación entre los alimentos y la salud".

Bob también había decidido dejar de comer carne, creyendo honestamente que podía ser vegetariano y criador de cerdos a la vez, porque consideraba fundamental que hubiera tantas granjas ecológicas como fuera posible, especialmente regentadas por alguien que respetaba profundamente a los animales. "Aquella mañana los cerdos parecían diferentes. Yo parecía diferente. Mi perspectiva se había trasladado a otro plano, en el que no era capaz de ver dónde terminaba su existencia y dónde empezaba la mía. Mientras estaba allí, sentado en mi tractor, entendí que algo mucho más profundo que mi dieta había cambiado. No era tanto el hecho de sentirme incómodo con la contradicción vegetariano - criador. Fue más bien una revelación. En aquel momento sentí un intenso deseo de no tener nada más que ver con su muerte".

Por su parte, Jan conoció a la que hoy es su pareja, Karin, una enfermera muy activa en la defensa de los animales. "Cuando la conocí, le plantee mis dudas y ella me respondió: es fácil, deja a las vacas vivir. ¿Y de qué viviremos nosotros entonces?, le dije yo". Así fue como la granja se convirtió en fundación, la pintoresca residencia para vacas jubiladas Hof Butenland. Un santuario en el que las más veteranas conviven con cerdos, gallinas, patos, perros, gatos, caballos, conejos y los visitantes que deciden pasar allí unos días de descanso. Además de cuidar de los animales y fotografiar el día a día de la granja, Karin es la responsable de cocinar para los huéspedes y acaba de publicar un libro de recetas libres, por supuesto, de ingredientes de origen animal.







Karin con Trine y Christine ©Hof Butenland



“Durante mucho tiempo, negaba que me cayesen bien las vacas", cuenta Jan. "Era la única manera de seguir, tenía que ganarme la vida. Ahora las veo como a camaradas. Estoy de buen humor y les hablo, como se habla a un perro o a un gato; yo no veo ninguna diferencia".

La operación de Howard era de alto riesgo y él lo sabía. "Había visto a los animales morir, había visto la tierra contaminarse, pero no fue hasta que me vi paralítico que fui consciente de que el problema era yo. Yo sabía que lo que estábamos haciendo era totalmente insostenible, pero era una especie de histeria colectiva. Todos lo hacían así, desde siempre". La operación fue un éxito y Howard salió del quirófano caminando, pero era una persona totalmente diferente a la que había entrado en él. "La pregunta ¿deberíamos seguir comiendo animales? es la más esencial que me he planteado en toda mi vida".







Howard en Farm Sanctuary ©Howard Lyman



Howard decidió compartir su experiencia. "He recorrido más de 160.000 km al año, ha habido épocas en las que he dado tres o cuatro conferencias al día. Pero mi objetivo no es salvar el mundo, mi objetivo es que la gente pueda tomar sus decisiones teniendo toda la información".

María y su hermana también se armaron de valor y le plantearon a su padre que no querían seguir explotando animales. No fue fácil, el padre puso el grito en el cielo, pero con el tiempo incluso él dejó de comer carne. María es hoy una madre feliz, orgullosa de sus dos hijos, vegetarianos desde la infancia. El negocio familiar se reconvirtió en un taller de artesanía. Más de 30 años después, los antiguos establos que albergaron tanto dolor y tanto miedo solo almacenan cerámica. "Ahora los únicos cerditos que viven allí son de loza".

En un instante tomó Bob la decisión de dejar de criar cerdos y convertirse en agricultor. "Tras diez años de convivir con estos increíbles animales he comprendido que, cuando miras a sus ojos, nunca ves el vacío, siempre hay alguien mirándote al otro lado". Pero algo así no podía hacerse de un día para otro. Se trataba de dejar un negocio próspero que, después de los duros inicios, ya había despegado. "Tenía demasiados compromisos, deudas y no sé prácticamente nada sobre agricultura ecológica. Sabía que tenía que ser cuidadoso, para no arruinar la relación con mi mujer, mi futuro financiero y la consideración de mí mismo en mis compromisos con los demás. Calculé que, sin violar ninguno de esos criterios, la transición me iba a costar aproximadamente un año".*

A día de hoy, Howard sigue dando conferencias por el mundo. "Cuando tratas el tema con alguien de la industria su argumento suele ser "es que vosotros no lo entendéis". Pero yo sí lo entiendo. He matado más animales que la mayoría de ellos y sé que lo que estamos haciendo es nocivo para nuestra salud, terrible para los animales y perjudicial para el planeta. Cuando antes lo paremos, mucho mejor".

María, Howard, Jan y Bob son solo algunos ejemplos de una larga lista. Otros representantes ilustres son el ganadero Harold Brown, que protagonizó el premiado documental Peaceable Kingdom y es hoy activista por los derechos animales y el famoso Dr. T. Colin Campbell, autor de El Estudio de China, una verdadera revolución en la historia de la nutrición, que pasó toda su infancia en la granja de vacas lecheras de su familia.

* La productora Argo Films está en la actualidad recaudando fondos para completar el documental The Last Pig , sobre este trascendental año en la vida de Bob. Su directora, Allison Argo, ha ganado más de 100 premios internacionales, incluidos seis Emmys, y ha rodado documentales para PBS, National Geographic y el canal Nature. Allison lleva más de 20 años rodando en primera línea, luchando por un tratamiento más justo hacia los animales.

Maternidades y crianza en las afueras

Debajo de esta entradilla hay tres historias. No son modelo de nada. No representan a nadie más que a sí mismas. Sólo tienen en común el estar fuera del discurso dominante, el ser un manojo de estrategias para criar en la incertidumbre. Cuando hay que nombrarlo, sus protagonistas hablan de “cuidado extenso” o de “crianza colectiva” o de “asamblear las crianzas”. Sus experiencias cuestionan el relato tradicional, con la pareja heterosexual en el centro, sosteniendo a duras penas el mito de que se puede criar entre dos. Y demuestran que hay otros relatos.
1. La red feminista

“Aceptar desde el principio el proceso de codependencia es bastante básico y un pilar para sortear esos malestares en los que se suele convertir a veces la maternidad”, dice Elena. Decidió ser madre “sola”, aunque cuando tomó esa decisión vivía en pareja. “Tenía claro que ese esquema no era el mío, creo que el núcleo tradicional reproduce unos roles que a mí no me convencían”, explica.





Lo de “sola” está entre comillas porque son sus palabras. En realidad, en la crianza de sus mellizos está bastante acompañada. “Yo soy madre sola pero no crío sola, ni los peques se sienten criados solos”. En su red hay siete personas –llegaron a ser doce en los primeros meses– entre amigas de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia, amigas de “otros sentires”, exparejas y abuelos. La red se fue tejiendo tras nacer las criaturas: “Las cuestiones materiales las tenía atadas pero se me olvidaban las codependencias. No me vi en la situación de hacer una red hasta que me meto en el hospital y salgo tres días después con los brazos ocupados”.

La idea de la red ya estaba ahí. Pasaron de prestarse el coche, o la casa, o ayudarse con la compra, a organizar turnos para acompañar a Elena. “Y en ese proceso hay gente que aparece, hay amigas que no quieren saber nada de niños, y hay gente que se presenta y te dice que le apetece estar ahí”, dice. “Y vamos caminando y viendo cómo le vamos dando forma”.

Criar con red no está libre de conflictos: “La sostenibilidad de la red pasa por mí y a veces es agotador. Yo tenía idealizadas las redes colectivas, pero esto agota”.

“Yo, cada vez que alguien me dice que quiere ser madre sola, le digo que lo primero que tiene que hacer es cuidar a sus amigas. Y pedir, que no estamos acostumbradas las mujeres a pedir”.

A veces, dice Elena, le pregunta a alguna amiga:
—Y tú, ¿por qué estás en esta tribu?
—¿Y qué te responden?
—Por necesidad. Y porque no tenemos que vivirnos solas.
2. La tribu mutante

“Al nombrarlo parece que se puede definir. Pero lo que pasa aquí no se puede etiquetar. Si alguien pregunta, explico que los cuidados de S. los hacemos entre varias personas. Depende de la ocasión somos unas u otras, y de si nos apetece o no nos apetece”. Candela mira a Arantxa: “¿Molaría hablarlo por la mañana al levantarnos, en plan: oye, ¿cómo la crianza colectiva?”. Y se ríen.

Está sobre la mesa la crianza colectiva. O compartida. O social. O en grupo. Es el hecho de que personas que no comparten lazos familiares se involucren en los cuidados de otras completamente dependientes de los adultos. Y, en este caso, algo más. Es complicado relatar a Candela y Arantxa. Su experiencia podría llamarse, para entendernos, –acordamos– de crianza colectiva. Pero, además, en su caso, lo colectivo empieza bastantes años antes de la crianza. “Crianza, sexualidad, el cómo te relacionas con la gente, el lenguaje, la economía compartida... todo eso se puede dar en este espacio, y el cuidado de este espacio es nuestro colchón político”, explican.

En ese espacio, que es físico –y mutante– y que componen unas diez personas, Candela se queda embarazada. “No pensamos en cómo iba a ser, pasó y lo afrontamos, y creo que lo hicimos en colectivo”, dice. La primera vez que tuvo que ir al centro de salud, lo hizo acompañada por todos. El colectivo se implicó también en el parto, que fue en una casa por decisión suya y que se financió entre todos, gracias a varias fiestas.

“Alguien me cogía una rodilla, otro un tobillo, otra el cuello, el codo... Tengo muchas partes en el cuerpo y estaba muy cansada, así que toda esa gente hacía que el parto fuera más fácil”. Así habla Candela de su parto. Fue en una casa, la de sus padres. Con mucha gente, unas veinte personas. “Fue muy íntimo aunque hubiera un montón de gente; estamos acostumbrados a este tipo de intimidad y no fue nada estresante, todo lo contrario”.

Luego llegó S. “Y flipamos, porque no teníamos ni idea de la cantidad de tiempo que implica ni de cómo transforma tu vida”, dice Arantxa. “Pero no teníamos unas tareas, en ningún momento nos hemos juntado para hablar de quién hace qué”.

El primer año, la urgencia es cuidar a la madre mientras S. duerme y pide teta. En cierto modo, explican, se pueden repartir los cuidados. Pero “no deja de ser tu viaje; por más que puedas entender el mismo lenguaje la experiencia es tan personal y tan única que me parece difícil que se entienda”, explica Candela. La llegada de S. obligó a tomar posiciones. “Cada uno nos fuimos posicionando, y hubo mucha gente que no lo quería, y yo lo entiendo. Poco a poco la gente que quisimos estamos como queremos y está muy repartido”.

Arantxa interviene: “Las cosas van cambiando constantemente, S. va cambiando, Candela también, y yo, y nuestra relación, y nuestra relación con el espacio, y eso va transformando eso que llamas crianza. No se puede hablar de una forma estanca de un proceso que muta todo el rato”.
3. LOS AFECTOS

“El imaginario dominante nos impone un relato que no es bueno pero es muy eficaz”, dice Eva: “Tenemos potencia para vivir las vidas de mil maneras posiblemente mucho mas potentes de como las vivimos”. Su historia es una carambola que la instala en las afueras de la familia nuclear al amparo de un “cuidado extenso”, en sus palabras.

“Quería que alguien creciera a mi lado. Y lo hice. Y de repente me asusté muchísimo”. Y, aunque “la familia se atrinchera para sostener el fetiche capitalista de la familia feliz”, ellas salieron de la trinchera. Tuvieron que “asamblear” la crianza. “Hemos tenido que confiar en la gente y dejarnos cuidar por quien puede compartirnos y disfrutarnos”, cuenta.

Lo cuenta así en ‘La crianza social’, un texto publicado en El estado mental: “En mi caso, me fuerzo a concretar y descubro que llevo años desafiando, cobardemente, ‘el nombre del padre’. Los dos últimos años nuestras semanas escolares se estructuraron en recogidas sucesivas del colegio de cuatro hombres distintos. [...] Cada uno resolvió como pudo la respuesta que en el parque les hacían de ¿quién era el padre? Una pregunta impertinente en nuestra crianza. Que sin embargo es ine­ludible. La ‘cabeza de familia’ soy yo, aunque eso no sea lo que la legalidad reconoce, porque di paternidad legal a su padre biológico sin darle importancia alguna. [...] Con la distancia necesaria, nuestra relación se sostiene potentísima desde una autonomía implacable”.

Eva habla de un “dejarse caer” –”así se vuela”– en el cual, además, se quedó sin empleo. “Soy de una generación a la que le colaron el discurso de la independencia relacionada con conseguir trabajo, pero me encontré con que se hacía incompatible la vida laboral con criar, y eso no ha sido sólo mi caso”. Porque cuidar “no es inmaterial”. Ocupa tiempo de trabajo, mucho. “Ese relato que dice que puedes criar y trabajar me parece una gran mentira que nos estamos comiendo las mujeres porque no hacemos evidentes los agujeros de esta sociedad”, asegura. Para criar es esta ‘crisis de época’, Eva ve necesario “hacer inmensos ejercicios de imaginación”.
 

jueves, 26 de mayo de 2016

Muerte entre las flores: el conflicto entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos

La idea de que la defensa de los animales y el ambientalismo/ ecologismo pue dan ser movimientos con fines y propuestas prácticas enfrentados entre sí puede resultarle a mucha gente, a primera vista, sorprendente. Al parecer común, la defensa del entorno natural implicaría la defensa de sus habitantesno humanos y la defensa de los intereses de éstos acarrearía una toma de posición conservacionista sobre el entorno natural.
Sin embargo, esta idea, pese a estar tan extendida, resulta al menos cuestionable.
Para entender el conflicto en cuestión, conviene, en primer lugar, conocer los principios y objetivos que sigue el movimiento en defensa de los animales, así como los principales argumentos que sustentan dicha posición. Una vez hecho esto, podremos ver en qué medida estos principios y fines son irreconciliables con los presupuestos ambientalistas/ecologistas /1

Así, podremos comprender, por último, aquellos casos en los que esta distinción toma carácter
práctico, al condicionar la orientación de las políticas de gestión medioambiental hoy practicadas o las que podrían serlo en el futuro.

1. La consideración de los animales no humanos y la crítica al especismo.

Los animales no humanos son utilizados como recursos para la satisfacción de nuestros intereses en ámbitos de lo más diverso. A lo largo de las últimas décadas, un número creciente de personas se han posicionado a favor de dar a los animales una mayor consideración, sin cuestionar, no obstante, tal uso. Esta inquietud ha desencadenado que, en ciertos casos, los gobiernos hayan asumido la necesidad de legislación que venga a regular las condiciones en las que la explotación de los animales se realiza. Sin embargo, como muchos autores han puesto de manifiesto (por ejemplo, Dunayer 2004; Francione, 1996; Regan, 1983; Singer, 1975) nuestras responsabilidades hacia los animales no se reducen a dispensarles un trato más o menos benigno subordinado a los intereses humanos. De hecho, incurrimos rutinariamente en una forma más de discriminación, llamada especismo, que consiste en la consideración desfavorable de unos individuos basada en su no pertenencia a una determinada especie, concretamente la humana.
Pero, ¿no será el especismo defendible? ¿Acaso no posee la especie humana determinadas características, ausentes en los restantes animales, que justifican la diferente consideración de sus miembros? La mayoría de la gente cree que los seres humanos poseen ciertas capacidades cognitivas (razón, lenguaje o capacidad moral, entre otras) o mantienen ciertas relaciones especiales (solidaridad, simpatía, poder, etc) que no están al alcance de los seres no humanos.
Esta idea generalizada ha sido apoyada por argumentos de distintos autores que han buscado justificar que atribuyamos peso a los intereses de unos individuos (humanos) pero no a los de otros (no humanos), basándose en el funcionamiento cognitivo complexo (Leahy, 1991; Scruton, 1996) o en las relaciones especiales (Goldman, 2001; Narveson, 1997; Scanlon, 1998) exhibidas por la especie humana.
Ahora bien, para que tuvieran éxito, estos argumentos tendrían que cumplir dos requisitos básicos. En primer lugar, las características a las que apelan tendrían que estar presentes en todos los seres humanos, y solamente los seres humanos podrían poseerlas. Por ejemplo, si apelamos a la capacidad del lenguaje como la capacidad que determina la inclusión de los seres humanos en la esfera moral y la exclusión de los seres no humanos de ésta, todos los seres
humanos tendrán que poseer esta capacidad y ningún otro animal diferente al humano podrá exhibirla. En segundo lugar, tendrían que ser moralmente relevantes. Esto quiere decir que deberán ser significativas a la hora de decidir cómo actuar hacia un individuo cuando podemos afectarle negativamente (causándole un daño) o de forma positiva (generándole un beneficio). Sin embargo, estas condiciones no parecen ser satisfechas.
En primer lugar, incluso dejando de lado la posibilidad de que algunos animales no humanos sean capaces de adquirir lenguaje u otro tipo de capacidades cognitivas complejas /2 , el hecho es que no todos los seres humanos son poseedores de las mismas. Esto es así cualquiera que sea la capacidad cognitiva (razón, capacidades de agencia moral, etc) o relacional (solidaridad, simpatía, poder, etc) a la que apelemos, dado que todas ellas están ausentes en muchos seres humanos, ya sea de forma transitoria (bebés, infantes) o permanente (personas con diversidad funcional intelectual, por ejemplo).
Sin embargo, la mayoría de la gente no aceptaría que estos seres humanos pudieran ser tratados como objetos por carecer de tales rasgos. Pensemos, por ejemplo, en un individuo con diversidad funcional intelectual, ausente de cualquier actividad cognitiva compleja y sin relaciones del tipo indicado. Casi cualquier persona se horrorizaría al pensar en la posibilidad de experimentar en ese ser humano con propósitos científicos, aunque eso pudiera beneficiar a otros individuos.
En segundo lugar, y como se puede ya atisbar en el ejemplo anterior, las capacidades cognitivas o relacionales nos parecen irrelevantes a la hora de determinar la consideración moral que atribuimos a otros individuos. Lo que parece ser relevante es si un determinado individuo puede ser dañado o beneficiado por lo que le sucede. La capacidad que da a los individuos esa posibilidad es la sintiencia, esto es, la capacidad para sufrir y disfrutar. Un individuo sintiente posee un interés en tener experiencias positivas (disfrutar) y en evitar las negativas (sufrir), de modo que esos intereses constituyen la razón para que sea objetable tratarle de determinadas formas, por ejemplo, causándole sufrimiento.
Ahora bien, la capacidad para sufrir y disfrutar no es, evidentemente, exclusiva de los seres humanos. Por el contrario, se encuentra presente en la mayoría de los animales no humanos/3. Por ello, si en lo que es moralmente relevante animales humanos y no humanos son iguales, sus intereses (en no sufrir y en disfrutar) deberán ser igualmente considerados. Por esa razón, la consideración y el tratamiento desfavorable de los intereses no humanos está injustificada. El especismo deberá, por lo tanto, ser rechazado.

2. La consideración de los animales no humanos en el ecologismo/ambientalismo.

De acuerdo con una importante tendencia en el seno del ecologismo (patente en determinadas políticas ambientales), la consideración moral debe ser desplazada de los individuos al conjunto de las entidades biológicas. La base de esta posición es el holismo ético, según el cual el bien del todo deberá preceder a los intereses de sus componentes. Esto implicará, al nivel de la consideración de los animales no humanos, que las entidades moralmente considerables no van a ser los individuos sintientes, sino los ecosistemas donde éstos habitan, o bien las especies en su conjunto. Así, en palabras de uno de los precursores del ecologismo moderno, Aldo Leopold, independientemente del daño o del beneficio causado a los individuos “
algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a otra cosa” (Leopold, 2000 [1949], p. 155).
Importa remarcar que a pesar de existir diversas perspectivas ecologistas, la mayoría de ellas comparten el presupuesto básico del valor intrínseco de las entidades y procesos naturales /4, aunque puedan divergir sobre las razones en el que se basa tal valor. Esto significa que, al contrario de lo que a menudo se cree, para el ecologismo (aunque no para el ambientalismo antropocéntrico) la preservación del entorno natural no tiene un mero valor instrumental, es decir, no sirve a intereses individuales (alimento, recreo, placer estético, entre otros), sino que deberá ser perseguida al margen de los beneficios o perjuicios que dehacerlo deriven para los seres (humanos y no humanos) que lo integran. Este principio establecerá un conflicto de fondo entre el ecologismo y una posición centrada en la defensa de los animales no humanos, dadas sus implicaciones prácticas para la consideración de los animales que viven en la naturaleza. Por una parte, el ecologismo tenderá a defender intervenciones en la naturaleza siempre que el bien de un ecosistema así lo exija, aunque de ello resulte el sacrificio en masa de sus integrantes. Por otra parte, el principio nos compromete a no intervenir en los procesos naturales de formas que puedan beneficiar a los animales no humanos, aunque podamos hacerlo sin costes para nosotros. Desde la defensa antiespecista de los animales no humanos se erigirá, como veremos, una fuerte oposición a ambos escenarios.

3. Oposiciones entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos, en la práctica. I: Intervenciones en los procesos naturales perjudiciales para los animales.
 
El ser humano ha procurado desde siempre intervenir en la naturaleza, con vista a la satisfacción de sus necesidades e intereses. Tan sólo recientemente, en las sociedades modernas, se ha comenzado a desarrollar una acción coordinada dirigida a la consecución de objetivos medioambientales que no se reduzcan a la satisfacción inmediata de los intereses humanos. Estas acciones, al contrario de lo que pueda parecer inicialmente, resultan frecuentemente en máximos perjuicios para las vidas de los animales presentes en un ecosistema dado.
Un caso de este tipo es el representado por los llamados programas de restauración de ecosistemas. Estos programas consisten en un tipo de intervención sobre el ambiente que podríamos denominar como “limpieza biológica” y que consiste en la eliminación de todos los animales pertenecientes a especies no autóctonas – llamadas invasoras – de un ecosistema, en aras de recrear el ambiente original. Uno de las más populares acciones restaurativas de este tipo se llevó a cabo en la Isla de Santa Cruz, en California, donde se procedió a la eliminación de la totalidad de ovejas europeas allí presentes, lo que dio lugar a la muerte de más de 37,000 individuos (Shelton, 2004).
Escenarios muy similares a éste pueden ser también observados en España, donde las políticas de gestión ambiental de las especies foráneas se vienen desarrollando según las mismas pautas. De acuerdo con el Real Decreto 1628/2011 /5, que establece el catálogo de las especies consideradas invasoras en España, se determina la erradicación masiva de individuos de distintas especies, entre ellos muflones, mapaches, malvasías canela o lobos hibridados /6.
En otras situaciones, la intervención en los ecosistemas orientada a restaurar el ambiente se realiza de modo indirecto, mediante la creación de la llamada “ecología del miedo”. Esta práctica consiste en la introducción de depredadores extintos en ese ambiente natural, de forma que disminuya la presencia de determinados individuos herbívoros en las áreas de vegetación de una determinada especie que se pretende conservar. Esto se consigue, en parte, en virtud de la depredación pero, en mayor medida, ocurre a través de la generación de un ambiente de alerta permanente que conduce a estos seres a alejarse de dichas áreas, por miedo a ser depredados. Esto los desplaza a lugares donde la presencia de depredadores es menor pero donde escasean el alimento y el agua que necesitan. Tal situación causa a dichos animales un gran sufrimiento y complicaciones adicionales por falta de alimento y agua, lo que les conduce, frecuentemente, a una muerte cierta (Horta, 2010).
Este tipo de intervenciones en la naturaleza colisionan de forma evidente contra los intereses de los animales no humanos involucrados. A pesar de ello, su justificación se sigue directamente del razonamiento ético de tipo holístico, característico del ecologismo: el bien de los ecosistemas deberá ser perseguido como un fin en sí mismo, que prevalece sobre el bienestar de sus miembros. Pero las implicaciones de asumir consistentemente un principio como el enunciado nos llevarían a escenarios difícilmente aceptables por cualquier persona.
En efecto, si de tales principios se sigue el sacrificio de individuos integrantes de los ecosistemas en beneficio de estos últimos, ello implicaría –en ausencia de especismo— que tal sacrificio estaría también prescrito en el caso de que fueran seres humanos quienes representaran una amenaza ecosistémica.
A pesar de esa implicación directa, el ecologismo, con raras excepciones (Linkola, 2009), rechaza la erradicación de seres humanos como forma de preservación de los ecosistemas (siendo la especie humana la que en mayor medida amenaza la estabilidad de los mismos). Las intervenciones en los procesos naturales propugnadas por el ecologismo contemplan la excepción de que en el caso en cuestión se encuentren en juego vidas humanas. Esto es, debemos intervenir en los procesos naturales si el bien del ecosistema está en juego, aunque ello implique sacrificar animales sintientes, siempre y cuando esos individuos no pertenezcan a las especie humana. Cabe, entonces, preguntar: si los seres humanos no pueden ser sacrificados por el bien de los ecosistemas, ¿por qué pueden serlo los muflones?
Esta situación deja clara la inconsistencia del ecologismo, relativizando la promoción del bien último a la satisfacción de intereses humanos individuales. Ello demuestra también que el ecologismo termina por sucumbir al antropocentrismo (paradójicamente, la posición de la que originalmente busca distanciarse). En una posición diametralmente opuesta, se edificará la defensa de los animales no humanos que identificará el ecologismo con una modalidad más de especismo que deberá ser rechazada. Esto implicará oponerse a aquellas intervenciones que resulten en perjuicio de animales sintientes, tanto humanos como no humanos, en la medida en que hacerlo supone desestimar sus intereses, causándoles un daño injustificado.
 
4. Oposiciones entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos, en la práctica. II: Intervenciones en los procesos naturales en beneficio de los animales.
 
Un buen número de personas cree que la consideración moral de los animales implica abstenerse de causarles daños innecesarios, por lo que se deberían abolir todas aquellas prácticas que causen el sufrimiento y la muerte de animales. Esta idea es correcta, de acuerdo con lo
que hemos visto. Sin embargo, parece insuficiente para comprender el alcance de nuestras obligaciones morales hacia los animales no humanos. Si el sufrimiento animal es moralmente relevante cabe preguntar si, tal y como ocurre en el caso humano, además de no causar sufrimiento a los animales debemos también ayudar aquellos individuos que lo necesitan, aliviando el sufrimiento que padecen por causas no producidas por seres humanos como, por ejemplo, fenómenos naturales /7.
Desde una posición que rechace el especismo, la respuesta a esta cuestión es afirmativa. El argumento parte de la premisa ampliamente consensuada según la cual debemos prevenir o aliviar el sufrimiento de otros individuos siempre que esté a nuestro alcance hacerlo. Dado que, al contrario de lo que mucha gente piensa, la vida de los animales salvajes dista de ser idílica (los animales salvajes sufren múltiples daños en la naturaleza, de una forma sistemática, que les causan gran sufrimiento y muertes violentas por depredación, enfermedades, inanición, condiciones climatológicas extremas, etc), debemos intervenir para prevenir o aliviar el sufrimiento de los animales salvajes siempre que podamos, tal y como lo hacemos cuando están en juego seres humanos.
El ecologismo, sin embargo, no sólo no acepta este tipo de intervenciones en la naturaleza, sino que las condena. Esto es así porque, como hemos visto antes, lo que hace que algo sea malo no es el daño causado a los individuos, sino el impacto en el equilibrio ecosistémico. Así, aun en el caso de que esté en juego el sufrimiento individual, debemos abstenernos de interferir con los procesos naturales.
Veamos, a continuación, cuáles serán las consecuencias de sostener una postura ambientalista para el caso de las intervenciones en la naturaleza en beneficio de los individuos afectados por daños naturales, considerando el siguiente caso. El 1 de Noviembre de 2011, en la Laguna Kapani, en Zambia, un bebé elefante se quedó atrapado en el barro /8. Su madre acudió a socorrerle pero se quedó igualmente atrapada. Los animales gritaban y luchaban por sus vidas pero, impotentes e inmovilizados, no podían liberarse sin ayuda. El orden natural de las cosas había dictado que morirían ese día, como tantos otros animales en similares circunstancias. Sin embargo, en esta ocasión no fue así, ya que los trabajadores del parque natural, saltándose todas las normas conservacionistas, intervinieron contra el orden natural en su auxilio y pudieron rescatarles, con éxito. ¿Deberían haberlo hecho?
Desde el punto de vista ecologista, la respuesta es negativa. El ser humano debe abstenerse de interferir con los procesos naturales, los cuales son intrínsecamente valiosos, independientemente de las consecuencias negativas para los individuos afectados por ellos. Como afirmó una integrante del equipo de rescate en cuestión, reconociendo la impopularidad de su actuación, “la mayoría de los conservacionistas cree que el hombre no debe inmiscuirse con el orden natural y que debemos dejar a la naturaleza seguir su curso, por más cruel y nefasto que nos parezca”. Sin embargo, esta idea no es consistente con prácticas humanas habituales que van en contra del orden natural, como es el rescate de humanos en situación de catástrofes naturales.
Consideremos un caso similar al anterior, que ocurrió en el reciente terremoto de Turquía, de octubre del 2011. Cuarenta y ocho horas después del terremoto, el equipo de rescate encontró a un bebé humano y su madre atrapados en los escombros, todavía con vida. Todos los esfuerzos se movilizaron en su auxilio hasta que finalmente, ambas pudieron ser rescatadas por los socorristas /9. No hace falta cuestionar, en este caso, si los socorristas actuaron correctamente. Evidentemente, la mayoría de las personas consideraría reprobable no ayudar a estos seres humanos, cuando estuviera en nuestro poder hacerlo. Sin embargo, esta acción va en contra de la prescripción ecologista de no intervenir en los procesos naturales (intrínsecamente buenos), siempre y cuando el equilibrio ecosistémico no esté en riesgo. Desde una posición antiespecista que tenga en cuenta los intereses de todos los individuos sintientes, deberíamos intervenir para prevenir o aliviar una situación perjudicial para éstos, aunque esta situación sea efecto de los procesos naturales. Esto es así porque son los individuos sintientes, capaces de sufrir y disfrutar, quienes pueden ser efectivamente beneficiados por nuestra acción y como tal debemos actuar, siempre que podamos, a fin de prevenir o aliviar su sufrimiento.
En efecto, al contrario de lo que se pueda pensar, hay una inmensidad de formas en las que los animales salvajes se podrían ver beneficiados por nuestra ayuda, por ejemplo, viéndose asistidos a nivel de salud o alimentación. De hecho, los seres humanos, a menudo intervienen en la naturaleza para tratar animales que sufren de alguna enfermedad. Sin embargo, la asistencia sólo se lleva a cabo cuando el animal pertenece a una especie amenazada o hay riesgo de que la enfermedad se extienda a los seres humanos. Pero el sufrimiento de los animales que no cumplen con estas condiciones (la mayoría de los animales salvajes) no parece ser diferente del sufrimiento de aquellos que sí las cumplen. Desde el punto de vista del animal, la experiencia de estar enfermo es igualmente dolorosa y estresante, independientemente del nivel de población de su especie o del riesgo que constituye para humanos o otros animales. Por ese motivo, si el sufrimiento animal es moralmente relevante, no hay razones de peso para no extender esa asistencia a todos los animales que viven en la naturaleza, siempre que esté al nuestro alcance prevenir o aliviar su sufrimiento.

5. Conclusiones.

A lo largo de este artículo se intentó demostrar la existencia de un conflicto de fondo entre el ecologismo y una posición centrada en la defensa de los animales no humanos (o antiespecismo). El reconocimiento de ese conflicto contraría la visión habitual según la cual ser ecologista implica defender a los animales y viceversa. Esta visión, a pesar de extendida socialmente, es incorrecta.
En primer lugar, al nivel de los principales criterios normativos, dichas posiciones divergen en cuanto a qué entidades no humanas debemos los humanos tener en cuenta a la hora de decidir como actuar. Si desde el antiespecismo se sostiene que los animales deben ser tenidos en cuenta porque pueden sufrir y disfrutar, desde el ecologismo se defiende que las entidades moralmente valiosas son, no los individuos sintientes, sino el conjunto de las entidades biológicas, como las especies o los ecosistemas.
En segundo lugar, el conflicto puede ser claramente observado considerando las consecuencias que se siguen de cada una de las posiciones para el tratamiento de los animales que viven en la naturaleza. Esto puede ser constatado a dos niveles distintos. Por una parte, al nivel de las intervenciones humanas en los procesos naturales que se llevan a cabo con propósitos ecologistas y que producen consecuencias negativas para los animales que viven en la naturaleza y por tanto, contrarias a la defensa de los intereses de los individuos no humanos. Por otra parte, el conflicto se pone de manifiesto al nivel de las intervenciones en los procesos
naturales que tienen por objeto beneficiar a los animales no humanos, prescritas por el antiespecismo y terminantemente rechazadas por el ecologismo.

1/
Las posiciones ecologistas / ambientalistas de carácter asumidamente antropocéntrico —sostenidas por autores como Passmore (1980) o Hargrove (1992), entre otros— no serán objeto de análisis en este artículo. La razón es que dichas posiciones presuponen una parcialidad hacia la satisfacción de los intereses humanos, de partida, incompatible con la defensa de los animales no humanos (fundada en la critica al especismo antropocéntrico). Lo que se busca aquí, en alternativa, es determinar si aquellas posiciones ecologistas/ambientalistas que buscan distanciarse del antropocentrismo son capaces de acomodar en su seno la consideración de los intereses de los animales no humanos. Esto nos permitirá evaluar en qué medida la idea de que ser ecologista/ambientalista equivale a ser un defensor de los animales no humanos es correcta

2/
Esta cuestión ha sido desarrollada para el caso de los Grandes Simios, de forma detallada, en Singer y Cavalieri (1993).

3/
Ver por ejemplo, Dawkins (1993) y Griffin (1992) .

4/
Esto puede ser observado en los autores más representativos de otros enfoques ecologistas como el Biocentrismo (Goodpaster, 1978; Taylor, 1986; Varner, 2002) o la Ecología Profunda (Naess, 1989)

5/
http://www.boe.es/boe/dias/2011/12/12/pdfs/BOE-A-2011-19398.pdf

6/
La publicación de este decreto ha sido celebrada por organizaciones ecologistas/ conservacionistas en el Estado Español, como Greenpeace o Adena-WWF.

7/
Distintos autores han llamado la atención para esta implicación, entre ellos, Cowen (2003), Nussbaum (2006) y Sapontzis (2004).

8/
http://www.dailymail.co.uk/news/article-2059502/Baby-elephant-mother-pulled-muddy-grave-conserva-tion-workers-Zambia.html

9/
http://newsfeed.time.com/2011/10/25/two-week-old-baby-and-her-mother-rescued-from-earthquake-rub-ble-in-turkey/

Bibliografía citada:

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Por: Catia Faria (https://www.vientosur.info/IMG/pdf/VS125_C_Faria_Muerte_entre_flores.pdf)