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jueves, 27 de octubre de 2016

Trata a tus hijos con cuidado: están hechos de sueños

La infancia tiene su propio ritmo, su propia manera de sentir, de ver y de pensar. Pocas pretensiones pueden ser tan erróneas como intentar sustituirlas por nuestra forma de sentir, ver o pensar, porque los hijos, jamás serán copias de sus padres. Los niños son hijos del mundo y están hechos de sueños, de esperanzas y de ilusiones que construir en sus mentes libres y privilegiadas.

Hace solo unos meses salía a los medios una noticia que nos desconcierta y nos invita a la reflexión. En Reino Unido muchas familias preparan a sus niños de 5 años para que a los 6, puedan hacer una prueba de acceso que les permita entrar a los mejores colegios de élite. Un supuesto “futuro prometedor” va ahora de la mano de la pérdida de la infancia. En convertir en “opositores” a niños que deberían estar jugando en los parques.

¿De qué nos sirve un niño que sabe decirnos cómo se llaman las lunas de Saturno si no sabe cómo manejar su tristeza o su rabia? Eduquemos niños sabios en emociones, niños llenos de sueños y no de miedos.

En la actualidad, muchas madres y padres siguen con la idea de “acelerar” las competencias de sus hijos, de estimularnos cognitivamente, de ponerles a Mozart mientras aún duermen en el vientre materno. Ahora bien, puede que esa necesidad por criar niños aptos para el mundo esté educando a niños aptos para sí mismos. Criaturas que con solo 5 o 6 años ya sufren el estrés de un adulto.

Nuestros hijos y las competitividad del entorno

Todos tenemos claro que en estas sociedades cambiantes y competitivas se necesitan ante todo personas capaces de adaptarse a dichas exigencias. Tampoco dudamos que los niños británicos que logren entrar a los mejores colegios de élite tengan el día de mañana un buen empleo. No obstante, también es necesario preguntarnos…

¿Habrá valido la pena todo ese coste emocional? ¿El perder su infancia? ¿El seguir las pautas que sus padres tenían programadas para ellos desde que tenían 5 años?

Cabe decir que a día de hoy no existen estudios concluyentes que respalden la idea de que “acelerar” ciertas competencias, como es el caso de la lectura, en niños de 4 años sea tan positivo ni que repercuta a largo plazo en su desempeño académico. Lo que se consigue en muchos casos es que los pequeños empiezan a conocer dimensiones como la frustración, el estrés y ante todo, tener que ajustarse a las expectativas paternales.

Los niños están hechos de sueños y hay que tratarlos con cuidado. Si nos empeñamos en llenar su tiempo de objetivos que cumplir y competencias que asumir, cada día estaremos rompiendo un pedacito de sus alas. Esas con las que tal vez, alcanzaría el día de mañana sus propios sueños. Si les damos obligaciones de adulto cuando aún son solo niños, arrancaremos también las alas de sus cometas, para aferrarlos al suelo, haciéndoles perder su infancia.


La crianza que respeta los tiempos, los afectos y los sueños del niño

Frente a la aceleración de aprendizajes y competencias se hallan esos otros enfoques que a día de hoy, empiezan a abrirse paso con bastante fuerza, como son, por ejemplo, “la crianza respetuosa”, o el “Slow parenting”. Cabe decir, eso sí, que antes de optar por la aceleración, siempre sería más adecuado facilitar primeras aproximaciones. Unas aproximaciones relacionadas, por ejemplo, con acercar los libros a los niños de 3 o 5 años sin obligarles a leer o a iniciar el aprendizaje.

Nuestra obligación más importante con los niños es darles un “rayo de luz” para después, seguir nuestro camino.
-María Montessori-

La curiosidad es la mayor motivación de un cerebro infantil, por ello, es adecuado que tanto padres, madres y educadores se alcen como facilitadores del aprendizaje y no como agentes de presión. Veamos ahora con detalle esos interesantes enfoques de crianza respetuosos con los ciclos naturales del niño y con sus necesidades.


Slow parenting

El “Slow Parenting” o la crianza a fuego lento es el fiel reflejo de esa corriente social y filosófica que nos invita a ir más despacio, a ser más conscientes de lo que nos envuelve. Por ello, en lo que se refiera a la crianza, se promueve un modelo más simplificado y paciente, con el que respetar los ritmos del niño en cada etapa evolutiva.

Los ejes básicos que definen el slow parenting serían los siguientes:

- La necesidad básica de un niño es jugar y descubrir el mundo.

- No somos los “amigos” de nuestros hijos, somos sus madres y sus padres. Nuestro deber es amarlos, guiarlos, ser su ejemplo y facilitar su madurez sin presiones.

- Recuerda siempre que “menos es más”. Que la creatividad es el arma de los niños, que un lápiz, un papel y un campo tienen más poder que un teléfono o un ordenador.

- Comparte tiempo con tus hijos en espacios tranquilos.


La crianza respetuosa

Estamos seguros de que ya has oído hablar de la crianza respetuosa. A pesar de que lo más conocido de este enfoque sea el uso del refuerzo positivo por encima de la sanción o las clásicas regañinas, este estilo educativo encierra otras muchas dimensiones que merece la pena tener en cuenta.

- Hay que educar sin gritar.

- El uso de las recompensas no siempre es adecuado: corremos el riesgo de que nuestros hijos se acostumbren a esperar siempre gratificaciones sin comprender el beneficio intrínseco del esfuerzo, del logro personal.

- Decir que “no” y ponerles límites no les va a generar ningún trauma, es necesario.

- La crianza respetuosa hace uso intenso de la comunicación, de la escucha y la paciencia. Un niño que se siente atendido y valorado es alguien que se siente libre para conservar esos sueños de infancia y darles forma en la madurez.

Respetemos su infancia, respetemos esa etapa que ofrece raíces a sus esperanzas y alas a sus expectativas.

Por Valeria Sabater

domingo, 9 de octubre de 2016

¿Por qué es importante cuidar a tu gente cuando te enamoras?



Una de las reglas de oro para sufrir menos y disfrutar más del amor, es tener una buena red de afectos llena de ternura, compañerismo, solidaridad, apoyo mutuo, cariño y empatía. Y sin embargo, mucha gente cuando se enamora, se olvida del mundo, y al emparejarse, se aísla y se encierra en el nidito de amor. 


Hasta que el amor se acaba: entonces nos damos cuenta de lo solos o lo solas que estamos, y es entonces cuando lamentamos haber abandonado nuestros grupos familiares y de amistad. Cuesta mucho recuperarlos. A veces es completamente imposible: las amigas y los amigos no son esos seres humanos a los que puedes acudir para llorar cuando tienes mal de amores, o cuando necesitas dinero o apoyo emocional. 


Los grupos de amor parecen cosa de adolescentes: cuando la gente se hace mayor, y se empareja y se casa, estos grupos de amor se disuelven o se dividen entre los solteros y los emparejados, los que se convierten en papás y mamás y los sinhijos.




Tenemos poco tiempo en nuestras apretadas agendas para los amigos de siempre y para hacer nuevos amigos mientras construimos el hogar junto a nuestro amado o amada. El asunto es que parece que no hay alternativas: o te emparejas, o te quedas solo y te juntas con los que no se han emparejado, que son siempre minoría al final de la treintena.


La soledad es la gran enfermedad de nuestro tiempo, por eso hay gente que se empareja aunque no le apetezca demasiado: es lo que toca y nadie quiere parecer una persona fracasada en una sociedad en la que el éxito consiste en emparejarse, convertirse en propietario de una hipoteca, casarse y reproducirse. Como todos necesitamos compañía, la única salida posible parece que es la pareja: sin ella parecemos bichos raros y sufrimos presiones del entorno más cercano para que pasemos por el aro como todo el mundo. 


Vivimos en la era del individualismo más salvaje y del "sálvese quién pueda": cada cual va a lo suyo y se busca la vida como puede, y esto también constituye una amenaza para los grupos de gente que se quiere, porque dedicamos más tiempo y energías a ganar dinero para pagar facturas, y nos centramos en nuestros proyectos individuales o en dúo. Se nos olvida entonces la cantidad de alegrías que sentimos con nuestras tribus, y lo bien que nos viene a todos disfrutar de esas tardes de risas, confesiones, conversaciones ricas, fiestas y momentos trascendentales. 


Hemos abandonado las grandes utopías colectivas, y como nos hemos resignado a la idea de que no podemos transformar ni mejorar nuestro mundo, al menos nos queda el consuelo de la salvación individualista. La nueva utopía ya no es social, sino personal: la meta es encontrar a tu media naranja y construir juntos el paraíso romántico en el que seremos felices y comeremos perdices. 


Así pues, para poder encontrar el amor verdadero parece que hay que estar más sola que la una. Todos los protagonistas de los cuentos que nos cuentan están solos: en las historias no hay grupos de gente que se junta para resolver problemas o para celebrar la vida. Los héroes son siempre hombres que se enfrentan solos a los peligros en las aventuras que corren, y las mujeres esperan solas a que ellos lleguen a salvarlas. Las princesas Disneyno tienen mamá, ni papá, ni hermanas o hermanos. Ninguna de ellas tiene tías, primas, vecinas, y por supuesto no tienen amigas. Están secuestradas, hechizadas, explotadas, pero nadie las ayuda, porque están solas en el mundo. Solas, desvalidas, sin herramientas para fugarse, para rebelarse, para diseñar estrategias que les permitan liberarse. Son mujeres pasivas que sueñan con su media naranja y esperan a ser rescatadas por el príncipe azul.




Millones de niñas aprenden a diario con estos mitos y estereotipos sobre la feminidad que las mujeres son malas(todas menos tú, que eres especial y por eso tu príncipe te va a tener como una reina), y que para que te elija debes de estar sola y aparentar ser frágil, delicada, miedosa, pasiva, tranquila, obediente y dulce. Lo más importante es que El se de cuenta de que eres especial, que no eres como las demás mujeres: son todas unas envidiosas, abusonas, codiciosas, violentas, y malas personas. prendemos pronto a desconfiar unas de otras, porque las mujeres que vemos en los cuentos tratarán de aprovecharse de la protagonista, hacerla daño o quitarte el novio, como la bruja de Blancanieves o la madrastra y hermanastras de Cenicienta.


Esta es la razón por la cual muchas mujeres desconfían de otras mujeres y no tienen amigas, mientras que los hombres siempre tienen su grupo de amigos con los que ir al bar, al gimnasio, al fútbol o al puticlub. En nuestra cultura patriarcal se ensalza la amistad entre los hombres, pero nunca la amistad entre mujeres. Los únicos personajes femeninos que se organizan y se unen para luchar o para celebrar la vida son las brujas, esos seres malvados, feos, espantosos, crueles y peligrosos que se comen a los niños en sus akelarres nocturnos. 


El patriarcado nos necesita solas, aisladas, tristes, amargadas, envidiosas, miedosas, celosas, frágiles, vulnerables, dependientes de un solo hombre. Por eso el feminismo trabaja para desmitificar a las princesas solas y dependientes, y propone justamente lo contrario: construir redes de afecto, solidaridad y apoyo mutuo entre nosotras para ser libres y autónomas, para que nadie nos domine, nos controle y nos robe la libertad. Con sororidad, las mujeres unidas somos mucho más fuertes y más felices.




Al capitalismo y al patriarcado les conviene que las mujeres tengamos miedo a la soledad y que nos juntemos a los hombres no desde la libertad, sino desde la necesidad (económica y emocional). 


Cuanto más solas estamos, más necesitadas, más baja está nuestra autoestima, más vulnerables y dependientes somos: esta es la razón por la cual aguantamos malos tratos, humillaciones, y relaciones de dominación basadas en el machismo más violento Por eso una de las claves para salir de esos infiernos es siempre poder contar con ayuda de otras mujeres: amigas, madres, hermanas que nos refuercen la autoestima, nos recuerden que tenemos derecho a vivir una vida libre de violencias y nos acojan en sus hogares para poder empezar otra vida lejos del agresor. 


El patriarcado aplica sobre nosotras la ley del "divide y vencerás", y nos hace creer que las mujeres somos enemigas, por eso es tan necesario tejer redes de cooperación y ayuda mutua, y reivindicar el valor de la amistad, de la ternura, del cariño entre nosotras.


Gracias al feminismo, las mujeres hemos aprendido a construir relaciones igualitarias, respetuosas, y horizontales entre nosotras y con los hombres que saben relacionarse de tú a tú, sin jerarquías y sin violencia. Ninguna de las princesas Disney tiene amigos varones porque el principal mandato del patriarcado es que en nuestras vidas solo puede haber un hombre: primero papá, y después el príncipe azul. Y a eso se reduce el amor: a una sola persona que colmará todas nuestras necesidades, nos amará para siempre, y nos hará muy felices.



El amor de la tribu 


Los mitos románticos nos hacen creer que el amor de pareja es el más sublime de todos los amores: para que no nos juntemos en grandes grupos en los cuentos nunca se ensalza la amistad, ni el amor colectivo.


Las redes de amor son el mayor tesoro con el que contamos los seres humanos: necesitamos a los demás para sobrevivir porque somos seres sociales, sociables y emocionales. Nuestra especie ha logrado sobrevivir gracias al amor y a los cuidados, y siempre hemos vivido en tribus y grupos solidarios. El dúo romántico es un invento moderno del indvidualismo posmoderno: los humanos tenemos una hermosa e increíble capacidad para cooperar, para trabajar en equipo, para unirnos y hacer frente a los problemas colectivamente. Necesitamos a los demás para aprender a hablar, a caminar, a escribir, a contar, a comer, y a ser autónomos. Necesitamos a los demás para dar amor y recibirlo, para que nos cuiden cuando somos bebés y ancianas, cuando enfermamos gravemente, o cuando pasamos por momentos difíciles o dolorosos.


Sin nuestra red de afectos y cuidados, enfermamos y morimos de soledad. La pareja jamás cubrirá todas nuestras necesidades, y es mentira que el amor romántico es incondicional o eterno. Es mentira que al encontrar a nuestra media naranja ya no necesitamos a nadie más, y es mentira que una sola persona pueda cubrir todas nuestras necesidades sociales y afectivas.




Es mentira que somos mitades que solo nos completamos cuando encontramos a nuestra otra mitad: somos naranjas enteras, y lo que necesitamos es amor a manos llenas. Necesitamos compañía, no sólo en momentos difíciles, sino también en las alegrías de la vida. A los humanos nos encanta celebrar cumpleaños, bodas, graduaciones, cambios de estación, fiestas locales o nacionales, etc. Nos gusta mucho cantar y bailar con gente, emborracharnos, abrazarnos y mostrarnos cariño, nos gusta darnos premios y reconocimientos los unos a los otros, nos encanta hacer regalos, acompañar en los funerales y en los partos, ayudar a la gente a ser más felices. Nos gusta hacer deporte juntos, nos gusta inventar juegos, celebrar concursos, contarnos cuentos, componer música para compartir con los demás. Por eso hacemos teatro, baile, óperas, cine, conciertos... hacemos arte para conmover, para entretener, para comunicar, para emocionar a los demás. 


Uno de los mayores terrores que sentimos los humanos es el miedo a quedarnos solos, el miedo a ser abandonados, el miedo a que nos rechace la tribu a la que pertenecemos. Necesitamos sentirnos parte de algo, sentir que le importamos a alguien, sentir que somos aceptadas por la comunidad en la que vivimos. Pienso mucho en los ancianos y ancianas de las grandes ciudades que mueren y nadie se da cuenta hasta pasados unos días, cuando los cadáveres empiezan a oler mal. Me pregunto dónde están sus hermanos y hermanas, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas, sus amigos y amigas... y no puedo entender cómo alguien puede morirse y que a nadie le importe. Pienso en toda esa gente cuya única compañía es la televisión o la radio porque su aislamiento es tal que no hablan ni con los vecinos. Gente que va a pasar la tarde a urgencias para entablar conversación y para que alguien les toque el cuerpo: la necesidad de contacto físico, de dar amor, de sentir que alguien se preocupa por nosotros, de sentir que somos importantes o significativos para otros humanos es universal.


Hace unos años leí que en Japón ya se pueden alquilar perros para sacarlos a pasear: acariciar a un perro genera oxitocina y endorfinas, y nos permite conocer a otros dueños de perros con los que entablar conversación. Ahora también podemos alquilar amigos por horas que nos escuchen, nos sonrían y nos den un abrazo. El afecto que recibimos a cambio de dinero es falso, pero muchos creen que es mejor eso que nada. Tener afectos reales es hoy en día un tesoro: en este mundo lleno de Narcisos y de valores consumistas, de relaciones virtuales y espejismos emocionales, de amores líquidos y descomprometidos, se nos olvida a veces lo importante que es alimentar nuestros vínculos y cuidar a la gente que queremos. Los afectos son una de las cosas que hacen que la vida merezca la pena, y son la mayor fuente de emociones fuertes y duraderas que tenemos. 





El romanticismo es antisocial 




El romanticismo patriarcal es un modelo amoroso profundamente antisocial porque está basado en el egoísmo, la posesividad, la exclusividad, la propiedad privada, los celos, el miedo y la mezquindad. Nuestra cultura amorosa mitifica las relaciones interesadas y de dependencia mutua para que nos esclavicemos mutuamente, y para que hagamos pactos basados en el aislamiento, la monogamia, la renuncia y el sacrificio (generalmente de las mujeres, porque la doble moral no castiga el adulterio masculino con la misma dureza que el femenino).




Las que salimos perdiendo bajo las normas del romanticismo somos las mujeres, generalmente, porque sufrimos mucho más el aislamiento social al vernos relegadas al rol doméstico. Las relaciones de control y dominación anulan nuestra libertad, nuestro derecho a decidir, nuestra autonomía, pero a veces no nos damos cuenta porque todo este esquema de poder se disfraza de amor: "no quiere que salgas con tus amigas porque te ama tanto que te quiere solo para él", "sus celos son una prueba de que te ama", "se enfada porque quiere tenerte a su lado todo el tiempo"...


Con estos modelos se construyen las relaciones esclavizantes y los infiernos conyugales de los que resulta imposible o muy difícil salir si estamos solas, por eso aguantamos relaciones en las que no hay amor, por eso renunciamos a nuestra salud emocional y a nuestro bienestar, por eso nos resignamos a lo que nos ha tocado... y por eso nos cuesta a veces salir de relaciones en las que no somos felices o en las que no nos tratan bien.


Las redes de amor y afecto nos empoderan: la gente que nos quiere bien nos ayuda, nos apoya, nos abre los ojos cuando nos autoengañamos, nos escucha, nos respeta, nos quieren ver bien, nos animan a romper con lo que nos hace daño, nos animan a trabajar por nuestro bienestar y a buscar la felicidad. La gente que nos quiere bien ama nuestra libertad, y sentimos con elles que podemos ser nosotras mismas, por eso es tan importante rodearse de buena gente, y cuidar a los amigos y a las amigas, tengamos o no pareja.




Nunca la pareja y las amistades son incompatibles: en realidad el amor del bueno siempre se multiplica y se comparte, no nos limita, no nos coacciona ni nos encierra. Cuando nos quieren bien y estamos rodeadas de amor, es más fácil tener presente que amar no implica sufrir, que no tenemos por qué sacrificarnos por nadie ni renunciar a nada, que tenemos derecho a ser felices, a tener todos los amigos y amigas que nos apetezca, a organizar nuestros espacios y nuestro tiempo como nos venga en gana. 


Tenemos derecho a construir nuestras familias con la gente que queramos, a vivir con quien nos apetezca, a juntarnos y a separarnos como queramos: la vida es más hermosa con amores diversos, y estos amores nos hacen más libres, porque no nos exigen exclusividad, ni nos atan, ni nos esclavizan. En libertad es más fácil construir relaciones igualitarias, horizontales, respetuosas y sanas sin que nos condicione la necesidad. 


Si tenemos una buena red social y afectiva podremos unirnos y separarnos con quien queramos, cuando queramos, como queramos, sin depender de nadie, sin miedo a quedarnos solos o solas. 


Desde esta perspectiva, la amistad, el compañerismo y la solidaridad son revolucionarias: cuantos más amigos y amigas tenemos, más libres e independientes somos. Y es que el amor del bueno solo se puede construir en libertad, y sólo se puede disfrutar si lo compartimos con mucha gente y lo multiplicamos hasta el infinito. 


Coral Herrera

lunes, 5 de septiembre de 2016

Rupturas amorosas, separaciones cariñosas.

¿Es verdad que de amor al odio hay un paso?, ¿es posible separarse sin hacer la guerra?, ¿puede un divorcio ser amoroso?, ¿hay alguna manera de acabar una relación con el mismo cariño con el que se empieza un romance?, ¿cómo aprender el arte de decir adiós a los seres queridos?, ¡cómo cuidar a nuestra pareja en el proceso de separación?....

Somos gente guerrera: basta con encender la televisión o abrir un periódico para comprobarlo. El mundo está en guerra, los países resuelven sus conflictos con violencia, unos grupos humanos explotan y masacran a otros, unos pocos hombres poderosos dominan al resto. En nuestra vida cotidiana también hacemos la guerra a diario: en casa, en el trabajo, en la familia.... las luchas de poder son constantes en un mundo de jerarquías y desigualdad.

Nos cuesta relacionarnos con amor, pese a que vivimos en un sociedad muy romántica: nos encantan los boleros y las baladas, las películas con finales felices, las bodas y los corazoncitos… Sin embargo, no sabemos querernos bien, y tampoco sabemos separarnos bien, porque no sabemos gestionar las emociones ni tenemos las herramientas que nos permitan acabar una relación con el mismo amor con el que la empezamos . 

Incluso aunque un romance haya sido hermoso, cuando llega el momento de la ruptura los amantes se convierten la mayor parte de las veces en auténticos monstruos. De la noche a la mañana nos convertimos en seres despiadados sin escrúpulos capaces de utilizar las más viles estrategias para vengarnos, y para hacer daño a la persona que ya no nos ama. Cuando el despecho invade nuestros corazones, dejamos de ser románticos y sensibles, y nos convertimos en seres malvados y despiadados capaces de cometer las mayores atrocidades. 

Un ejemplo de las guerras románticas es la comedia de “La guerra de los Rose”, aquella película en la que la pareja formada por Katheleen Turner y Michael Douglas lucha a muerte cuando llega la hora de separarse. Aun se quieren, y aún sienten una fuerte atracción sexual el uno por el otro, pero no saben quererse bien, y por eso se separan con odio. 

El triple mensaje que nos lanza Hollywood en esta película (y en la mayor parte de las películas de desamor) es siempre el mismo: del amor al odio hay un paso, quien bien te quiere te hará llorar, y los que más se desean, son los que más se pelean. 

Este triple mensaje es muy recurrente en nuestra cultura amorosa, y sirve para justificar la violencia contra la persona amada. En Occidente lo "normal" es que cuando una relación termina, una de las personas sea la "culpable" y la otra, la "víctima". La víctima puede dar rienda suelta a su afán de venganza con total libertad: si te rompen el corazón, parece justificado que devuelvas el daño que te han hecho con creces. 

El mensaje que nos lanzan es que es normal que pierdas la cabeza y que utilices la violencia en todas sus formas cuando ya no te aman. A la violencia pasional le ponen la etiqueta de "locuras de amor", por eso hay gente que cree que es "normal" asesinar a una mujer que ya no quiere seguir a tu lado, y por eso los periodistas machistas siguen utilizando la expresión "crimen pasional" para justificar los feminicidios: "él la mató porque ella le abandonó", "él la mató porque tenía celos: ella le engañó con otro", "él la asesinó porque estaba triste y desesperado, y tenía miedo de perderla". 

La gran paradoja del romanticismo radica en que hay personas que aparentan ser muy sensibles, dulces, generosas, y tiernas cuando todo va bien, y después se convierten en verdaderos monstruos llenos de crueldad y odio. En nombre del “amor” justificamos los actos más viles (acusaciones falsas, chantajes, amenazas, insultos, y putadas variadas) con la excusa de que tenemos todo el derecho del mundo a ser mezquinos y crueles con la persona que ya no nos ama.

Y es que el desamor se vive como la gran traición, y a los o las traidoras hay que castigarlas bajo el lema de que en el amor vale todo. Por eso hay gente que es capaz de cualquier cosa con tal de herir a su pareja o ex pareja. Uno de los castigos más habituales es amenazar a la pareja con impedirle ver a sus hijos e hijas: “si no quieres estar conmigo, no vas a verlos", "si te separas de mi, te separo de ellos y dejarán de quererte”. 

Otro método de castigo suele ser tratar de sacar a la otra persona todo el dinero y los recursos posibles: hay un montón de abogados y abogadas que animan a las mujeres, por ejemplo, a dejar en la ruina a sus ex maridos, a "sacarles hasta el último euro". 

Otra vía infalible para vengarse: aislar afectiva y socialmente al ex para que se quede solo o sola después de la separación, mediante el método de hacerse la víctima con el grupo familiar y de amigos. Siempre se espera que los demás se pongan de parte del bueno y castiguen al malo…
Son muchas y muy variadas las formas de hacer la guerra cuando nos separamos: violencia psicológica, violencia física, violencia sexual... que afecta no sólo a los protagonistas de estas guerras, sino a toda su gente querida: hijos e hijas, padres y madres, familiares y amistades. 

Nuestra cultura nos hace creer que el amor de verdad ha de ser eterno: por eso cuando acaba hacemos un drama total, y elegimos siempre el lugar de la víctima: no utilizamos la expresión "nos hemos separado", sino: "me ha abandonado", que sirve para tratar de despertar la solidaridad en la gente cercana. 

El trauma del divorcio es tal que hay personas que convierten su odio hacia el ex en el centro de sus existencias, y pasan años tratando de destrozarle la vida como si eso les hiciese sentir mejor. Sin embargo, hay culturas, como los Mosuo de China, que no viven las rupturas sentimentales de un modo tan traumático y violento, quizás porque entre ellos no establecen relaciones basadas en la propiedad privada. Las mujeres Mosuo viven en sus casas con sus hijos e hijas, y van de noche a la casa del amante a visitarlo, de manera que cuando uno de los dos miembros ya no desea seguir con la relación, la estructura vital de ambos no se desmorona: cada uno tiene su casa y sus bienes, y lo único que han de sufrir es el duelo de la separación, no el derrumbe de su vida entera.

En la cultura amorosa occidental mezclamos lo sentimental con lo económico, ya la dependencia emocional se le suma la dependencia económica. En las sociedades donde hay mayor igualdad entre hombres y mujeres, es más fácil construir relaciones igualitarias, libres y sanas. En nuestra sociedad, sin embargo, las mujeres somos más pobres y nuestras condiciones laborales son muy precarias, y eso nos hace más dependientes de los dueños de las tierras y los medios de producción. 

Además, nos hacen creer que al amar a alguien nos convertimos en la propiedad privada de ese alguien, y viceversa: "Tu eres mía" signfica que no somos libres para quedarnos o para irnos cuando queramos. Parece que al firmar un contrato matrimonial ya no podemos juntarnos y separarnos con alegría, con cariño, y con generosidad. 

Sin embargo, solo se puede amar en libertad. El amor no se puede comprar, y no podemos obligar a nadie a permanecer a nuestro lado en contra de su voluntad, ni que nos obliguen a nosotras a continuar en una relación cuando ya no somos felices. Realmente, es monstruoso que alguien se quede a tu lado por miedo o por pena, o bajo amenazas. 

Nos cuesta mucho entender que los amores se acaban, y que cuando las cosas no van bien, es mejor separarse. Dice el refrán que siempre es mejor estar sola que "mal acompañada", pero nos cuesta aplicarlo porque vivimos en un mundo muy individualista y uno de los peores terrores que nos atacan es el miedo a la soledad. El miedo a que nadie nos quiera. El miedo a no ser importantes para nadie, a que nuestros seres queridos hagan su vida sin necesitarnos en ella. 

Son muchos los miedos que nos invaden cuando decidimos acabar una relación, pero es porque no nos enseñan a separarnos, y porque asociamos el divorcio al fracaso. En las películas apenas tenemos referencias de gente que se separe con amor. En la vida real, tampoco es frecuente ver a parejas que se separan tratarse con cariño y con ternura. 

En lugar de sentirnos agradecidos por haber podido vivir una historia de amor hermosa con la otra persona, nos sentimos heridos porque la historia se acaba. Igual suena muy fuerte eso de decirle a alguien: “Margarita, gracias por los 3 años de felicidad que vivimos juntos, ojalá que seas feliz en tu nueva etapa”, o “Manolo, lo pasé de maravilla estos 4 meses de amor, gracias por disfrutar de este ratito de tu vida junto a mí”, pero sin duda nos iría mucho mejor si lograsemos asumir que las historias empiezan y se acaban, y que siempre es mejor dejarlas cuando aún no duelen, cuando todo está bien, cuando se pueden hablar las cosas con tranquilidad. 

Las rupturas amorosas nos harían mucho más cortos los duelos románticos, lo que haría más fácil curar las heridas del desamor y volver a empezar otra etapa en nuestras vidas, bien a solas, bien con otras personas. Pero para ello tendríamos que aprender a separarnos, a conectar con la otra persona con el mismo amor con el que empezamos la relación, a dialogar asertiva y sinceramente, a comunicarnos con transparencia pero tratando de no hacer daño a la otra persona. Podríamos vivir la ruptura como una oportunidad para reformular la relación, y convertirla en otra cosa, por ejemplo, amistad. 

Las separaciones cariñosas no son una utopía: hay muchas parejas que si logran separarse con mucha comunicación y cuidándose mucho mutuamente. No son los casos más comunes, pero haberlos haylos. 

Todos y todas tenemos una buena persona en nuestro interior: solo hay que dejarla brillar en momentos de intenso dolor. Cuando sufrimos por el final de un amor, es posible conectar con tu lado más generoso y abierto, y decir adiós dejando a un lado el rencor, los miedos, los reproches y los egoísmos: sólo hay que ser generoso/a, y aprender a amar no sólo la libertad propia, sino también la libertad de las personas a las que amamos. 

Fromm decía que el amor es un arte: el desamor también lo es. Si entrenamos para aprender a decir adiós con amor, podríamos disfrutar más del presente, preocuparnos menos por el futuro, y dejar el pasado atrás sin sufrimientos. Sería más fácil asumir que la gente no nos pertenece, que la vida es un camino por el que transitamos, a ratos a solas, a ratos acompañadas por gente linda. 

Y que esa gente linda va y viene, como nosotros y nosotras. Los compañeros del colegio, de la universidad, de los trabajos por los que pasamos llegan y se van; los abuelos y abuelas se van, los padres y las madres, los hijos y las hijas también se van. Los amores aparecen, se quedan un tiempo, y se van también... y nosotras mismas también llegamos a la vida de la gente y nos vamos de ella. Bien porque migramos, bien porque viajamos, bien porque evolucionamos o nos morimos: ninguno de nosotros es eterno, y las relaciones tampoco lo son. 

La base del buen amor es la libertad para quedarnos o para irnos, para elegir nuestros caminos, para compartir ratitos de la existencia, y para decir adiós con generosidad y agradecimiento... practiquemos y ensayemos este arte para sufrir menos, y disfrutar más del amor

Otras formas de separarse son posibles: es más fácil si nos cuidamos a nosotras mismas y a la gente con la que compartimos trocitos de nuestras vida. Cuidarse mutuamente, con mucho amor del bueno...




Coral Herrera Gómez

jueves, 11 de agosto de 2016

El encuentro más íntimo entre dos personas no es el sexual, es el desnudo emocional.

El encuentro más íntimo entre dos personas no es el sexual, es el desnudo emocional. Un intercambio que se produce cuando se vence el miedo y nos damos a conocer al otro tal y como somos en cada una de nuestras vertientes.

No es fácil de lograr. De hecho, un desnudo emocional no es algo que se consiga a la ligera ni con cualquiera. Hace falta tiempo, fuerza y ganas de escuchar, sentir y abrazar emociones. Autoconocimiento y heteroconocimiento, es decir, el conocimiento de uno mismo y el de la realidad del otro.

Visto así, no parece casual término que los escritos bíblicos utilizan para hablar de amor sexual o del establecimiento de la intimidad es CONOCER. De conocernos y desnudarnos en pasiones, en sentimientos y en historia emocional va a tratar este artículo…

El desnudo emocional comienza por uno mismo

El desnudo emocional comienza por uno mismo. Es decir, es muy importante que las personas nos identifiquemos con lo que sentimos y nos demos cuenta de cómo nos sentimos cómodos o incómodos, qué pensamos y cómo podemos utilizar nuestras emociones al servicio de nuestros pensamientos.

Escucharnos, conectar y conocer nuestra herencia emocional, es decir, escanear nuestro cuerpo emocional es imprescindible para destapar nuestros miedos, nuestros conflictos, nuestras inseguridades, nuestros logros, nuestros aprendizajes, etc.

Conocer nuestra filosofía emocional, explorar nuestras vulnerabilidades permanentes, ser conscientes de lo doloroso y que eso fluya, es imprescindible para poder contemplar la imagen que nuestro espejo emocional nos proyecta al quitarnos las prendas que nos“visten”.
El autoconocimiento de nuestras vulnerabilidades emocionales no hace que estas desaparezcan, pero tener una concepción más profunda sobre ella implica que cada vez que aparezca en nuestra vida podamos identificarla y actuar sobre ella, impidiéndole que ahogue nuestras conexiones emocionales.

Nuestra herencia emocional, la clave para conectar

Nuestra herencia emocional ejerce un fuerte impacto tanto en nuestra capacidad de conectar emocionalmente con los demás como en las ocasiones que tenemos de hacerlo. Es precisamente este bagaje, esta piel, la que nos hace matizar y actuar sobre nuestras sensaciones, sentimientos y emociones de una determinada manera.

Exponernos a nuestros recuerdos y a aquellas sensaciones que pueden resultarnos desagradables no es fácil y muchas veces ni siquiera se contempla como útil. Sin embargo, existen muchas razones por las que resulta recomendable quitarse las prendas:
Si queremos tener relaciones más significativas, es importante que nos detengamos a mirar al pasado y a sanar las heridas emocionales de nuestra infancia.
El cableado de conducción que transporta nuestros mensajes emocionales debe ser descubierto para que nuestras reacciones no nos manejen. Por ejemplo, cuando decimos que “nuestro hermano nos saca de quicio”, realmente estamos teniendo la sensación de que sabe en qué tecla tocar para enfadarnos.
Conocer estas pautas de reacción emocional y comunicarlas nos ayuda a regenerar nuestros pensamientos y nuestro estado de bienestar general.
Así, cuando realizamos una labor de autoconocimiento, nuestro diálogo interno puede lograr cambiar de “Las personas son peligrosas para mí” a “La forma en que me trataron me hizo daño, pero ya soy consciente y procuro que eso no influya”.
Cuando accedemos a nuestra herencia emocional y comprendemos cómo los sentimientos del pasado matizan las experiencias del presente, podemos ser más hábiles a la hora de establecer fuertes y sanos lazos de unión con quien nos rodea.
Ser conscientes de los filtros emocionales, de los abrigos y de las corazas que nos ponemos contribuye a hacernos hábiles lectores e intérpretes tanto de los intentos de conexión de los demás como de los propios.

No es fácil desnudar a una persona herida

Desnudar emocionalmente a las personas muy marcadas por su pasado puede resultar difícil, pues hace falta lidiar con las corazas, con las prendas que le vuelven inaccesible, las desilusiones que envuelven a la persona, los miedos al rechazo, al abandono, a la soledad…

Para hacerlo se necesita ser inteligente, amar a la persona y abrir los oídos, los ojos y la piel desterrando los prejuicios y la actitud de juzgar. Es decir, una escucha activa emocional a través de todos los sentidos sin “peros” ni comas fuera de lugar.
Para hacer esto debemos saber que un desnudo emocional no se crea en cualquier tipo de ambiente sino que deben darse las condiciones idóneas para generar emociones, sentirlas, manipularlas, examinarlas y usarlas.

Los escenarios emocionales ideales para el desnudo son aquellos en los que prima la escucha desde el interior, la empatía y la inteligencia emocional. Escenarios en los que se potencia la comunicación y la comprensión con una gran base de respeto y tolerancia.
Solo así lograremos crear un ambiente emocionalmente distentido en el que realmente pueda darse en el encuentro íntimo, el desnudo de los miedos, de las inseguridades y de la verdad emocional. Solo así lograremos esos abrazos que rompen los miedos, que cierran nuestros ojos y que nos entregan al 200% en cuerpo y alma.

Raquel Aldana. La mente es maravillosa

domingo, 12 de junio de 2016

Las etapas de la vida

"Podemos dividir el período de vida de una persona en cuatro etapas: infancia, juventud, vejez y muerte. En cada una de estas etapas se producen cambios fundamentales.
En la infancia, nuestra sangre es fuerte y nuestra energía es plena. La mente y el cuerpo, el pensamiento y la acción, son uno. Todo lo que hacemos está en armonía con el orden natural. El niño no se ve afectado por las cosas que suceden a su alrededor. La virtud y la ética no pueden limitar su voluntad. Desnudo y libre de las convenciones sociales, sigue el camino natural del corazón.

Durante la juventud, nuestra sangre se eleva y se hace volátil. Aumentan el deseo, las preocupaciones y la ansiedad. Las circunstancias externas dirigen en esos momentos la aparición y la desaparición de las emociones. La voluntad y la intención son limitadas por las convenciones sociales. La competición, el conflicto y la planificación, constituyen la norma de las interacciones con los demás. La aprobación y la desaprobación de los demás se convierten en algo importante, y se pierde la expresión honrada y sincera de los pensamientos y de los sentimientos.

Durante la vejez, la fuerza de la sangre empieza a declinar. En consecuencia, también se debilitan el deseo y las preocupaciones. En comparación con los años de juventud, estamos más pacíficos y en armonía con nosotros mismos. Las convenciones sociales y las influencias externas tienen menos efecto sobre nosotros porque ya no estamos interesados en el heroísmo y en la competición. Aunque la persona mayor no se halle tan en armonía con el orden natural de las cosas como el niño, sin duda alguna es más fiel a sí mismo que cuando era joven.

Con la muerte, todo retorna a la calma. En ese momento no sabemos nada, no hacemos nada ni sentimos nada. Nuestra energía se une de nuevo a su fuente.

Confucio también habló de las etapas de la vida. Él la dividió en tres períodos: durante la juventud, nuestra sangre y nuestra energía están inestables. Por ello, en ese período necesitamos controlar nuestro deseo sexual. Con la madurez, nuestra sangre y nuestra energía son fuertes y agresivas. Por ello, en esta etapa de la vida, tenemos que domesticar nuestra naturaleza competitiva. Durante la vejez, nuestra sangre y nuestra energía son débiles. Por ello, en nuestros últimos años, tenemos que disolver nuestro apego a las cosas.

Tanto los taoístas como los confucianos proporcionan profundas comprensiones válidas de la naturaleza humana y de los cambios que se producen en nuestra vida. Para los confucianos, lo importante es entender lo que hay que hacer en cada período de la vida, de forma que podamos ser útiles a la sociedad, vivir de forma honorable e interactuar armoniosamente con los demás. Para los taoístas, lo importante es entender que la infancia, la juventud, la vejez y la muerte son etapas de la vida que debemos atravesar. Si entendemos esto, podemos aceptar los cambios que atravesamos y considerarlos como una secuencia natural de acontecimientos en el ciclo del nacimiento y de la muerte".

(Extraído del clásico taoísta "Lie Tsé o libro de la Perfecta Vacuidad", versión de Eva Wong)

domingo, 29 de mayo de 2016

Cuando los ganaderos se convierten en veganos

¿Qué lleva a cuatro granjeros de éxito a poner su vida patas arriba y convertirse en veganos? ¿Qué tienen en común la española María, Bob de Nueva York, Jan, un alemán del norte, y Howard del estado de Montana? ¿Qué es lo que hizo tambalear su existencia hasta los cimientos?

María pasó su niñez cuidando cerdos. Con 10 años cargaba sacos de 25 kg, con 12 el médico se sorprendió al descubrir que la pequeña tenía varices. El negocio familiar, en el que María y su hermana limpiaban los establos y ayudaban al padre en el engorde, era muy duro para las dos niñas. María soñaba con una vida diferente y los cerdos le resultaban un estorbo, animales recién nacidos que pasaban allí unos meses hasta alcanzar el peso necesario para ir al matadero. "Me gustaba la carne y los productos que se elaboraban en casa a raíz de la matanza, pero lo cierto es que desconocía que nos podemos alimentar de otra manera. Los animales estabulados en granjas se reparten en diferentes cuadras que se van quedando más y más pequeñas conforme crecen. Recuerdo claramente como en la etapa final del engorde el estrés les llevaba a pelearse y no solo acababan heridos, sino que los más débiles morían, pero no a causa de las heridas, sino por el sufrimiento padecido. Les fallaba el corazón".


Jan interrumpió sus estudios de biología y matemáticas en los años setenta para hacerse cargo de la próspera granja familiar. Sus antepasados, varias generaciones de ganaderos, llevaban décadas produciendo leche y queso en Butjadingen, una península en el Mar del Norte. Jan se especializó en explotaciones agrícolas y fue el primer ganadero de la región en convertir su granja en ecológica. Menos animales, establos más grandes y más tiempo de los terneros con sus madres antes de la separación. "Pronto nos dimos cuenta de que la ganadería ecológica no es garantía de una vida digna para los animales y llegó un punto en que no era capaz de conciliar negocio y conciencia. Cuando un animal no era rentable, había que enviarlo al matadero, y eso cada vez se me hacía más difícil".

Bob vive en el estado de Nueva York, tiene 40 años y ha dedicado los diez últimos a la cría de cerdos. Convencido de que la ganadería industrial es un verdadero desastre para todos, decidió invertir todo lo que tenía en montar una granja ecológica. Se sentía orgulloso de su trabajo, hasta una mañana en la que todo cambió: "Lo primero que noté fue lo triste que estaba. A veces me sentía algo confuso, incluso culpable, pero ¿triste? ¿Una tristeza profunda en la boca del estómago, en los hombros, en los ojos? No, jamás. Criar cerdos había sido, a pesar de los conflictos internos, una alegría. En casi diez años nunca me había sentido así".







Bob Comis con uno de sus animales ©The Last Pig



Howard era un cowboy de cuarta generación y su granja un ejemplo de eficiencia. 45 años dedicado a la ganadería industrial, llegó a tener más de 7.000 reses. "Triturábamos animales y se los dábamos de comer a los otros animales, no había un producto químico que no me gustara. Todos los malos hábitos que se pueden tener, los tenía yo. Desayunaba, comía y cenaba hamburguesas. En el año 1979 me encontré paralizado de cintura para abajo, el diagnóstico fue un tumor en la médula espinal".

Cuando tenía 14 años, María conoció a una de las profesoras del instituto de su ciudad, que era vegetariana. Como ella misma explica, aquel encuentro abrió su conciencia y confirmó lo que antes solo eran intuiciones. "Lo que ahora advierte la Organización Mundial de la Salud, que la carne procesada es tóxica como alimento y todo eso, ya lo sabíamos nosotras entonces". Así que María, su hermana y su madre decidieron dejar de comer animales. "Fue como una conquista. Me hice vegetariana por amor a los animales y al mismo tiempo comencé a investigar la relación entre los alimentos y la salud".

Bob también había decidido dejar de comer carne, creyendo honestamente que podía ser vegetariano y criador de cerdos a la vez, porque consideraba fundamental que hubiera tantas granjas ecológicas como fuera posible, especialmente regentadas por alguien que respetaba profundamente a los animales. "Aquella mañana los cerdos parecían diferentes. Yo parecía diferente. Mi perspectiva se había trasladado a otro plano, en el que no era capaz de ver dónde terminaba su existencia y dónde empezaba la mía. Mientras estaba allí, sentado en mi tractor, entendí que algo mucho más profundo que mi dieta había cambiado. No era tanto el hecho de sentirme incómodo con la contradicción vegetariano - criador. Fue más bien una revelación. En aquel momento sentí un intenso deseo de no tener nada más que ver con su muerte".

Por su parte, Jan conoció a la que hoy es su pareja, Karin, una enfermera muy activa en la defensa de los animales. "Cuando la conocí, le plantee mis dudas y ella me respondió: es fácil, deja a las vacas vivir. ¿Y de qué viviremos nosotros entonces?, le dije yo". Así fue como la granja se convirtió en fundación, la pintoresca residencia para vacas jubiladas Hof Butenland. Un santuario en el que las más veteranas conviven con cerdos, gallinas, patos, perros, gatos, caballos, conejos y los visitantes que deciden pasar allí unos días de descanso. Además de cuidar de los animales y fotografiar el día a día de la granja, Karin es la responsable de cocinar para los huéspedes y acaba de publicar un libro de recetas libres, por supuesto, de ingredientes de origen animal.







Karin con Trine y Christine ©Hof Butenland



“Durante mucho tiempo, negaba que me cayesen bien las vacas", cuenta Jan. "Era la única manera de seguir, tenía que ganarme la vida. Ahora las veo como a camaradas. Estoy de buen humor y les hablo, como se habla a un perro o a un gato; yo no veo ninguna diferencia".

La operación de Howard era de alto riesgo y él lo sabía. "Había visto a los animales morir, había visto la tierra contaminarse, pero no fue hasta que me vi paralítico que fui consciente de que el problema era yo. Yo sabía que lo que estábamos haciendo era totalmente insostenible, pero era una especie de histeria colectiva. Todos lo hacían así, desde siempre". La operación fue un éxito y Howard salió del quirófano caminando, pero era una persona totalmente diferente a la que había entrado en él. "La pregunta ¿deberíamos seguir comiendo animales? es la más esencial que me he planteado en toda mi vida".







Howard en Farm Sanctuary ©Howard Lyman



Howard decidió compartir su experiencia. "He recorrido más de 160.000 km al año, ha habido épocas en las que he dado tres o cuatro conferencias al día. Pero mi objetivo no es salvar el mundo, mi objetivo es que la gente pueda tomar sus decisiones teniendo toda la información".

María y su hermana también se armaron de valor y le plantearon a su padre que no querían seguir explotando animales. No fue fácil, el padre puso el grito en el cielo, pero con el tiempo incluso él dejó de comer carne. María es hoy una madre feliz, orgullosa de sus dos hijos, vegetarianos desde la infancia. El negocio familiar se reconvirtió en un taller de artesanía. Más de 30 años después, los antiguos establos que albergaron tanto dolor y tanto miedo solo almacenan cerámica. "Ahora los únicos cerditos que viven allí son de loza".

En un instante tomó Bob la decisión de dejar de criar cerdos y convertirse en agricultor. "Tras diez años de convivir con estos increíbles animales he comprendido que, cuando miras a sus ojos, nunca ves el vacío, siempre hay alguien mirándote al otro lado". Pero algo así no podía hacerse de un día para otro. Se trataba de dejar un negocio próspero que, después de los duros inicios, ya había despegado. "Tenía demasiados compromisos, deudas y no sé prácticamente nada sobre agricultura ecológica. Sabía que tenía que ser cuidadoso, para no arruinar la relación con mi mujer, mi futuro financiero y la consideración de mí mismo en mis compromisos con los demás. Calculé que, sin violar ninguno de esos criterios, la transición me iba a costar aproximadamente un año".*

A día de hoy, Howard sigue dando conferencias por el mundo. "Cuando tratas el tema con alguien de la industria su argumento suele ser "es que vosotros no lo entendéis". Pero yo sí lo entiendo. He matado más animales que la mayoría de ellos y sé que lo que estamos haciendo es nocivo para nuestra salud, terrible para los animales y perjudicial para el planeta. Cuando antes lo paremos, mucho mejor".

María, Howard, Jan y Bob son solo algunos ejemplos de una larga lista. Otros representantes ilustres son el ganadero Harold Brown, que protagonizó el premiado documental Peaceable Kingdom y es hoy activista por los derechos animales y el famoso Dr. T. Colin Campbell, autor de El Estudio de China, una verdadera revolución en la historia de la nutrición, que pasó toda su infancia en la granja de vacas lecheras de su familia.

* La productora Argo Films está en la actualidad recaudando fondos para completar el documental The Last Pig , sobre este trascendental año en la vida de Bob. Su directora, Allison Argo, ha ganado más de 100 premios internacionales, incluidos seis Emmys, y ha rodado documentales para PBS, National Geographic y el canal Nature. Allison lleva más de 20 años rodando en primera línea, luchando por un tratamiento más justo hacia los animales.

lunes, 4 de enero de 2016

Papa Noel no existe

No voy a mentirte, cariño. No lo he hecho nunca. Ayer me preguntaste a dónde van los pájaros que se mueren. Y no lo sé, de verdad, no lo sé. De repente, imagina, están en los árboles y se caen. El corazón les deja de latir y se caen. Y los bosques y los parques siguen su curso como si nada. Amanece y acogen el cuerpo de las criaturas que han dejado de respirar. A veces los pinos o las hayas sonríen, porque saben que se cierra un círculo y se abre otro más. Pero lo del cielo… tengo mis dudas. Hay días en que me parece todo un cuento chino. En el cielo hay libélulas y mariposas de las que tanto te gustan, y nubes claras que nos recuerdan lo importante. Si alguna vez te sientes triste, Vega, contempla el cielo. Porque en él encontrarás las respuestas. Ahora, lo de los ángeles y Dios y la Virgen María… pues no sé. No sé.


La abuela murió hace unos años. No la llegaste a conocer. Era una mujer increíble. A veces hablo con ella, ¿sabes?, y siento como que me escucha y me contesta, es raro. Pero nunca sé hacia dónde mirar. A veces miro hacia arriba, a veces miro hacia abajo, a veces muevo los labios y a veces simplemente pienso en lo que quiero contarle. Siempre funciona. Yo creo, en secreto, que no es la abuela la que responde, Vega. Sino el viento, la voz de todas las abuelas de la tierra, de todas las mujeres, de todas las almas. Porque a algún lado se van los recuerdos, las memorias y los deseos. A algún lado, hija.


Papá Noel no existe, eso te lo digo de antemano. Ni los Reyes, joder, que son los padres. No tiene sentido engañarte, con lo lista que tú eres. Sinceramente, me parece cruel hacerte creer que todos los años un señor gordo se mete por la chimenea de las casas. Aquí lo único que se mete es el frío, y algún que otro mirlo despistado, ya lo has visto. Además, no siempre tiene que haber regalos. No te acostumbres a eso, no dejes que toda esa mierda te desvíe del camino. Los verdaderos regalos, Vega, nunca se envuelven en papel, no lo olvides. Son una flor que te encuentras, un día en la playa, un cariño espontáneo, y un bote de nocilla apurado con los dedos. Disfruta ahora que puedes de esas cosas, cariño, vete en bragas por la calle, saluda a los desconocidos, métete el dedo en la nariz. Siéntete libre de ser quien eres.


El sexo no debería ser un secreto para ti, para los niños. Mira, en eso sí que no hay misterios. Es todo muy simple y muy tangible. Dime qué sabes, qué quieres saber y te lo explico. Es maravilloso, cielo, se disfruta, se ama, se pierde y se gana el tiempo, se aprende, y luego, poco a poco, se olvida. Cuanto más lo practiques sin tapujos, antes perderás el interés. Antes querrás conocer la gloria del silencio, la inmensa paz, la soledad del espíritu. Porque lo del sexo nos interesa tanto tanto porque nos lo han prohibido. Porque, cuando hemos preguntado, se han bajado las miradas al suelo. Se han acabado las palabras. Qué absurdo, hija, qué absurdo. Tienes vagina como tienes manos y cabeza. Las prostitutas existen, por desgracia, porque todavía hay hombres que no se atreven a mirar a una mujer a los ojos, a amarla entera. Porque todavía hay mujeres como tú y como yo que pasan hambre. Y frío. Que no tienen con qué pagar el pan y la leche. Muy jodido. Tú que me escuchas, Vega, presta atención. Ama con toda el alma, ¿me oyes?, sin miedo, muéstrales el corazón a todos. A todas. Que no te dé ni un gramo de vergüenza. Folla si te apetece, estás en tu derecho. Pronto te darás cuenta de que eso no llena. Pronto comprenderás que una caricia es infinitamente mejor cuando te quieren. Necesita su tiempo descubrirlo, sólo eso.


¿Qué más cosas? No quiero dejarme nada. Ah, sí, lo del colegio. Pues mira… yo soy maestra, hija, ya sabes. Por eso prefiero que no vayas a la escuela. Pero entiendo que es tu decisión, cariño, en tus manos está. Te obligarán a leer por la fuerza, eso sí, te obligarán a aguantarte los pedos hasta que te duela la barriga, te obligarán a dar besos y a pedir perdón cuando estés enfadada y no te apetezca. Te harán callar si lloras, te llamarán mimada si me echas de menos, y te presionarán para que te disfraces de bailarina para la fiesta de fin de curso. Porque, ante todo, lo importante es que las crías estén monas y los críos graciosos, y los padres aplaudan y lloren y piensen que se está haciendo una encomiable labor con sus hijos. Lo de si los peques quieren o no salir al escenario y hacer pantomimas… es otra cuestión. Pero repito, querida, tú eres libre en ese sentido.


A mí me gustaría enseñarte lo poco que sé. Como que las ballenas cantan canciones más extensas que la Biblia. Como que las mujeres tienen alas y hacen medicina. Como que hay libros que te hacen llorar, que te transportan a mundos infinitamente bellos. Como que lo más importante es el mar, mojarse la tripa, tener sal en el pelo, madurar como los frutos, florecer como las flores, dejarse la piel en el camino, entregarse, desgastarse, alejarse para integrar, tomar distancia de las cosas, guardar silencio. Aprender a ser persona. ¿Sabes, amor? La vida de los ciervos es sagrada. Nunca mates a un animal. Nunca subestimes a las plantas. Recuerda siempre a San Francisco y a su hermana luna, y a su hermano sol. Somos todos compañeros de viaje. Todos tenemos heridas. Todos sangramos a mares. Todos somos capaces de enloquecer de luz, de brillo, de dicha. Vega, te quiero. Te quiero con toda el alma. ¿Recuerdas aquel día que te pusiste mala y me pediste que te hiciera patatas fritas? Yo te las hice, y nos reímos. Pues eso. ¿Recuerdas cuando fuimos a la playa y pasamos toda la tarde recogiendo trocitos de cristal azul? Querías hacer un collar para los delfines. Pues eso. ¿Recuerdas cuando te enfurruñaste y respeté tu silencio? Y después viniste con esa sonrisa tuya y me abrazaste. Pues eso. ¿Y cuando nos compramos aquel helado de frambuesa? ¡¡Estaba tan rico!! Y ni lo pensé, te lo dejé entero. Pues eso. Eso es querer, Vega. Eso es querer. ¡Ay, enana! ¿Qué me has hecho? Jamás pensé que pudiera enamorarme de dos personas a la vez, y ahora es tan fácil…


Con cariño,


domingo, 27 de diciembre de 2015

Viktor Frankl: "La salvación del hombre está en el amor y a través del amor"

“¡Qué bello podría ser el mundo!”, escribió el psiquiatra vienés Viktor Emil Frankl después de perder a su esposa y a sus padres en distintos campos de concentración del régimen nazi. Su padre murió en Theresienstadt, víctima del hambre y una neumonía; su madre fue gaseada en Auschwitz, y su mujer, Tilly Grosser, en Bergen-Belsen el día de su liberación. Debilitada por las penalidades, fue aplastada por una multitud que se abalanzó hacia la puerta de entrada, cuando descubrió la presencia de tropas británicas. Sin embargo, nada pudo destruir la confianza de Frankl en el ser humano. “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino”. Viktor nació en el seno de una familia judía el 28 de marzo de 1861 en Pohorelice, una localidad checa situada a 80 kilómetros de Viena. En esa época, Viena era una de las ciudades más deslumbrantes de Europa. Compartía con Budapest la capitalidad del Imperio Austro-Húngaro y era el símbolo de un estilo de vida tolerante y cosmopolita. Viktor disfrutó de una infancia dichosa y tranquila. A pesar de su fragilidad y su temperamento soñador, siempre contempló la vida como un don, un maravilloso regalo que debía ser administrado con inteligencia y ternura. La Primera Guerra Mundial significó la caída del Imperio-Austrohúngaro y, para Frankl, la experiencia del hambre y la precariedad. Durante sus estudios de bachillerato, Viktor escuchó a un profesor que “la vida humana no era otra cosa que un proceso de combustión y oxidación”. Sin poder contenerse, le objetó: “Si es así, ¿cuál es el sentido de la vida humana?”. Movido por ese interrogante, estudia neurología y psiquiatría, identificándose con los postulados del psicoanálisis. Inicia un agudo intercambio epistolar con Freud, pero en 1925 se aleja de sus tesis, seducido por las teorías de Alfred Adler, un psicoanalista heterodoxo, según el cual la nota más dominante de la mente humana es la necesidad de ordenar la vida conforme a una meta.
Viktor Frankl opinaba que Freud había interpretado al hombre desde abajo, atribuyendo una importancia desmesurada a lo instintivo. En su opinión, hay que mirar al ser humano desde arriba. Sólo así comprenderemos que las actividades psíquicas son la esencia de nuestra naturaleza. El neurótico no encuentra ningún sentido a la vida, pero una mente sana advierte que el sentido no es un dato objetivo, sino la culminación de un proyecto personal, algo que se elabora libre y racionalmente. Gracias a esa construcción, el ser humano puede enfrentarse a las peores tragedias, sin perder el deseo de vivir. Frankl aprende de Max Scheler que el hombre no está maniatado por los impulsos y la influencia del entorno. Dado que es un ser inteligente, puede moverse por intenciones, desarrollando empatía hacia sus semejantes y respeto o simpatía hacia el resto de los seres vivos. Si no pudiéramos trascender lo biológico y social, seríamos simples autómatas. A principios de la década de los 30, Frankl se dedica a la psiquiatría y la neurología, comienza a escribir ensayos e imparte conferencias. En 1938, se produce la anexión de Austria al Reich alemán y se aplican las leyes de Núremberg, que obligan a Frankl y a su familia a identificarse con una estrella amarilla. En 1941, se casa con Tilly. En esa fecha le conceden un visado para viajar a Estados Unidos, solicitados dos años atrás, pero no lo utiliza, pues le parece poco ético abandonar a sus padres, a sus pacientes y a sus compatriotas judíos. Decide quedarse y compartir la suerte de las personas a las que ama. En septiembre de 1942, Viktor es deportado a Theresienstadt con sus padres y su mujer. Se le tatúa el número 119.104. Le acompaña un manuscrito, pero se lo quitan los celadores. La idea de reescribirlo le proporciona una meta y le ayuda a no desmoronarse. Será el único superviviente de su familia. Después de recobrar la libertad, publica El hombre en busca de sentido, subtitulado Un psicólogo en un campo de concentración. El libro es una de las obras de referencia sobre el Holocausto o Shoah. Además, establece las bases teóricas de la logoterapia o lo que se conoce como Tercera Escuela Vienesa de Psicología.
La logoterapia es un método menos retrospectivo y menos introspectivo que el psicoanálisis. Está orientada al futuro, a la posibilidad de elaborar metas y objetivos. Este planteamiento rompe el ensimismamiento neurótico, que vuelve y otra vez a sus obsesiones, reforzándolas con sus pensamientos recurrentes. La logoterapia considera que la principal motivación del ser humano no es la búsqueda de placer o poder, sino la voluntad de sentido. La búsqueda de sentido no es una sublimación del instinto, sino algo primario. Frankl señala que las personas viven y mueren por sus ideales y principios. La logoterapia estima que su cometido es ayudar al paciente a hallar el sentido de la vida. Escribe Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre un cómo”. La logoterapia comparte esa convicción. El equilibrio psíquico no reside en la ausencia de tensiones, sino en la tensión entre lo que somos y lo que queremos ser. Sin ese conflicto, caemos en el vacío existencial. La esencia íntima del ser humano es su capacidad para enfrentarse con responsabilidad a su finitud, vinculándola a una finalidad. El sufrimiento se hace tolerable cuando adquiere un sentido, como cuidar a un enfermo. La logoterapia despliega una técnica denominada “intención paradójica”. Hay que perseguir una meta, pero sin ansiedad anticipatoria. Si la perspectiva del fracaso nos inspira un temor patológico, hay más posibilidades de fracasar. La angustia atrae los fallos y descalabros. Si experimentamos una impaciencia infantil, obsesionándonos con un objetivo, perderemos la calma necesaria para triunfar. Siempre debemos estar dispuestos a reírnos de nosotros mismos, pues el humor nos relaja y nos ayuda a controlar nuestras emociones. El neurótico cae en un círculo vicioso porque es incapaz de relativizar sus problemas y contemplarlos con cierta ironía. La logoterapia subraya la libertad de la mente humana para superar condicionamientos y determinaciones. El hombre no es una cosa entre las cosas, sino un sujeto racional. No se limita a existir, sino que decide. Rectificar también es una forma de decidir, pues implica una reelaboración de la meta establecida. La libertad sólo es verdadera cuando está ligada a la responsabilidad. En definitiva, la logoterapia es una psicología humanizada, que reivindica la dignidad del ser humano, artífice de la Historia y protagonista de su propia historia.
En 1947, se casa por segunda vez con Eleonore Schwindt, una enfermera con la que pasará el resto de su vida y con la que engendrará una hija. Director de una policlínica de neurología de Viena hasta 1971, ejercerá la docencia universitaria en la misma ciudad y trabajará como profesor invitado en distintas universidades norteamericanas (Harvard, Stanford, San Diego, Dallas, Pittsburg). Le llueven premios y distinciones. Publica treinta libros que se traducen a diferentes idiomas. Podemos destacar Psicoterapia y existencialismo (la obra confiscada en Theresienstadt), En el principio era el sentido,Logoterapia y análisis existencial, Psicoterapia y humanismo: ¿Tiene un sentido la vida?,La presencia ignorada de Dios. Gana el Premio Oskar Pfister, concedido por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Alpinista, amante de las corbatas, adicto al café, devoto de Mahler y caricaturista notable, se sacaría una licencia de vuelo a los 67 años, pilotando aviones en solitario. Fallece el 2 de septiembre de 1997, con 92 años.
El hombre en busca de sentido ha conmovido a varias generaciones. Frankl relata su paso por el sistema de campos de concentración de la Alemania nazi con abrumadora honestidad: “Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros –como cada cual prefiera llamarlos- lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron”. Los deportados que superaban las primeras selecciones desembocaban en “una especie de muerte emocional”. Era lo único que permitía soportar una vivencia profundamente deshumanizadora. En la rutina de los campos, lo peor no era el dolor físico o las crueles privaciones, sino “la angustia mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”. El trabajo agotador, los malos tratos y una alimentación deliberadamente insuficiente reducen a los deportados a una masa que se degrada día a día. La desnutrición mata el deseo y la compasión, pues no hay espacio para los sentimientos cuando la prioridad es salvar el pellejo. La mente hiberna, despojándose de emociones e ideas. Sólo perduran las firmes creencias religiosas y las convicciones políticas, pues resultan útiles para la supervivencia. Los escépticos o descreídos son más vulnerables. Pese a todo, Frankl no cae en la desesperación. Piensa que su vida interior es una poderosa herramienta para soportar las calamidades, pero sobre todo se aferra a la capacidad de experimentar amor: “la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”. Ignora si su mujer está viva, pero siente que ni siquiera su muerte podría menoscabar su amor. Afirma que si le hubieran comunicado la noticia de su fallecimiento, habría continuado su conversación mental con ella y habría sido “igualmente real y gratificante”. El amor ayuda a preservar la propia identidad individual en un entorno concebido para destruirla. Sólo amando se puede conservar la libertad interior, la autoestima y la personalidad. Frankl ejerce de médico y psicólogo con otros deportados, combatiendo su hundimiento emocional, que incluye fantasías suicidas. En Auschwitz, el que se mata condena a muerte a todos sus compañeros de barracón. No hay libertad para morir. Por eso, se debe vivir para uno mismo y para los otros. Frankl es fiel a sus ideas, pues descarta cualquier plan de fuga para quedarse con sus pacientes.
Si sabemos que el sentido último de la vida es el amor, podremos aguantar las formas más temibles de infortunio. Amor a los otros y amor a nosotros mismos, pues cada ser humano tiene una enorme responsabilidad hacia su propia existencia. Los dramas del siglo XX, pródigo en matanzas e incalificables atrocidades, nos invitan al pesimismo y al desaliento, pero Frankl argumenta en sentido contrario con una clarividencia irrefutable: “Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”. La biografía y la obra de Viktor Frankl constituyen una lección de vida. Deberíamos frecuentarlas a menudo para contagiarnos de su esperanza y dignidad.

Rafa Narbona http://rafaelnarbona.es/?p=12357

domingo, 24 de mayo de 2015

Formas de duelo: el arte de saber decir adios

Nadie nos ha enseñado nunca cuáles son las leyes del sufrimiento y cómo afrontarlas. Habitualmente, el dolor por la pérdida llega de improviso para desestabilizarnos, para rompernos un poco por dentro. Poco a poco vamos recogiendo cada pieza para reconstruirnos de nuevo, sin saber que ese proceso es, posiblemente, el mayor aprendizaje que hayamos obtenido nunca.

Nadie es inmune a la pérdida, el duelo es algo que todos vamos a sufrir alguna vez: perder a un familiar, romper una relación afectiva o el simple hecho de madurar, supone atravesar diferentes niveles de duelo.

Lo complicado de todas y cada una de estas formas de duelo, es que ninguno de nosotros se lleva demasiado bien con el sufrimiento, no sabemos gestionarlo, nos desborda y en ocasiones, hasta nos destroza. Porque…¿Cómo hacerlo? ¿Existe quizá una fórmula mágica que nos haga inmunes a la separación, al vacío, al hueco insondable de esa mano que ya no nos sujeta?

En absoluto. Según nos explican los expertos cada persona deberá encontrar su propia forma de encarar el duelo. Ahí donde encontrar alivio, entereza y la capacidad para levantarse de nuevo.

La importancia de saberse vulnerable

La madurez emocional es aquella que sabe avanzar por sus propias pérdidas, que ha aprendido del desapego y que a su vez, concibe las dificultades como experiencias de aprendizaje.

Es difícil, lo sabemos. Uno puede leer muchas cosas sobre el duelo, puede atender incluso lo que un terapeuta le indica, lo que sus amigos o familiares le comentan para trasmitirle apoyo. No obstante, cualquier pérdida, sea cual sea el nivel, es un acto que uno mismo debe afronta en soledad y con mecanismos propios.
Nadie va a llorar por nosotros, nadie va a reorganizar sus pensamientos y aliviar nuestro dolor para quitarnos peso. Es una tarea propia que requiere tiempo y que demanda ante todo, comprender que no somos tan fuertes como pensábamos. Que en realidad, somos tan vulnerables como una pluma llevada por el viento.

¿Es esto malo? ¿Es la vulnerabilidad algo negativo? En absoluto, en la propia vulnerabilidad está nuestra verdadera fuerza. Párate un momento a pensar en ello: si te resistes, si te niegas a reconocer que te sientes herido, que tu vida se acaba de romper y que sientes dolor, alzarás ante ti el muro de la negación. ¿Cómo afrontar algo que no reconoces que existe? ¿Por qué negarse a llorar la pérdida? ¿A aceptar que te sientes vulnerable?

Reconocer que somos vulnerables nos capacita para ser flexibles y poder adaptarnos, porque el duelo, al fin y al cabo no es más que una respuesta adaptativa a la que se llega mediante el sufrimiento, mediante el dolor.

El duelo como arte de saber “soltar”

Puede que hablar del duelo como una forma de “arte” te cause cierta inquietud. Quizá sea porque las personas preferimos enfocar nuestra vida solo hacia cosas agradables, reconfortantes y positivas. Y eso es bueno, sin duda, pero el placer de la vida lleva implícito a su vez una cuota de sufrimiento ante la que casi nadie es inmune.

No obstante, hemos de aclarar un importante aspecto. A la hora de hablar de duelo siempre pensamos en las pérdidas físicas. En la muerte. Sin embargo, también están los duelos afectivos o emocionales por ese amor al que hemos de renunciar o que nos abandona, e incluso por qué no, al simple acto de madurar como persona, de asumir nuevos valores, de abandonar determinados esquemas de pensamiento para desarrollar otros…

Un proceso de crecimiento interior donde también superamos duelos personales y de identidad en ocasiones, bastante profundos. Algo sin duda, enriquecedor a la vez que necesario. A pesar de ello, son procesos que siempre implican ciertos miedos, porque todo cambio supone una pérdida implícita, e incluso sensación de soledad o vacío.

Hemos de tomar conciencia de que la vida, no es un sereno paseo donde la felicidad está siempre garantizada. La vida en ocasiones duele, y debemos aceptar la frustración, la pérdida y cada uno de los duelos. Porque todos ellos, son caminos hacia una necesitada sabiduría.

martes, 7 de abril de 2015

Soledad



La soledad es tal vez el ejercicio más natural a nuestro alcance. Es ahí cuando logramos cultivar algunos de los estados más nutritivos para la mente y el espíritu, cuando experimentamos las más sustanciosas tormentas y la más reconfortante quietud.

Practicada sanamente la soledad es un vehículo exquisito. Nuestro diálogo interno adquiere tintes particulares y nos vemos obligados a confrontarnos con nosotros mismos, nos auto-revelamos sin intermediarios. Sin embargo, en muchos contextos se menosprecia, se sospecha de ella o inclusive se le teme; se evita a toda costa y se asocia con la derrota social o el aburrimiento. Y esta aversión cultural por la soledad termina por privar a millones de personas de aprovechar, y disfrutar, las bondades que solo ella provee.

¿Qué le gustaría decirle a los jóvenes? Pregunta el entrevistador a un Tarkovsky plácidamente posado sobre un árbol. A lo que el cineasta ruso, cuya obra por cierto destacó por comulgar con elementos como la pausa, el silencio y la soledad, responde que su principal consejo sería el aprender a cultivar la soledad:

No sé, creo que solo me gustaría decirles que aprendan a estar solos y procuren pasar el mayor tiempo posible consigo mismos. Me parece que una de las fallas entre los jóvenes es que intentan reunirse alrededor de eventos que son ruidosos, casi agresivos. En mi opinión, este deseo de reunirse para no sentirse solos es un síntoma desafortunado. Cada persona necesita aprender desde la infancia cómo pasar tiempo con uno mismo. Eso no significa que uno deba ser solitario, sino que no debiera aburrirse consigo mismo porque la gente que se aburre en su propia compañía me parece que está en peligro en lo que a autoestima se refiere.

miércoles, 21 de enero de 2015

Consciencia corporal: La importancia de introducirla a lxs hijxs

Vivimos en un momento y en un lugar donde a menudo tenemos conciencia de lo que hacemos, de lo que queremos, o de lo que deseamos (o más o menos!)… pero también demasiado a menudo, no tenemos mucha conciencia sobre lo que somos y sobre lo que necesitamos. Cuando hablo de conciencia de lo que somos me refiero a qué soy más allá del cuerpo y a lo que soy corporalmente. El espacio que ocupo, cómo me muevo, cómo me siento físicamente, y también, obviamente, cómo me siento emocionalmente, cómo estoy,… pero no es de las emociones de lo que quiero hablar hoy.

Hoy os quiero hablar del cuerpo. Esto que nos transporta, que nos aguanta y que nos ayuda a llegar a donde queremos ir, eso que es tan importante y que descuidamos tanto. Proyectados en el HACER como estamos, nos cuesta escuchar el cuerpo. Cuando me planteaba la idea de ser madre, algo que tenía claro es que quería transmitir a mis hijos la importancia de saberse escuchar. Sobre todo para no terminar como yo, que durante unos años no hacía mucho caso de lo que el cuerpo me decía y trabajaba por encima de mis posibilidades, iba cansada por encima de mis posibilidades y estar enferma me suponía un auténtico descalabro.

Os cuento todo esto por si os puede ser útil para vosotros y vuestros hijos. Os animo a plantearos, a reflexionar sobre qué relación tenéis con el cuerpo. Preguntaros si lo escucháis cuando os habla, si lo ignoráis, porque más bien estorba lo que os dice o si, simplemente, ni lo sentís. Preguntaros (en relación a vuestro hijo) qué relación tiene con su cuerpo. Si le cuesta parar, si le cuesta estar enfermo, si le cuesta atenderlo y cuidarse como su cuerpo se merece… ¿Qué relación tenéis en casa con la conciencia corporal? Familiarmente, os abrazáis, os dáis masajes? Cuando estáis cansados, seguís hasta reventar o paráis cuando el cuerpo os lo pide? Dormís las horas que el cuerpo os dice que necesitáis o siempre encuentráis algo mejor que HACER?

Las respuestas os pueden sorprender.

Con un bebé, lo primero que podemos hacer para que vaya tomando conciencia del cuerpo que tiene, del espacio que ocupa, de su volumen, etc… es darle masajes. Tantos como quiera! Tantos como disfrutéis! No sólo os ayudarán a la hora de vincularos, haceros más cómplices y amaros con cada caricia un poco más, sino que le ayudarán a saber hasta dónde llega su mano, como son de largas sus piernas… aunque todo sea a nivel inconsciente.

Más adelante, a medida que vaya creciendo y sin olvidar el masaje, con las palabras podremos ir explicando a nuestros hijos lo importante que es relajarnos, aflojar las piernas cuando están demasiado tensas, parar el movimiento, respetar las horas de descanso para que el cuerpo no tenga que enfermar.

Y en caso de enfermedad, explicar que el cuerpo se está haciendo fuerte y que necesita parar, dormir, hacer fiebre o lo que sea, para ir superando lo que le haya tocado vivir. Si podemos permitirnos que durante unos días no vayan a la guardería, al cole, y que puedan detener la actividad, podremos ayudar a que su cuerpo se recupere de verdad y pueda, cuando sea la hora, volver a la actividad.

Puedo decir que con Laia hace años que estamos en esta etapa y que ahora, que tiene cinco años y medio, me gusta ver los frutos de haber introducido la conciencia corporal desde el inicio. Me gusta ver como se conoce el cuerpo y sus necesidades. Como sabe parar y arrancar. Quizás lo más difícil es la parada por la noche, la hora de acostarse y poder ir disminuyendo el nivel de actividad. La tendríais que ver a veces saltando en la cama justo antes de ponerse a dormir… hay días que no acabar la paciencia es casi trabajo imposible. Pero cuando finalmente se ha conseguido tumbar, intento guiarla por una relajación, para que se pueda ir soltando y pueda ir entrando en sueño profundo. Hay días que es más fácil y días que menos, pero en general, creo que el resultado es muy positivo. También lo que explica sobre cómo se siente y cómo se nota el cuerpo cuando está cansada o enferma…

Conciencia corporal acompañada de palabras para ir pudiendo entender qué significan tantas sensaciones…

En el fondo todo es lo mismo: respeto. En este caso, respetarse a uno mismo. A menudo estamos muy dedicados a explicar a nuestros hijos que respeten a los demás, pero también a menudo nos olvidamos de transmitirles la importancia de que se respeten a sí mismos.

Y aquí también entramos nosotros. Los niños son unos grandes imitadores y les será mucho más fácil respetarse si ven que sus padres se respetan entre ellos (por supuesto) y también a sí mismos.

Y os podría poner muchos ejemplos, quizás el más fácil es el de cuando nos ponemos enfermos. Respetamos la necesidad de nuestro cuerpo de descansar y recuperarse o no paramos de trabajar, de hacer, de salir, mientras nos anestesiamos con medicamentos de esos que no hacen gran cosa más que dejarnos seguir haciendo: tapan los síntomas pero no la enfermedad, pero al menos podemos seguir con nuestro día a día intacto… Los hijos ven cómo nos comportamos cuando estamos enfermos, cuando estamos cansados… y quizá lo imitan cuando ellos se sienten igual.

Revisemos nuestro cotidiano familiar en estas situaciones y si es necesario, aprovechemos para hacer algunos cambios. Seguro que nos sentarán muy bien a todos. Y eso, el transmitir a los hijos el respeto hacia el propio cuerpo, hacia uno mismo a todos los niveles, será un gran legado que los dejaréis.

Si yo me respeto, detectaré fácilmente cuando alguien no me respeta y no lo permitiré. Si yo no sé qué es respetarme, es posible que tampoco me dé cuenta cuando alguien abusa de mí y me trata sin respeto.

http://www.aflordepell.cat/

martes, 23 de diciembre de 2014

La vida se renueva y prosigue


© Aina Climent Belart

Un día fuimos jóvenes y fuimos al maestro,
y otro, nos alegramos viendo a nuestros amigos,
pero escucha el final de nuestra historia:
como nube vinimos, como viento nos fuimos. Rumi


En estos últimos meses y por razones ajenas a mi voluntad no he hecho ninguna entrada. En este tiempo he transitado una serie de acontecimientos que me han sobrepasado. En primer lugar, la revista Namaste dio por finalizada su andadura. Agradezco a su editor, Alberto Fraile, la confianza depositada en mí y la posibilidad de compartir mis artículos en esa excepcional plataforma. Tras esta primera pérdida vinieron un grave accidente de mi madre, del que fui testigo y del que le costó recuperarse, la muerte de una mujer cliente mía durante varios años, otro grave accidente de una sobrina y lo más difícil, la muerte sorpresiva de un hermano. Alrededor de esta muerte hubo también circunstancias familiares especiales, encuentros y una serie de rituales de vida y muerte entrelazados. Parece como si la última entrada en mi blog de la Revista Namaste, La noche oscura del alma, haya sido premonitoria.

Como dijo mi maestra zen Berta Meneses, la vida y la muerte de mi hermano son un dharma, una enseñanza. Es sobre todo una enseñanza de aquello que nos daña, nos bloquea y separa de los demás: el aislamiento afectivo y la autosuficiencia emocional, la tenacidad de la soledad. En verdad, las aficiones dejan secuelas, los litigios prolongados destruyen, el resentimiento y el rencor envenenan y el no cultivar los dones seca y desvitaliza. El miedo nos impide vivir, crecer y dar frutos. Es preciso ejercitar el coraje día a día y dar expresión a nuestra creatividad. Confiar en que el Universo nos acompaña y sostiene. Observo el manifiesto paralelismo entre cómo vivimos y cómo morimos. Siendo así, ¿cómo queremos morir? Una vez más, se me revela el poder sanador de los rituales y la necesidad de hacer el duelo, mejor si podemos hacerlo de una manera creativa.

En Viaje a Ixtlan, Carlos Castaneda trasmite las enseñanzas del brujo Don Juan, quien se expresa extensamente sobre la necesidad de tomar la muerte como consejera para vivir una vida plena, sin miedos, timidez ni titubeos. Nos exhorta a que cada uno de nuestros actos sea nuestra última batalla sobre la tierra, llenos de poder y presencia, para dar lo mejor de nosotros. La última batalla sobre la tierra mi hermano la afrontó solo, tal vez como hicieron algunos héroes… Nadie se muere la víspera, a cada cual le llega su momento.

La vida es como la Diosa Kali, fecunda y nutricia, creadora y destructora, devoradora y transformadora. Matriz oscura de donde todo procede y a donde todo regresa. Kali destruye para crear, crea para destruir; es el incesante devenir, la naturaleza como proceso cíclico. Adorar a la diosa Kali es entrar en un proceso de auto transformación. También Clarissa Pinkola Estés nos exonera desde Mujeres que corren con lobos a adquirir un íntimo conocimiento de los ciclos de la Vida/Muerte/Vida presentes en la naturaleza para conectar con nuestro verdadero camino a través de la fuerza del corazón, la intuición y del instinto. En eso consiste ser iniciados.

Attravesiamo. La vida nos atraviesa, se renueva y prosigue. ¿Cómo queremos vivir? Es bueno vivir con conciencia y presencia, con un corazón abierto al amor, con generosidad y entrega, dándole un sentido. Cuidarse, respetarse, tratarse amorosamente, con compasión. A veces nos mal tratamos. Necesitamos confianza en momentos de oscuridad e inspiración para el día a día. Voluntad para ver y darnos cuenta, para tener una percepción de la realidad inocente y experimentarla con frescura, y no desde el filtro deformante de nuestros condicionamientos y el de nuestros antepasados.


© Aina Climent Belart

Somos personitas cada una con sus penitas. La terapia sirve para soltar, aligerar la mochila repleta de penas, condicionamientos y residuos de relaciones que se proyectan una y otra vez sobre la realidad. Es indispensable un trabajo interior para limpiar, vaciarse, soltar. El crisol de la vida se empeña en transformarnos, nos forja y pule con experiencias y acontecimientos sorpresivos. Nos zarandea, zambulle, sumerge, ahoga. Nos impele a crecer y evolucionar a través de adversidades y conflictos cuyo sentido no es otro que despojarnos de las corazas de nuestros egos y dejar expuesta nuestra esencia, sin esperanzas ni expectativas. Desnudos ante la vasta e inconmensurablemente realidad, ante la magnitud de algunos acontecimientos que nos dejan atónitos, sin aliento.

Hay días soleados y días lluviosos. Los hay de suave y refrescante brisa, y días de vendavales y borrasca. Como peces fuera del agua nos revolvemos. ¿Cómo osamos oponernos? Solo queda decir: Insha’Allah, hágase tu voluntad. Algo muere para que algo nuevo nazca. La vida se renueva y prosigue. Finalmente, volvemos a salir a flote y para ello nada mejor que rendirnos a lo que es, aceptar el destino de los seres que amamos, aunque nos parezca extraño e incomprensible.

Los momentos de sufrimiento nos invitan a sentir el dolor que otros seres humanos también están atravesando. Es una oportunidad para ejercitar nuestra capacidad de compasión hacia todos los que continuamos en este viaje. Abrazar el dolor del mundo con el corazón dolorido y abierto, y perdonarse lo que haya que perdonar. El sufrimiento es la resistencia interna hacia como son las cosas, decir no, rechazar lo que experimentamos. El sufrimiento se origina por un rechazo a lo que es, al flujo de la vida y los acontecimientos. Cuando nos rendimos, soltamos y decimos si la vida florece y da frutos. Esta entrada de hecho es la primera que hago en este nuevo blog, fruto de este proceso.

El antídoto, el remedio sanador para tanto dolor es el amor. Despertar por la mañana dando gracias por la oportunidad que representa el nuevo día y con la intención, aún en estos momentos, de entregar la jornada y las decisiones a la voluntad divina, pedir percepciones inocentes para liberarnos de las proyecciones y mantener la paz interior con la práctica de la meditación, más áun en las tormentas y embates de la vida, anclados en cada respiración. Y desde la reconfortante y dulce presencia del aquí y ahora conectar con el manantial de amor que brota desde nuestro interior para dar lo mejor de nosotros mismos.

Cada día, y especialmente ante tales pruebas y advenimientos, hemos de cuidarnos, mimarnos, practicar maitri, la amistad incondicional con uno mismo, atrevernos a arriesgar. En palabras de Walt Whitman, poeta visionario: “No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños. No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase, nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar porque en sueños es libre el hombre”.



En memoria de mi hermano Javier.

Extraido de: ascensionbelart.wordpress.com