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martes, 24 de mayo de 2016

Agamia, más allá del amor

Son muchas las razones por las que merece la pena someter al amor a un juicio serio e inclemente. Sin embargo, la mayoría de ellas necesitan, para ser reconocidas como tales, de cierta cooperación por parte del interlocutor. El amor está protegido por una corteza de dogmas de fe, flexible y resistente, que acaba agotando la moral de prácticamente cualquier proyecto de crítica.

Hay dos argumentos, sin embargo, cuya evidencia no puede pasar por alto forma alguna de sentido común.

El primero es que el amor, paradójicamente, es una caudalosa fuente de desamor. Llámesele odio, conflicto o distancia, el amor parece uno de esos productos raros y valiosos cuya importancia para el mercado normalizara una montaña de deshechos en su elaboración. Si los sopesamos llegaremos a la conclusión de que sólo para un mercado irreflexivo tiene razón de ser responder a esta demanda. Además del odio que regularmente acompaña a la relación misma de amor, debe hacerse balance del daño causado al resto de los lazos sociales. En la nómina de los damnificados habituales del amor aparece prácticamente el conjunto de las relaciones consideradas no amorosas, en tanto que se definen, precisamente, por diferencia con respecto a la pareja. El caso más evidente es el de las relaciones de pareja anteriores, cuya incompatibilidad es de todos sabida. Pero debemos pensar también en las posibles relaciones futuras que quedan descabezadas para no amenazar al amor. Junto con ellas, el resto de las relaciones consideradas no sexuales sufren una limitación que hemos aceptado como naturalísima, pero que resulta aberrante a todas luces si consideramos la distancia en cuanto a intimidad que existe entre la relación de pareja y la que ocupa la posición inmediatamente inferior.

En definitiva: más que relaciones de amor, lo que vivimos son deforestaciones afectivas en torno a una persona a la que consideramos pareja.

Sólo obviando el recuerdo de cada una de las barreras afectivas que hemos creado o encontrado para defender nuestra relación de pareja o para no perjudicar otras, podremos pensar que el amor es una dinámica afectiva cordial.

Pero si resultara insuficiente para someter al amor a reconsideración, dispondríamos aún de un hecho mucho más persuasivo, por ser mucho más inaceptable. El amor, lejos de ofrecerse a las personas de manera indistinta e igualitaria, establece una jerarquía arbitraria pero estricta que convierte a unos cuantos en privilegiados consumidores perpetuos de sus mieles, a muchos en famélicos obsesionados, que deben conformarse con lo mínimo para su subsistencia afectiva, y a demasiados en desterrados completos, apartados del más mínimo contacto con lo que parece unánimemente reconocido como la causa de felicidad más importante que conocemos.

Si miramos con valentía a nuestro alrededor veremos que el amor nos somete a una discriminación de clase transversal a la económica, rodeándonos de unos pocos privilegiados y de un gran número de desgraciados, avergonzados de su fracaso e, incluso, de su sufrimiento.

Que un mecanismo tan universal chirríe de esta manera, y que su chirrido resulte, a pesar de todo, inaudible para una parte mayoritaria de la sociedad, parece el cuadro sintomático de una patología muy concreta y muy conocida: el sistema.

Si el amor no nos funciona y, a pesar de ello, defendemos su prestigio y asumimos con alegría su opresión, es porque alguna otra función debe de estar desempeñando, seguramente mucho más importante.

No dispongo aquí de espacio suficiente para desarrollar mi tesis al respecto, de modo que sólo la indicaré: el amor es la ideología que permite al sistema persuadirnos para realizar el trabajo reproductivo en el tiempo que nos deja libre del trabajo productivo. Esta optimización de nuestra fuerza productiva sería difícilmente alcanzable sin una maquinaria demagógica que nos convenciera sistemáticamente de que lo mejor que todos y cada uno de nosotros podemos hacer con nuestra libertad es construir una familia. Al amor le importa muy poco cumplir con lo que nos promete a nosotros. Su cometido se origina en otro lugar, y lo lleva a cabo con ejemplar eficacia.

Los cambios socioculturales de las últimas décadas han obligado al amor a adaptarse. El ateísmo, el feminismo o la revolución sexual han forzado al amor a flexibilizar su discurso. Hoy es un junco dramáticamente inclinado que, sin embargo, nos sigue conduciendo, sorprendentemente, a la misma vieja raíz reproductiva y socialmente atomizadora.

Es esta raíz la que debe ser eliminada si queremos poner nuestras relaciones al servicio de nuestra felicidad, y no a nosotros al servicio de unas relaciones que, como hemos visto, beben de fuentes muy insanas.

Con este fin nace la agamia.

La agamia es un modelo de relación aparecido el 1 de enero de este año 2014. Su presupuesto principal, aquél que le da nombre, es la renuncia a establecer el “gamos”, o vínculo matrimonial que, en nuestra cultura, recibe un sinnúmero de nombres englobables todos bajo la categoría de “pareja”.

Así, la agamia sería el libre crecimiento del conjunto de las relaciones sociales del individuo, una vez que éstas no son coartadas por la relación de pareja. La agamia entiende la vida socio-afectiva del individuo como un entramado que va creciendo e intensificándose a lo largo de su existencia, estableciendo lazos cada vez más ricos y sólidos con el entorno.

Factor clave constituyen las relaciones sexuales, que son para las parejas “gámicas” el sacramento fundacional. La pareja queda establecida por la relación sexual misma. Tras ella podrá empezar a utilizarse el lenguaje del amor. Tras ella se habrá firmado un contrato consuetudinario que cualquiera de los miembros de la pareja podrá reivindicar en su camino hacia la formación de una familia. Vivimos el sexo como un símbolo del plan familiar o de cualquiera de sus sublimaciones contemporáneas.

La agamia libera al sexo de esta función sagrada y lo devuelve al uso cotidiano, reintegrado con el resto de las actividades y diversificado libremente según el criterio personal. Lejos de trivializar el sexo, la agamia trascendentaliza las relaciones, cuya importancia no depende ya de su componente sexual. El amor sexualizaba nuestras relaciones, confundiendo y frustrando con ello nuestra vida afectiva y sexual. Para la agamia “relacionarse es relacionarse”, es decir, no un sinónimo de sexo.

Pero en una cultura cuyo ámbito privado está dominado sin resquicios por la ideología del amor, un modelo alternativo de relaciones se enfrenta con una importante cantidad de aparentes paradojas cuya resolución le conviene manejar con soltura.

A este fin se especifican para la agamia ocho presupuestos ideológicos, que son también líneas de reflexión, desarrollo y experimentación, y que pueden enunciarse así:

-Renuncia al amor.

La agamia entiende el amor como un subsistema ideológico que sirve a los intereses patriarcales y de clase. Tras su promesa de felicidad, espera la esclavitud psíquica y social.

-Reivindicación de la razón.

El dogma transversal utilizado en toda democracia que se desea convertir en sociedad de la desinformación es la sustitución de la razón consciente por la intuición, que acaba siendo pura voluntad sensual. Recuperar la razón es recuperar la libertad. La agamia devuelve el corazón a la caja torácica y pone al cerebro al volante.

-Reivindicación de las relaciones éticas.

“En el amor como en la guerra” no debería ser un aforismo que nos liberara de responsabilidad, sino el que nos abriera los ojos sobre la depravación moral del amor. Desde el momento en que el amor empieza a asumir responsabilidades al nivel de cualquier otra forma de relación social, deja de ser amor.

-Abolición del género.

Aunque sea un concepto profundamente desprestigiado, poco importa si mujeres y hombres presentamos diferencias sustanciales. Lo único que verdaderamente nos concierne es que las diferencias, sustanciales o no hoy, deben dejar de serlo. El género o el sexo son categorías tan triviales que dan absolutamente igual.

-Sustitución de la sexualidad por el erotismo.

La sexualidad es esclava de la reproducción, de la expresión de afecto, de la fusión espiritual y, sobre todo, de la objetualización posesiva. Soltemos todo este lastre y, si algo queda, veamos en qué consiste.

-Sustitución de los celos por la indignación.

Los celos son la cárcel del amor. Sin encontrar escapatoria, cualquier paso es imposible. Sobreponerse por la fuerza es algo que sólo puede lograrse en situaciones de privilegio. Sólo entendiendo cuándo nuestra indignación es justa y cuándo es injusta, podremos transformar una emoción ineficaz en una importante herramienta de socialización.

-Redefinición de la belleza según criterios libres y justos.

No es cierto que los criterios de belleza sean imposiciones naturales, como no es cierto que el oro sea más hermoso que el cobre. Determinamos nuestro gusto según funcionalidades que manejamos de modo consciente o inconsciente. Si nos hacemos cargo de ella, veremos como algo hermoso lo que es bueno, precisamente porque es bueno.

-Sustitución de la familia por la agrupación libre.

El más mezquino de los argumentos a favor del amor es que no hay otro medio que la pareja tradicional para lograr compañías estables y pactos de crianza. Las figuras “madre” y “padre” son arbitrarias y generalizables bajo la categoría de “tutor” o “tutores”, y éstos pueden ser quienes quiera que se comprometan a satisfacer las necesidades de los hijos. En cuanto a la compañía, de cara al final de la vida, hay que recordar que al menos uno de cada dos monógamos muere viudo y solo.



La agamia no es una utopía: ante todo es una declaración ideológica. Ser ágam@ no implica ejercer de ágam@, porque el trato con otr@s y con nuestro propio contexto establecerá límites. Pero la comprensión de esos límites, así como la extensión del consenso alrededor de los principios de la agamia, hará accesible su superación. A diferencia de la adhesión a una ideología política utópica, la agamia no se vive a la espera de una gran transformación, sino construyendo cotidianamente esa transformación en torno nuestro.

Ser ágam@ es ir desarrollando las ideas, herramientas y relaciones que acercan la vida a una vida ágama. Es entender que la eliminación de los lazos amorosos nos permite construir otros más coherentes, integradores y estables; que era precisamente dentro del amor, y no fuera de él, donde estábamos solos.

sábado, 21 de mayo de 2016

Daniel Ahmed: “El islam queer, es un islam de lucha, de disidencia frente a los discursos LGBTQI+fóbicos propios de las lecturas más misóginas y patriarcales del islam”

Daniel Ahmed es licenciado en periodismo, educador social y activista en el ámbito de la islamofobia y la diversidad sexual y de género en el islam. Actualmente, se encuentra realizando una investigación doctoral sobre activismo queer musulmán en la Europa Contemporánea en la UAM (Universidad Autónoma de Madrid). Asimismo, forma parte de la red Nasij. Lo conocimos en la XI Jornadas de Estrategias Positivas de Desarrollo “Resistencias al Modelo Dominante desde la Diversidad Sexual y de Género” organizadas por el Ayuntamiento de Bilbao y la Agencia Vasca de Cooperación. 



Fotografía realizada por Beatriz Plaza, colaboradora de Pueblos, durante la entrevista.

Nasiji surge a través de la necesidad de cruzar la diversidad sexual y de género y la religiosidad/espiritualidad. ¿Cómo surgió esa necesidad? ¿Cómo es el proceso en la toma de conciencia individual para convertirlo en un deseo colectivo?

La necesidad de una iniciativa como Nasij está vinculada directamente a la propia existencia de personas musulmanas pertenecientes al colectivo LGTBIQ+ii. Parece que cuando hablamos de diversidad sexual y de género y espiritualidad hacemos referencia a categorías diferenciadas. Nasij es un punto de encuentro para las personas en las que se cruzan estos dos ejes: la espiritualidad (musulmana en este caso) y una orientación sexual o identidad de género no normativa.

El paso de la necesidad individual a la formación de una iniciativa colectiva nace de la urgencia de hacer frente a las dificultades específicas a las que nos enfrentamos las personas musulmanas queer. En primer lugar, una clara hostilidad hacia todo lo que tenga que ver con el islam. En segundo lugar, una tendencia secularista, más o menos beligerante, dentro de los movimientos sociales (especialmente dentro de los colectivos LGBTIQ+) que en muchas ocasiones acaba plasmándose en una actitud profundamente teofóbica. Por último, también encontramos dentro de las propias comunidades musulmanas un cierto rechazo a hablar sobre diversidad sexual y de género.

¿Quiénes formáis parte o participáis en este proyecto?

Tal y como lo entendemos desde Nasij, lo importante no es tanto el tener una identidad religiosa, orientación sexual o identidad de género específica, sino el entender más bien que estas identidades, estos ejes, son compatibles. Dentro del colectivo Nasij hay personas musulmanas y queer y personas que no lo son. Lo importante es que todas estamos interesadas en desarticular los prejuicios y los estereotipos que hay en relación al islam, con el objetivo de dar una visión mucho mas inclusiva de dicha tradición espiritual. Somos personas conscientes de que la imagen que se transmite desde los medios de comunicación no se ajusta a la visión que las personas musulmanas (o las personas que han tenido un contacto estrecho con el islam) tenemos de nuestra propia tradición espiritual.

Las jornadas en las que has participado en Bilbao tratan de reflexionar sobre la diversidad sexual y de género en las políticas de cooperación al desarrollo. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Yo creo que habría que empezar por redefinir qué entendemos por desarrollo. Tal y como se entiende desde Nasij, no puede haber desarrollo sin diversidad. El desarrollo que no tiene en cuenta que las personas somos ampliamente diversas, ya sea en lo relativo a nuestra orientación sexual o identidad de genero, a las lenguas que hablamos, a nuestras pautas culturales o a las creencias que tenemos, no puede llamarse desarrollo.


Fotografía realizada por Beatriz Plaza, colaboradora de Pueblos, durante la entrevista.

Reivindicáis la superación de interpretaciones retrogradas y conservadoras de El Corán, realizadas en su mayoría por hombres desde una perspectiva misógina y patriarcal. ¿Cuál es vuestra interpretación?

Desde Nasij, desde el propio movimiento musulmán queer, así como desde otros movimientos afines como el feminismo islámico, creemos que de lo que se trata es precisamente de reinterpretar los textos o, mejor dicho, interpretarlos por primera vez ya que, hasta el momento, las únicas interpretaciones que nos han llegado han sido realizadas por hombres pertenecientes a una época y cultura muy específica. Por ello, podemos hablar de la primera interpretación realizada por sujetos invisibilizados hasta el momento: mujeres y personas diversas a nivel de identidad de género u orientación sexual. Este ejercicio de interpretación no sólo se ciñe a El Corán, también se analizan los hádices (los dichos y hechos del profeta), o la jurisprudencia clásica desarrollada durante la Edad Media.

De dicho análisis concluimos, de manera inequívoca, que no existe ningún versículo en El Corán que condene explícitamente la homosexualidad. La condena de las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo en el islam (así como en el judaísmo y el cristianismo) surge de una interpretación tendenciosa y sesgada de la historia de Sodoma y Gomorra. Cuando analizamos dicha historia desde una perspectiva mas amplia, comparándola con los textos de otras religiones, atendiendo a los hechos históricos y las investigaciones que han sido registradas sobre la historia y su autenticidad, nos damos cuenta de que las interpretaciones ortodoxas se han centrado en los aspectos relacionados con la sexualidad, confundiendo la violación con una orientación sexual ligada a una identidad y basada en el consenso y respeto mutuo como es la homosexualidad. La homosexualidad no está condenada en El Corán.

A pesar de ello, desde “occidente” se utilizan algunas lecturas sobre El Corán para construir discursos islamófobos…

Se utilizan porque la jurisprudencia clásica sí que interpretó que lo que se penalizaba eran las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo y, en base a ello, se elaboró un código punitivo contra dichas prácticas. Cuando desde ese “occidente” se oyen voces que afirman que el islam es homofóbico por naturaleza, lo que se está asumiendo son los mismos argumentos conservadores, misóginos y patriarcales propios de las interpretaciones clásicas medievales.

Tú tomas como referencia el período de la Edad Media, no obstante, en la actualidad desde “occidente” se siguen utilizando argumentos islamófobos para justificar ciertas actitudes y prácticas homofóbicas….

Es cierto que nos encontramos en un momento en el que las legislaciones de algunos de los países de mayoría musulmana criminalizan de forma tácita este tipo de relaciones, pero también habría que tener en cuenta cuál ha sido el papel de la herencia colonial en dicha legislación. Es interesante observar como, si bien no podemos negar una criminalización de determinadas prácticas homosexuales en la jurisprudencia clásica, la vivencia de dichas prácticas era, de alguna manera, mucho más laxa, estaba tolerada siempre y cuando no se realizara en el espacio publico. Existe toda una literatura homoerótica procedente de la época clásica de la civilización arabo islámica que sustenta dicha idea. La llegada de la colonización no sólo llevó toda la imposición de un sistema económico y político, sino también cultural. Las leyes de condena de la homosexualidad de una Europa sumida en una rígida moral victoriana fueron también exportadas e implementadas.


Fotografía realizada por Beatriz Plaza, colaboradora de Pueblos, durante la entrevista.

Indicas que existen ciertos países de mayoría musulmana que penalizan las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo, pero hay otros países con otras mayorías religiosas que también las penalizan.

Según datos de ILGA (Asociación internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans e Intersexuales), en la actualidad hay 75 países que criminalizan las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo, no la orientación sexual o la identidad de género. De esos 75, hay 26 países que son de mayoría musulmana. 8 de ellos contemplan la pena de muerte aunque es sólo es implementada en excepcionales circunstancias en 5 de ellos (Arabia Saudí, Irán, Sudan, Yemen y Mauritania). El resto de países, 49 en total, son países de mayoría cristiana, hinduista, budista o bahai y, a excepción de Rusia, raramente son mencionados. En este sentido sería interesante plantear algunas cuestiones: ¿es el islam la categoría definitoria detrás de estas leyes? ¿la población musulmana de esos países comulga con dichas leyes?¿es el islam el que criminaliza dichas prácticas o determinadas leyes, dictaminadas por determinados gobiernos amparándose en determinadas tradiciones espirituales o religiosas?¿esta situación de hostilidad vs la homosexualidad siempre ha sido así o ha evolucionado a lo largo de la historia?

La “crisis” de la población refugiada que está llegando al Este de Europa está alimentando discursos islamófobos y el auge de partidos de ultraderecha. Estos discursos suelen instrumentalizar los derechos de las personas LGBTIQ+ para criminalizar a las personas musulmanas, a través de estrategias como el homonacionalismo o el pinkwhasing. ¿En qué consisten dichas estrategias?

Estamos asistiendo a una hostilidad creciente hacia todo lo que tenga que ver con el islam y las formas en las que se está plasmando esta hostilidad tienen una clara orientación hacia el género, entendido éste de una manera mucho más amplia, incluyendo a todas aquellas personas que no se ajustan al binarismo hombre-mujer heteronormativo..

El término pinkwashing se utiliza normalmente para referirse al lavado de imagen del Estado de Israel en relación a la violación sistemática de los Derechos Humanos de la población palestina. En este caso, el estado de Israel se proyecta como un territorio gay friendly, de manera que el colectivo LGBTIQ+ pueda identificarse con el estado de Israel y acabar apoyando determinadas políticas islamófobas. En este sentido, no sólo se obvia que dicho “paraíso” es reservado sólo a determinadas personas atendiendo a criterios racistas, xenófobos y excluyentes (en función de la clase, la etnia o la pertenencia nacional), sino también la opresión ejercida por dichas políticas sobre la población LGBTIQ+ palestina.

El homonacionalismo hace referencia a las políticas feministas y pro derechos de las personas LGBTIQ+ que son instrumentalizadas desde posiciones conservadoras para apoyar posturas (y políticas) racistas, xenófobas y nacionalistas. La publicación de “guías de conducta” para refugiados como la puesta en marcha por el Ministerio del Interior de Austria este mismo año, son un claro ejemplo de dicha estrategia. En ella, no sólo se presupone una superioridad nacional respecto a las personas refugiadas percibidas y representadas como ignorantes, intolerantes, incívicas y LGBTIQ+ fóbicas, sino que reduce a estas personas a un par de ejes (“musulmaneidad” y heterosexualidad) obviando que algunas de ellas también pueden ser no musulmanas y/o pertenecientes al colectivo LGBTIQ+.

Además, estos discursos obvian que en Europa también ha habido población musulmana a lo largo de la historia.

Dicho discurso parte de la presunción de una identidad europea de origen greco-judío-cristiano donde el islam (entendido como una alteridad oriental y exógena) no tiene cabida. Más allá de las evidencias históricas que ponen en duda tales presunciones, dicha idea obvia que gran parte de la población musulmana residente en Europa en la actualidad está formada por ciudadanos europeos por derecho: descendientes de personas musulmanas migradas, personas musulmanas migrantes nacionalizadas, ciudadanos y ciudadanas europeos convertidos al islam y sus descendientes, musulmanes de los Balcanes, Ceuta y Melilla…

¿Qué papel juegan los medios de comunicación de masas en la legitimación del Islam como LGTBIQ+fóbico?

El tema de los medios de comunicación es un tema complicado y ante el cual caben dos posturas: o nos callamos y no entramos en su juego o nos valemos de ellos para transmitir una información más fidedigna. En el primero de los casos, si guardamos silencio, lo que hacemos es darles espacio para que sean ellos los que construyan nuestra propia imagen. En el segundo de los casos, corremos el riesgo de ver cómo se tergiversan los discursos, las apariciones y las entrevistas.

Desde Nasij somos muy conscientes y críticas sobre el papel que juegan los medios en la transmisión del discurso islamófobo (y de otros muchos discursos) pero no tenemos ninguna línea de actuación específica que vaya en esta dirección más allá de promover públicamente una visión de un islam inclusivo y queer. Es interesante constatar que este tipo de visiones no interesan y los medios nunca se hacen eco de ellas. Vende mucho más una imagen de un islam violento y de muerte.

Para finalizar me gustaría preguntarte sobre el cómo: entiendo que Nasij es un movimiento nuevo pero con intención de formar parte de una red transnacional queer musulmán. ¿Qué aportaciones hace el islam queer? ¿Qué pretende transformar?

Desde Nasij entendemos el concepto queer como un término paraguas que va más allá de las siglas LGTBIQ+, ya que incluye a personas que igual no se identifican con tales siglas, pero sí con nuestra lucha. Lo queer hace referencia a lo disidente, lo que se sale de la normatividad. Es como un juego de palabras. Cuando añadimos la idea de lo queer al islam, lo que queremos resaltar es que hablamos de un islam de lucha, de disidencia frente a los discursos LGBTQI+fóbicos propios de las lecturas más misóginas y patriarcales del islam, como a los discursos hegemónicos europeos en torno al secularismo, la islamofobia y la diversidad sexual y de género.


i Nasij: https://www.facebook.com/Nasij-1487428971539744/


ii LGTBIQ+ son las siglas que designan a los colectivos; lésbico, gay, transexual, bisexual, intersexual, queer, incluyendo a través del + cualquier otra identidad que se quede en el medio de todas ellas.

Por: Eneko Calle García es colaborador de Paz con Dignidad y de Pueblos – Revista de Información y Debate.

martes, 5 de enero de 2016

En la muerte del hombre bailaremos todas

A la noche, por oscura, se la asocia al secreto y al peligro, ambas formas en las que aparece lo desconocido, lo que no tiene sentido. ayer en la noche me aterrorice cuando reconocí que mi cuerpo era jalado no solo hacia abajo, sino también hacia adelante. reconocí el cuidado que mi cuerpo ponía en permanecer estable y no rodar hacia adelante, como si se tratase de un precipicio hacia otro tipo de fondo. estaba caminando cerca del mar y sentí que me encontraba en el límite del mundo conocido, del mundo seguro. mi cuerpo empezaba a someterse a otras leyes. algo entre la luna y el mar me establecía en una vulnerabilidad inusitada que me aterrorizaba al mismo tiempo que me hacía sonreír. 

*

¿por qué no se nos enseña a estar cómodas dentro de la incertidumbre? por siglos, la verdad, en tanto producto final de toda reflexión que se precie de rigurosa, ha entronizado un paradigma que desprecia cualquier forma de conocer que no se formule bajo los códigos convencionales de la verdad. hallar las palabras adecuadas siempre es también un formular la certeza propia bajo el género discursivo de la verdad. para que nadie ponga en duda la autenticidad de mi hallazgo, debo hablar como si fuese un referente autorizado. decir de otro modo puede llevarme a ser leída como, en el mejor de los casos, alguien que tiene dificultades para expresarse. en el peor, alguien que no desarrolla una interpretación normal de la realidad.

*

hoy es el día internacional de la mujer trabajadora y es el primer año en el que he de celebrarlo como mujer. estoy harta de que me digan que soy “gay”. no soy gay por una serie de razones que considero verdaderas para mí.

no soy gay porque no soy hombre. el aparato médico-legal y sus tecnologías del género son herramientas de la colonización occidental que busca clasificar a los cuerpos de acuerdo al binario patriarcal Hombre-Mujer. la fuerza de este aparato se basa en una verdad que, no obstante, nunca cae en territorios históricamente vacíos. otras verdades, si bien aplastadas y extirpadas con el fin de prolongar el poder económico y cultural de los dominantes, son portadas en el cuerpo y tarde o temprano se manifiestan. la femineidad del espíritu se encuentra resistiendo y busca manifestarse en actos y gestos que el patriarcado occidental de la supremacía blanca califica como débiles, triviales y estúpidos. ser femenina es ser vulnerable en una cultura en donde la vulnerabilidad es una discapacidad.

*

para hablar con la verdad hay que hablar como hombre

para construir conocimiento hay que hablar como hombre

para hacer bien las cosas hay que hacerlas como lo hacen los hombres

*

estoy de acuerdo con algunos hallazgos del feminismo occidental expresados por Judith Butler. estos hallazgos describen al género como un ritual que se ejecuta a través de la repetición cotidiana de gestos y actos que nos vuelven inteligibles como Hombres o como Mujeres. de acuerdo a esta teoría, las personas existen tratando de encarnar un personaje arquetípico. este personaje nunca se presenta como lo que es, una ficción, sino como una verdad. la verdad del patriarcado (su ficción más poderosa) es el género. este sistema, al excluir la incertidumbre y buscar determinar la verdad absoluta de los cuerpos, genera sociedades marcadas por la ansiedad crónica y la paranoia permanente. los cuerpos que “fallan” en la realización apropiada del ritual son marcados como anormales y/o enfermos. en ciertos momentos de la historia, fueron exterminados desde la legalidad y en la actualidad continúan siendo perseguidos y violentados. esto es lo que en el lenguaje activista se denomina homofobia.

considero que estoy de acuerdo con algunos de los hallazgos de Butler porque percibo que, en tanto importación occidental, el género binario sí se reproduce mediante el ritual de la repetición ansiosa. Este procedimiento mediante el cual los cuerpos se hacen sujetos también se lleva a cabo con respecto a las demás ficciones impuestas por la colonización: la raza, la clase y demás dimensiones identitarias que fundan el proyecto moderno eurocentrado. Sin embargo, afirmar que todas las expresiones del género se “performan" del mismo modo que se performan la raza y la clase prolonga un valor que también ha sido impuesto por la academia occidental: su carácter ficcional, construido, performado. Es decir, la vaca sagrada del feminismo occidental.

(aquí no me explayaré en la problematización de en dónde empieza y en dónde termina la ficcionalidad de la raza). El que la manera en que nos convertimos en seres de género, en los territorios colonizados por Occidente, sea a través de lo que Butler denominó “performance” se debe a la inculcación traumatizante de su carácter ficcionalmente binario en función a la categorización sexodiferenciada de los cuerpos. la fetichización de esta categorización no puede ser universal. La prolongación colonial de la ritualidad butleriana del género no equivale a que todas las formas de vivir el género en el mundo sean producto de la construcción social. si bien muchos feminismos han luchado en contra de la esencialización patriarcal de la biología femenina, esta operación ha establecido un tabú con respecto a la materialidad del cuerpo como fundamento de la vida. afirmar que el cuerpo determina la vida podría ser entonces leído como una herejía en algunos espacios de discusión feminista. aquí quiero reafirmar no solo la materialidad sagrada del cuerpo, sino la del espíritu. cuando digo que no soy gay porque no soy hombre no estoy diciendo que mi genitalidad no sea la que el sistema médico-legal califica como masculina. no se trata de que no tenga pene o de que tenga vulva, se trata de que mi espíritu femenino ha resistido a la socialización patriarcal y hoy habita alegre y rebelde en cada parte de mi cuerpo.

Cuando Butler afirma que el género no solo es performado, sino que es performativo, anuncia lo que referí al inicio de este texto: el poder de la verdad como género discursivo, un poder que yace sobre todo en su formalización. llegar a un mundo de Hombres y Mujeres determina la larga y penosa tarea a la que nos sometemos diariamente por encarnar esa verdad a toda costa. el género determina la vida en la medida en que es binario. pero esto no termina aquí. la gramática impuesta por la ideología de género dominante sobre la sexualidad también ha generado toda una categorización de las prácticas eróticas en función al binario fundamental del patriarcado. Cada sigla del paraguas LGTB no puede ser sino una reafirmación del ritual paranoico. En este sentido, “soy gay” es una afirmación esencialmente patriarcal y colonial; salir del clóset, la materialización en la carne y el habla de la identidad impostada.

En plena feminización del mundo, en plena aniquilación sistemática de las mujeres en el mundo, se hace indispensable reivindicar esta fuerza y hacerla visible ante la mirada pública. femeninas de aquí y allá, cada día estamos en la guerra. pronto el Hombre va a morir.

Max Lira en https://feministas.lamula.pe

domingo, 27 de diciembre de 2015

Nihilismo de género: Un contramanifiesto

Nihilismo de género: un anti-manifiesto

Introducción



Nos encontramos en un impasse. Las posturas actuales de la liberación transgénero han centrado sus reinvindicaciones en una concepción redentora del género. Ya sea mediante un doctor o mediante el diagnóstico de un psicólogo, o por una afirmación personal en la forma de una declaración social, nos hemos creído que hay cierta verdad interna hacia el género que debemos intuir.

Una colección infinita de proyectos políticos positivos han señalado el camino que ahora mismo transitamos; una cantidad infinita de pronombres, banderas y etiquetas. El movimiento actual dentro de la política trans ha buscado hacer más amplias las categorías del género, con la esperanza de poder aliviar el daño que hacen. Esto es, cuanto menos, ingenuo.

Judith Butler habla del género como “el aparato mediante el cual tienen lugar la producción y la normalización de lo masculino y lo femenino, junto con las formas intersticiales hormonal, cromosómica, psíquica y performativa que el género asume.” Si las posturas actuales de liberación de nuestres hermanes y camaradas trans tienen su raíz en intentar expandir las dimensiones sociales creadas por este aparato, nuestra obra es la exigencia de ver este aparato hecho cenizas.

Somos radicales que se han hartado de tantos intentos de salvar el género. No nos creemos que pueda funcionar para nosotres. Miramos a la transmisoginia a la que nos hemos enfrentado, la violencia generificada que nuestres camaradas, tanto trans como cis, han experimentado; y nos damos cuenta de que el aparato en sí mismo hace esa violencia inevitable. Hemos tenido suficiente.

No queremos crear un sistema mejor, porque no nos interesan para nada posturas positivas. Todo lo que pedimos en el presente es un ataque sin cese al género y los modos de significado social e inteligibilidad que crea.
En el núcleo de este nihilismo de género residen varios principios que serán explorados en detalle: el antihumanismo como fundamento y piedra angular, la abolición del género como una exigencia, y la negatividad radical como método.

Antihumanismo



El antihumanismo es una piedra angular que mantiene el análisis nihilista de género unido. Es el punto desde el cual empezamos a comprender nuestra situación actual; es crucial. Al decir antihumanismo, queremos dar a entender un rechazo del esencialismo. No hay un humano esencial. No hay naturaleza humana. No hay un yo transcendente. Ser un sujeto no es compartir un estado metafísico de la existencia (ontología) con otros sujetos.

El yo, el sujeto es un producto del poder. El “yo” en “yo soy un hombre” o “yo soy una mujer” no es un “yo” que trascienda esas declaraciones. Esas declaraciones no revelan una verdad sobre el “yo”, sino que constituyen el “yo”. Hombre y Mujer no existen como etiquetas para ciertas categorías metafísicas o esenciales de la existencia, son más bien símbolos discursivos, sociales y lingüísticos históricamente contingentes. Evolucionan y cambian con el tiempo; sus implicaciones siempre han estado determinadas por el poder.

Quien somos, en el mismo núcleo de nuestro ser, quizás no se encuentre en absoluto en la realidad categórica del ser. El yo es una convergencia de poder y discursos. Cualquier palabra que usas para definirte, cualquier categoría identitaria en la que te encuentras, es el resultado de un desarrollo histórico de poder. El género, la raza, la sexualidad, y toda otra categoría normativa no hacen referencia a una verdad sobre el cuerpo del sujeto o el alma del sujeto. No hay un yo estático, un “yo” consistente”, no hay un sujeto que trascienda la historia. Solo podemos referirnos a un yo con el lenguaje que se nos da, y ese lenguaje ha fluctuado radicalmente a lo largo de la historia, y continúa fluctuando hoy en día.

No somos nada sino la convergencia de muchos discursos distintos y lenguajes que están fuera de nuestro control, y aun así experimentamos la sensación de voluntad. Navegamos estos discursos, a veces subvirtiéndolos, siempre sobreviviendo. La habilidad de navegar no indica un yo metafísico que actúe sobre una sensación de voluntad, solo indica que hay una amplitud simbólica y discursiva rodeando nuestra constitución.

Por ello entendemos el género a través de estos términos. Vemos el género como una recopilación de discursos encarnados en la medicina, la psiquiatría, las ciencias sociales, la religión y nuestras interacciones diarias con los demás. No vemos el género como una característica de nuestros “auténticos seres”, sino como una órden de significado e inteligibilidad en la que operamos. No miramos al género como algo que se pueda decir que es poseído por un yo estable. Por el contrario, decimos que el género se hace y es participado, y que este hacer es un acto creativo mediante el cual se construye el yo y se le dan significancia y significado sociales.

Nuestro radicalismo no puede parar aquí, debemos más allá citar las pruebas históricas que evidencian que el género opera de esta manera. El trabajo de muchas feministas descoloniales ha sido muy influencial en demostrar las maneras en las que las categorías occidentales del género fueron violentamente forzadas en las comunidades indígenas, y cómo esto requirió un cambio lingüístico y discursivo completo. El colonialismo produjo nuevas categorías de género, y con ellas nuevos métodos violentos con los que reforzar una serie de normas de género. Los aspectos visuales y culturales de la masculinidad y la feminidad han cambiado con los siglos. No hay un género estático.

Hay un componente práctico a esto. La cuestión de humanismo contra antihumanismo es la cuestión sobre la que se basará el debate entre el feminismo liberal y el abolicionismo nihilista del género.

La feminista liberal dice “yo soy una mujer” y con ello quiere decir que son espiritualmente, ontológicamente, metafísicamente, genéticamente, o de cualquier otro modo “esencialmente” una mujer. La nihilista de género dice “yo soy una mujer” y quiere dar a entender que está localizada en cierta posición dentro de un matriz de poder que les constituye como tal.

La feminista liberal no es consciente de las maneras en las que el poder crea el género, y por tanto se aferra al género como una manera de legitimarse ante los ojos del poder. Intentan utilizar distintos sistemas del conocimiento (ciencias genéticas, postulados metafísicos sobre el alma, ontología kantiana) para intentar probar al poder que pueden operar dentro de él. La nihilista de género, la abolicionista de género, observa el sistema del género en sí mismo y ve violencia en su núcleo. Decimos no a un acercamiento positivo al género. Queremos que desaparezca. Sabemos que apelar a las formulaciones actuales del poder siempre es una trampa liberal. Nos negamos a legitimarnos.

Es necesario que esto sea entendido. El antihumanismo no niega la experiencia vivida de nuestres hermanes trans que han tenido una experiencia de género desde una edad temprana. Simplemente reconocemos que dicha experiencia siempre estuvo determinada por los términos del poder. Miramos a nuestras propias experiencias infantiles. Vemos que incluso en la declaración transgresiva “Somos mujeres” en la que negamos la categoría que el poder nos ha impuesto, hablamos en el lenguaje del género. Hacemos referencia a la idea de “mujer”, que no existe como una verdad estable, pero referencia el discurso que la constituye.

Entonces afirmamos que no hay un yo verdadero que pueda ser encontrado antes del discurso, antes del encuentro con los demás, antes de la mediación de lo simbólico. Somos productos del poder, ¿así que qué hacemos?

Por tanto, terminamos nuestra exploración del antihumanismo volviendo a las palabras de Butler.


“Mi agencia no consiste en negar la condición de tal constitución. Si tengo alguna agencia es la que se deriva del hecho de que soy constituida por un mundo social que nunca escogí. Que mi agencia esté repleta de paradojas no significa que sea imposible. Significa sólo que la paradoja es la condición de su posibilidad.”

Abolición del género



Si aceptamos que el género no se encuentra dentro de nosotros como una verdad transcendental, sino que existe fuera de nosotros en la dimensión del discurso, ¿a qué debemos aspirar? Decir que el género es discursivo es decir que el género ocurre no como una verdad metafísica dentro del sujeto, sino que ocurre como una vía por la cual mediar en la interacción social. El género es un marco, una subcategoría del lenguaje, y una serie de símbolos y signos, comunicados entre nosotros, construyéndonos y siendo reconstruidos por nosotros constantemente.

Entonces, el aparato del género opera cíclicamente: mientras somos constituidos por él, también nuestras acciones diarias, rituales, normas y actuaciones lo reconstituyen. Es darse cuenta de esto lo que permite que se manifieste un movimiento en contra del ciclo. Dicho movimiento debe comprender la naturaleza persuasiva y penetrante del aparato. La normalización tiene una manera insidiosa de naturalizar, tomar en cuenta y subsumir la resistencia.

En este punto se vuelve tentador utilizar ciertas posturas liberales de la expansión. Un número enorme de teorizadores y activistas han declarado que la experiencia transgénero puede suponer una amenaza al proceso de normalización que es el género. Hemos escuchado la sugerencia de que la identidad no-binaria, la identidad trans y la identidad queer quizá pudieran crear una subversión del género. Esto no puede ser el caso.

Declarando nuestra posesión de las etiquetas de identidades no-binarias, nos encontramos siempre atrapados de vuelta en la dimensión del género. Tomar una identidad en rechazo del sistema binario es aceptar el binario como punto de referencia. Las reglas ya toman en cuenta el disentimiento; plantan las estructuras y lenguajes mediante los cuales el disentimiento se puede expresar. Nuestro disentimiento verbal no es lo único que actúa dentro del lenguaje del género, también las acciones que tomamos para subvertirlo a la hora de vestir y amar son solo subversivas por su referencia a la norma.

Si una postura de identidad no-binaria tampoco puede liberarnos, también es cierto que las posturas queer o trans no nos brindan esperanza. Ambas caen en la misma trampa de referenciar la norma intentando “hacer” el género de otra manera. La misma base de esas posturas está cimentada en la lógica de la identidad, que es en sí un producto de los discursos modernos y contemporáneos del poder. Como ya hemos mostrado en profundidad, no puede haber una identidad estable a la que hacer referencia. Cualquier apelación a una identidad revolucionaria o emancipatoria solo es una apelación a ciertos discursos. En este caso, el discurso es el género.

Esto no quiere decir que aquellos que se identifican como trans, queer o no-binarios tienen la culpa del género (o de hacer género). Este es el error de la perspectiva de las feministas radicales tradicionales. Repudiamos estos postulados, ya que simplemente atacan a aquellas personas a las que más les daña el género. Incluso si la desviación de la norma siempre es tenida en cuenta y neutralizada, sigue siendo castigada. El cuerpo queer, el cuerpo trans, el cuerpo no-binario es todavía campo de violencia masiva. Nuestres hermanes y camaradas siguen siendo asesinades a nuestro alrededor, viviendo en pobreza, siguen viviendo en las sombras. No les denunciamos, porque sería denunciarnos a nosotres mismes. En vez de ello, pedimos una discusión honesta de los límites de nuestras posturas y exigimos un nuevo camino hacia delante.

Con esta actitud al frente, no son meramente ciertas formulaciones de la identidad de género lo que deseamos combatir, sino la necesidad de una identidad en sí misma. Nuestro postulado es que la lista sin fin de pronombres, la cantidad cada vez mayor de etiquetas para distintas expresiones de género y sexualidad, e incluso el intento de construir nuevas categorías identitarias simplemente no vale la pena.

Si hemos mostrado que esta identidad no es una verdad, sino una construcción social y discursiva, entonces podemos darnos cuenta de que la creación de estas nuevas identidades no es el descubrimiento súbito de una experiencia anteriormente desconocida, sino la creación de nuevos términos sobre los que poder ser constituidos. Lo único que hacemos al expandir las categorías de género es crear canales todavía más complejos para que opere en ellos el poder. No nos liberamos, nos atrapamos en incontables y todavía más complejas y poderosas normas. Cada una, una nueva cadena.

Y entonces llegamos a la necesidad de la abolición del género. Si todos nuestros intentos de proyectos positivos de expansión se han caído cortos y solo nos han atrapado con nuevas trampas, debe haber otras medidas. Que la expansión del género haya fallado no implica que la contracción sirva nuestros propósitos. Ese impulso sería reaccionario y debe liquidarse.

La feminista radical reaccionaria ve la abolición del género como tal contracción. Para ellas, debemos abolir el género para que el sexo (características físicas del cuerpo) pueda ser la base estable y material sobre la que agruparnos. Rechazamos esto de todo corazón. El sexo en sí mismo está cimentado en agrupaciones discursivas, dadas autoridad por la medicina, y violentamente impuestas en los cuerpos de individuos intersex. Nos negamos a esta violencia.

No, una vuelta a una comprensión más simple del género (incluso si supuestamente fuera una concepción material) no servirá. Es la agrupación normativa de los cuerpos contra lo que luchamos en primer lugar. Ni la contracción ni la expansión nos pueden salvar. El único camino es la destrucción.

Negatividad radical



En el corazón de la abolición del género hay una negatividad. No buscamos abolir el género para volver a un verdadero yo; no existe tal verdadero yo. No es que la abolición del género nos vaya a liberar para existir como yos genuinos y verdaderos, liberados de ciertas normas. Esa conclusión no concordaría con nuestros postulados antihumanistas. Así que debemos saltar al vacío.

Un momento de lucidez es necesario aquí. Si somos producto de los discursos del poder, y buscamos abolirlos y destruirlos, estamos tomando el mayor riesgo posible. Estamos lanzándonos a lo desconocido. Los términos, símbolos, ideas y realidades por los que nos hemos formado y creado arderán en llamas, y no podemos predecir lo que seremos cuando salgamos del fuego.

Es por esto que debemos abrazar una actitud de negatividad radical. Todos los intentos previos de posturas de género positivas y expansionistas nos han fallado. Debemos cesar de presuponer un conocimiento de qué aspecto puede tener la liberación o emancipación, pues dichas ideas están cimentadas en la idea de un yo que se rompe al ser examinado; es una idea que ha sido usada para limitar nuestros horizontes. Solo el rechazo puro, el huir de cualquier futuro conocible o inteligible puede permitirnos la posibilidad de tener un futuro.

Aunque este riesgo sea enorme, es necesario. Pero al tirarnos al vacío, entramos en las aguas de la ininteligibilidad. Estas aguas tienen sus peligros; y hay una posibilidad muy real de una pérdida radical del yo. Los términos con los que nos reconocemos entre nosotros puede que sean disueltos. Pero no hay otra manera para escapar de este dilema. Diariamente somos atacades por un proceso de normalización que nos codifica como desviades. Si no nos perdemos en el movimiento de la negatividad, seremos destruides por el statu quo. Solo tenemos una opción.

Esto captura poderosamente el predicado en el que nos encontramos en el momento. Aunque el riesgo de abrazar la negatividad sea alto, sabemos que la alternativa nos destruirá. Si nos perdemos en el proceso, simplemente habremos sufrido el mismo proceso que habríamos sufrido de no emprenderlo. Es por ello que, sin cautela, nos negamos a postular sobre cómo puede ser ese futuro y lo que podemos ser en ese futuro. Un rechazo del significado, un rechazo de la posibilidad conocida, un rechazo a ser en sí mismo. Nihilismo. Esa es nuestra postura y método.

La crítica sin cese de las posturas de género es por ello nuestro punto de partida, aunque debe suceder con cautela. Porque si criticamos sus infraestructuras normativas en favor de una alternativa, caemos otra vez al poder neutralizador de la normalización. Respondemos a la demanda de una alternativa claramente enunciada y un programa de acciones con un estridente “no.” Los días de manifiestos y plataformas han terminado. La negación de todas las cosas, nosotros incluídos, es la única manera de lograr nada.


https://insurrectrans.wordpress.com/2015/11/28/nihilismo-de-genero-un-contra-manifiesto/

sábado, 5 de diciembre de 2015

Nihilismo de género: Un anti-manifiesto


Nihilismo de género: un anti-manifiesto


Introducción

Nos encontramos en un impasse. Las posturas actuales de la liberación transgénero han centrado sus reinvindicaciones en una concepción redentora del género. Ya sea mediante un doctor o mediante el diagnóstico de un psicólogo, o por una afirmación personal en la forma de una declaración social, nos hemos creído que hay cierta verdad interna hacia el género que debemos intuir.

Una colección infinita de proyectos políticos positivos han señalado el camino que ahora mismo transitamos; una cantidad infinita de pronombres, banderas y etiquetas. El movimiento actual dentro de la política trans ha buscado hacer más amplias las categorías del género, con la esperanza de poder aliviar el daño que hacen. Esto es, cuanto menos, ingenuo.

Judith Butler habla del género como “el aparato mediante el cual tienen lugar la producción y la normalización de lo masculino y lo femenino, junto con las formas intersticiales hormonal, cromosómica, psíquica y performativa que el género asume.” Si las posturas actuales de liberación de nuestres hermanes y camaradas trans tienen su raíz en intentar expandir las dimensiones sociales creadas por este aparato, nuestra obra es la exigencia de ver este aparato hecho cenizas.

Somos radicales que se han hartado de tantos intentos de salvar el género. No nos creemos que pueda funcionar para nosotres. Miramos a la transmisoginia a la que nos hemos enfrentado, la violencia generificada que nuestres camaradas, tanto trans como cis, han experimentado; y nos damos cuenta de que el aparato en sí mismo hace esa violencia inevitable. Hemos tenido suficiente.

No queremos crear un sistema mejor, porque no nos interesan para nada posturas positivas. Todo lo que pedimos en el presente es un ataque sin cese al género y los modos de significado social e inteligibilidad que crea.
En el núcleo de este nihilismo de género residen varios principios que serán explorados en detalle: el antihumanismo como fundamento y piedra angular, la abolición del género como una exigencia, y la negatividad radical como método.

Antihumanismo

El antihumanismo es una piedra angular que mantiene el análisis nihilista de género unido. Es el punto desde el cual empezamos a comprender nuestra situación actual; es crucial. Al decir antihumanismo, queremos dar a entender un rechazo del esencialismo. No hay un humano esencial. No hay naturaleza humana. No hay un yo transcendente. Ser un sujeto no es compartir un estado metafísico de la existencia (ontología) con otros sujetos.

El yo, el sujeto es un producto del poder. El “yo” en “yo soy un hombre” o “yo soy una mujer” no es un “yo” que trascienda esas declaraciones. Esas declaraciones no revelan una verdad sobre el “yo”, sino que constituyen el “yo”. Hombre y Mujer no existen como etiquetas para ciertas categorías metafísicas o esenciales de la existencia, son más bien símbolos discursivos, sociales y lingüísticos históricamente contingentes. Evolucionan y cambian con el tiempo; sus implicaciones siempre han estado determinadas por el poder.

Quien somos, en el mismo núcleo de nuestro ser, quizás no se encuentre en absoluto en la realidad categórica del ser. El yo es una convergencia de poder y discursos. Cualquier palabra que usas para definirte, cualquier categoría identitaria en la que te encuentras, es el resultado de un desarrollo histórico de poder. El género, la raza, la sexualidad, y toda otra categoría normativa no hacen referencia a una verdad sobre el cuerpo del sujeto o el alma del sujeto. No hay un yo estático, un “yo” consistente”, no hay un sujeto que trascienda la historia. Solo podemos referirnos a un yo con el lenguaje que se nos da, y ese lenguaje ha fluctuado radicalmente a lo largo de la historia, y continúa fluctuando hoy en día.

No somos nada sino la convergencia de muchos discursos distintos y lenguajes que están fuera de nuestro control, y aun así experimentamos la sensación de voluntad. Navegamos estos discursos, a veces subvirtiéndolos, siempre sobreviviendo. La habilidad de navegar no indica un yo metafísico que actúe sobre una sensación de voluntad, solo indica que hay una amplitud simbólica y discursiva rodeando nuestra constitución.

Por ello entendemos el género a través de estos términos. Vemos el género como una recopilación de discursos encarnados en la medicina, la psiquiatría, las ciencias sociales, la religión y nuestras interacciones diarias con los demás. No vemos el género como una característica de nuestros “auténticos seres”, sino como una órden de significado e inteligibilidad en la que operamos. No miramos al género como algo que se pueda decir que es poseído por un yo estable. Por el contrario, decimos que el género se hace y es participado, y que este hacer es un acto creativo mediante el cual se construye el yo y se le dan significancia y significado sociales.

Nuestro radicalismo no puede parar aquí, debemos más allá citar las pruebas históricas que evidencian que el género opera de esta manera. El trabajo de muchas feministas descoloniales ha sido muy influencial en demostrar las maneras en las que las categorías occidentales del género fueron violentamente forzadas en las comunidades indígenas, y cómo esto requirió un cambio lingüístico y discursivo completo. El colonialismo produjo nuevas categorías de género, y con ellas nuevos métodos violentos con los que reforzar una serie de normas de género. Los aspectos visuales y culturales de la masculinidad y la feminidad han cambiado con los siglos. No hay un género estático.

Hay un componente práctico a esto. La cuestión de humanismo contra antihumanismo es la cuestión sobre la que se basará el debate entre el feminismo liberal y el abolicionismo nihilista del género.

La feminista liberal dice “yo soy una mujer” y con ello quiere decir que son espiritualmente, ontológicamente, metafísicamente, genéticamente, o de cualquier otro modo “esencialmente” una mujer. La nihilista de género dice “yo soy una mujer” y quiere dar a entender que está localizada en cierta posición dentro de un matriz de poder que les constituye como tal.

La feminista liberal no es consciente de las maneras en las que el poder crea el género, y por tanto se aferra al género como una manera de legitimarse ante los ojos del poder. Intentan utilizar distintos sistemas del conocimiento (ciencias genéticas, postulados metafísicos sobre el alma, ontología kantiana) para intentar probar al poder que pueden operar dentro de él. La nihilista de género, la abolicionista de género, observa el sistema del género en sí mismo y ve violencia en su núcleo. Decimos no a un acercamiento positivo al género. Queremos que desaparezca. Sabemos que apelar a las formulaciones actuales del poder siempre es una trampa liberal. Nos negamos a legitimarnos.

Es necesario que esto sea entendido. El antihumanismo no niega la experiencia vivida de nuestres hermanes trans que han tenido una experiencia de género desde una edad temprana. Simplemente reconocemos que dicha experiencia siempre estuvo determinada por los términos del poder. Miramos a nuestras propias experiencias infantiles. Vemos que incluso en la declaración transgresiva “Somos mujeres” en la que negamos la categoría que el poder nos ha impuesto, hablamos en el lenguaje del género. Hacemos referencia a la idea de “mujer”, que no existe como una verdad estable, pero referencia el discurso que la constituye.

Entonces afirmamos que no hay un yo verdadero que pueda ser encontrado antes del discurso, antes del encuentro con los demás, antes de la mediación de lo simbólico. Somos productos del poder, ¿así que qué hacemos?

Por tanto, terminamos nuestra exploración del antihumanismo volviendo a las palabras de Butler.


“Mi agencia no consiste en negar la condición de tal constitución. Si tengo alguna agencia es la que se deriva del hecho de que soy constituida por un mundo social que nunca escogí. Que mi agencia esté repleta de paradojas no significa que sea imposible. Significa sólo que la paradoja es la condición de su posibilidad.”

Abolición del género

Si aceptamos que el género no se encuentra dentro de nosotros como una verdad transcendental, sino que existe fuera de nosotros en la dimensión del discurso, ¿a qué debemos aspirar? Decir que el género es discursivo es decir que el género ocurre no como una verdad metafísica dentro del sujeto, sino que ocurre como una vía por la cual mediar en la interacción social. El género es un marco, una subcategoría del lenguaje, y una serie de símbolos y signos, comunicados entre nosotros, construyéndonos y siendo reconstruidos por nosotros constantemente.

Entonces, el aparato del género opera cíclicamente: mientras somos constituidos por él, también nuestras acciones diarias, rituales, normas y actuaciones lo reconstituyen. Es darse cuenta de esto lo que permite que se manifieste un movimiento en contra del ciclo. Dicho movimiento debe comprender la naturaleza persuasiva y penetrante del aparato. La normalización tiene una manera insidiosa de naturalizar, tomar en cuenta y subsumir la resistencia.

En este punto se vuelve tentador utilizar ciertas posturas liberales de la expansión. Un número enorme de teorizadores y activistas han declarado que la experiencia transgénero puede suponer una amenaza al proceso de normalización que es el género. Hemos escuchado la sugerencia de que la identidad no-binaria, la identidad trans y la identidad queer quizá pudieran crear una subversión del género. Esto no puede ser el caso.

Declarando nuestra posesión de las etiquetas de identidades no-binarias, nos encontramos siempre atrapados de vuelta en la dimensión del género. Tomar una identidad en rechazo del sistema binario es aceptar el binario como punto de referencia. Las reglas ya toman en cuenta el disentimiento; plantan las estructuras y lenguajes mediante los cuales el disentimiento se puede expresar. Nuestro disentimiento verbal no es lo único que actúa dentro del lenguaje del género, también las acciones que tomamos para subvertirlo a la hora de vestir y amar son solo subversivas por su referencia a la norma.

Si una postura de identidad no-binaria tampoco puede liberarnos, también es cierto que las posturas queer o trans no nos brindan esperanza. Ambas caen en la misma trampa de referenciar la norma intentando “hacer” el género de otra manera. La misma base de esas posturas está cimentada en la lógica de la identidad, que es en sí un producto de los discursos modernos y contemporáneos del poder. Como ya hemos mostrado en profundidad, no puede haber una identidad estable a la que hacer referencia. Cualquier apelación a una identidad revolucionaria o emancipatoria solo es una apelación a ciertos discursos. En este caso, el discurso es el género.

Esto no quiere decir que aquellos que se identifican como trans, queer o no-binarios tienen la culpa del género (o de hacer género). Este es el error de la perspectiva de las feministas radicales tradicionales. Repudiamos estos postulados, ya que simplemente atacan a aquellas personas a las que más les daña el género. Incluso si la desviación de la norma siempre es tenida en cuenta y neutralizada, sigue siendo castigada. El cuerpo queer, el cuerpo trans, el cuerpo no-binario es todavía campo de violencia masiva. Nuestres hermanes y camaradas siguen siendo asesinades a nuestro alrededor, viviendo en pobreza, siguen viviendo en las sombras. No les denunciamos, porque sería denunciarnos a nosotres mismes. En vez de ello, pedimos una discusión honesta de los límites de nuestras posturas y exigimos un nuevo camino hacia delante.

Con esta actitud al frente, no son meramente ciertas formulaciones de la identidad de género lo que deseamos combatir, sino la necesidad de una identidad en sí misma. Nuestro postulado es que la lista sin fin de pronombres, la cantidad cada vez mayor de etiquetas para distintas expresiones de género y sexualidad, e incluso el intento de construir nuevas categorías identitarias simplemente no vale la pena.

Si hemos mostrado que esta identidad no es una verdad, sino una construcción social y discursiva, entonces podemos darnos cuenta de que la creación de estas nuevas identidades no es el descubrimiento súbito de una experiencia anteriormente desconocida, sino la creación de nuevos términos sobre los que poder ser constituidos. Lo único que hacemos al expandir las categorías de género es crear canales todavía más complejos para que opere en ellos el poder. No nos liberamos, nos atrapamos en incontables y todavía más complejas y poderosas normas. Cada una, una nueva cadena.

Y entonces llegamos a la necesidad de la abolición del género. Si todos nuestros intentos de proyectos positivos de expansión se han caído cortos y solo nos han atrapado con nuevas trampas, debe haber otras medidas. Que la expansión del género haya fallado no implica que la contracción sirva nuestros propósitos. Ese impulso sería reaccionario y debe liquidarse.

La feminista radical reaccionaria ve la abolición del género como tal contracción. Para ellas, debemos abolir el género para que el sexo (características físicas del cuerpo) pueda ser la base estable y material sobre la que agruparnos. Rechazamos esto de todo corazón. El sexo en sí mismo está cimentado en agrupaciones discursivas, dadas autoridad por la medicina, y violentamente impuestas en los cuerpos de individuos intersex. Nos negamos a esta violencia.

No, una vuelta a una comprensión más simple del género (incluso si supuestamente fuera una concepción material) no servirá. Es la agrupación normativa de los cuerpos contra lo que luchamos en primer lugar. Ni la contracción ni la expansión nos pueden salvar. El único camino es la destrucción.

Negatividad radical

En el corazón de la abolición del género hay una negatividad. No buscamos abolir el género para volver a un verdadero yo; no existe tal verdadero yo. No es que la abolición del género nos vaya a liberar para existir como yos genuinos y verdaderos, liberados de ciertas normas. Esa conclusión no concordaría con nuestros postulados antihumanistas. Así que debemos saltar al vacío.

Un momento de lucidez es necesario aquí. Si somos producto de los discursos del poder, y buscamos abolirlos y destruirlos, estamos tomando el mayor riesgo posible. Estamos lanzándonos a lo desconocido. Los términos, símbolos, ideas y realidades por los que nos hemos formado y creado arderán en llamas, y no podemos predecir lo que seremos cuando salgamos del fuego.

Es por esto que debemos abrazar una actitud de negatividad radical. Todos los intentos previos de posturas de género positivas y expansionistas nos han fallado. Debemos cesar de presuponer un conocimiento de qué aspecto puede tener la liberación o emancipación, pues dichas ideas están cimentadas en la idea de un yo que se rompe al ser examinado; es una idea que ha sido usada para limitar nuestros horizontes. Solo el rechazo puro, el huir de cualquier futuro conocible o inteligible puede permitirnos la posibilidad de tener un futuro.

Aunque este riesgo sea enorme, es necesario. Pero al tirarnos al vacío, entramos en las aguas de la ininteligibilidad. Estas aguas tienen sus peligros; y hay una posibilidad muy real de una pérdida radical del yo. Los términos con los que nos reconocemos entre nosotros puede que sean disueltos. Pero no hay otra manera para escapar de este dilema. Diariamente somos atacades por un proceso de normalización que nos codifica como desviades. Si no nos perdemos en el movimiento de la negatividad, seremos destruides por el statu quo. Solo tenemos una opción.

Esto captura poderosamente el predicado en el que nos encontramos en el momento. Aunque el riesgo de abrazar la negatividad sea alto, sabemos que la alternativa nos destruirá. Si nos perdemos en el proceso, simplemente habremos sufrido el mismo proceso que habríamos sufrido de no emprenderlo. Es por ello que, sin cautela, nos negamos a postular sobre cómo puede ser ese futuro y lo que podemos ser en ese futuro. Un rechazo del significado, un rechazo de la posibilidad conocida, un rechazo a ser en sí mismo. Nihilismo. Esa es nuestra postura y método.

La crítica sin cese de las posturas de género es por ello nuestro punto de partida, aunque debe suceder con cautela. Porque si criticamos sus infraestructuras normativas en favor de una alternativa, caemos otra vez al poder neutralizador de la normalización. Respondemos a la demanda de una alternativa claramente enunciada y un programa de acciones con un estridente “no.” Los días de manifiestos y plataformas han terminado. La negación de todas las cosas, nosotros incluídos, es la única manera de lograr nada.

De InsurrecTrans. Traducción por Elizabeth Lluna Martín.

domingo, 8 de noviembre de 2015

"Los varones bonitos son los que cuestionamos nuestros privilegios". Entrevista a Fede Abib



Poder descubrir y compartir experiencias como la del Encuentro de Varones Antipatriarcales (VA) en La Plata (Noviembre de 2014) hizo posible, entre otros aspectos, conocer a muchos de quienes desde su implicación y compromiso personal, construyen esta hermosa experiencia en Argentina. Esta entrevista conFede Abib, de VA Rosario es, a la vez que un enriquecimiento desde la experiencia vivida, asímismo una inmersión en lo que supone el pensamiento de quienes hacen presente y ponen valor a la lucha contrahegemónica del patriarcado en el continente Latinoamericano.


- Te ruego que nos detalles un perfil personal, que posibilite que nuestr*s lector*s puedan conocer los aspectos que consideres oportuno destacar.
Ante todo, agradecerte por hacer lugar a mis palabras, por la invitación a este diálogo, que por lo visto en las preguntas que redactamos, será todo todo un desafío concretarlas.

Tengo un titulo en Psicología, hice la carrera en la Universidad Nacional de Rosario; soy docente ad-honorem para diferentes espacios de formación y producción de saberes en diversidad sexual, género y feminismos. Entre otras prácticas, soy miembro del Colectivo de Varones Antipatriarcales de Rosario, que nos definimos como un grupo de varones tratando de repensar y rehacer nuestras prácticas y nuestros afectos a la luz de las teorías feministas.

 
Soy activista en estas áreas desde el 2006, año en que me sumé a una ONG de la ciudad, desde donde difundíamos la campaña lésbica "Cambiemos las preguntas", una instancia precursora de lo que luego sería el debate parlamentario que logró sacar la Ley de creación del Programa de Educación Sexual Integral, Ley 26.150, actualmente vigente y poco implementada en todo el territorio. Participé de forma activa en la militancia que llevó luego a la promulgación de la Ley de Matrimonio Igualitario, durante el 2010. Durante el año 2011 el cáncer azotó mi familia y obligó a detener todas estas actividades; mi madre falleció durante esos meses, y desde entonces habito mucho las metáforas del cáncer: creo que todas y todos los que pasamos por esa enfermedad quedamos habitados por un cierto modo de pensar la muerte y las ausencias, bastante melancólico y potente a la vez; como dicen Susan Sontag, Audrue Lord o Marta Dillon, respecto de esas enfermedades que nos obligan por todos lados a pensarlas como terminales, con un estado mental obligatorio, paradójicamente diferente al resto de los mortales.

- Expones con muchos detalles aspectos muy vitales. De alguna forma, tomando como ejes esenciales y de lucha las experiencias vividas en profundidad. ¿Puedes detallar alguna perspectiva más?
Durante el 2012 comencé una relación afectiva con un compañero con quién tuve oportunidad de revisar y replantearme los saberes que había recorrido hasta el momento, y me acerqué mucho más a las teorías feministas y los feminismos.

Creo que es, y siempre será, un desafío doloroso el revisarse en función de las teorías feministas, porque la mayoría de ellas apuntan a lo que Foucault, desde sus comodidades, describe como la ética del cuidado de sí como práctica de libertad, es decir, pensar contra uno mismo: las feministas, las más radicales, nos invitan a habitar un sujeto político que fundamentalmente piensa contra sí mismo.


 
Trato de recuperar siempre esa pregunta, en términos singulares y colectivos, ¿cómo lidiar con alguien que piensa contra sí mismo? ¿cómo lidiar con un movimiento que se piense contra sí mismo?


Esta conexión entre feminismos y ética del cuidado no es novedad; es una bandera de lucha y un horizonte de deconstrucción que desde hace años vienen sosteniendo muchos movimientos de mujeres, antes de que Foucault o alguna otra teoría hegemónica la pronuncie. Hay una viñeta de Quino, dentro de la historieta de Mafalda, en la que uno de sus personajes, Felipe, refleja muy bien esta dificultad, suspirando que "lo difícil de ser uno mismo es que uno es siempre alguien distinto".

- Tal vez esta frase encaja poco con pensamiento vinculado a la hegemonía patriarcal, a menudo contemplada desde una dimensión de pensamiento único. ¿Como describirías la visión contraria, por tanto rica y compleja?

Personalmente suelo insistir en esta relación porque uno de los slogans más decorativos que solemos usar algunos de los colectivos de varones dice que los varones bonitos somos los que cuestionamos nuestros privilegios, haciendo un paralelo con la declaración popular de que mujer bonita es la que lucha; creo que es una declaración muy prometedora y poco radicalizada, porque a un nivel de complejidad coherente a los feminismos, es decir, pensando en el entramado de vectores de poder por los que accedemos a una experiencia encarnada de nuestras identidades – sexo, género, clase, raza, educación, salud, salario – poco de todo ello queda en pie cuando asumimos el trabajo cotidiano de desandarlo, reconociendo la complicidad que está en juego con el pacto entre varones que sostiene la jerarquía heteropatriarcal y capitalista.


 
Cualquiera que se declare feminista de una manera muy apresurada es meritorio de sospecha, por la sencilla razón de que el feminismo es una invitación a rehusar de los ejercicios convencionales de poder en que se sostiene el privilegio de tener un yo psíquico, y nadie quiere de buena gana dejar de ser quien es; incluso las posiciones más queer rehúsan de abandonar algunos privilegios que la radicalidad otorga.

También hay un entramado de poder que las compañeras feministas aprenden a reconocer y a desandar, y que en muchos territorios las hacen cómplices de la jerarquía patriarcal, heterosexual y salarial; digo esto pensando en posturas más radicales dentro de los feminismos que han desembocado en banderas de luchas como las que apuestan a un estallido de los reglamentos del género, una extinción de esos mandatos, muy en la órbita de las posturas radicales sobre sexualidad que en los años sesenta planteaban el estallido del sexo en cuanto dispositivo.

- ¿Cómo identificar nuestros usos y abusos del poder? El que nos acompaña en lo cotidiano, y que a menudo no contemplamos como tal.


Esta misma entrevista es un ejercicio de poder, en términos de posibilidades, de qué y quién puede decir algo, y qué y quiénes quedan sin ser dichos. Porque es una entrevista personal y yo estoy usando una primera persona a veces singular, a veces plural, para mostrar enunciados que van a ser tomados por los y las lectoras a veces como opinión personal, a veces como una voz colectiva; y eso instaura un régimen de ideas no dichas que son las ideas de mis compañeros de luchas. Ideas que imagino y conozco pueden ser singulares, con otros matices o diferentes.

Creo que corresponde que visibilice aquí el rechazo que otros cuerpos realizan sobre la categoría política de varón, pues en sus historias personales, la socialización por esa vía ha sido por demás dolorosa y repulsiva, trayectorias que no hacen posible que algun*s activistas se sientan representad*s en ese nombre colectivo y buscan otras definiciones para acompañar la lucha contra el patriarcado o los reglamentos del género, desde cuerpos trans, queers o nuevas configuraciones cisexuales. Diferencio ambas luchas porque no creo que sean una y la misma: la lucha contra el patriarcado y la lucha contra los reglamentos del género a veces se unen, a veces se contradicen y a veces se aniquilan mutuamente.

- Varones Antipatriarcales. ¿Desde cuándo estás comprometido en los colectivos y cuáles son desde tu punto de vista los principales motivos que te llevan a esta implicación?
 
Estoy involucrado en los colectivos desde el 2012, año en que se presentó el espacio en la ciudad de Rosario. Creo que la pregunta por la implicación requiere antes unos comentarios sobre el funcionamiento del nombre como categoría política. Del 2009 a la fecha, años en los que vienen existiendo y mutando los Colectivos de Varones Antipatriarcales, tuvimos oportunidades de juntarnos, charlar, celebrar los Encuentros Nacionales de Colectivos de Varones, diferenciar nuestras luchas y en ese intento sostenido de ejercer feminismos, pensamos contra nosotros mismos. Quiero decir, fuimos en contra de nuestro propio nombre.

En el transcurso de estos cinco años emergieron muchos espacios de varones en todo el territorio nacional y muchos de ellos no tardaron en impugnar la categoría de varones por las razones que te anticipaba anteriormente: para muchos compañeros, por sus historias de vida, es una contradicción dolorosa y angustiante identificarse y construir un yo psíquico en el lugar de varón que nuestra maquinaria social genera. Para muchos, reconocerse y declararse varón no convoca los modos de investidura y sociabilización por los que se han construido un cuerpo, una modalidad de deseo, un género y un sexo, sino todo lo contrario; para muchos la marca de varón representa la daga policíaca desde donde históricamente mamá, papá, maestras, maestros, hermanos, hermanas, amigas, amigos, los medios, las artes, nuestras profesiones, nuestros colegas, entre otros, han vigilado y castigado nuestros modos de habitarnos que se distancian de los significados culturales hegemónicos por los que se define la experiencia de ser varón.

- Una mirada claramente tomada desde la incomodidad derivada del modelo hegemónico. ¿Una ruptura con estos modelos y asimismo una articulación de nuevas vivencias?


Mi implicación con el colectivo de Rosario en particular, y con el armado de una Red de Colectivos de Varones, que se declaren y asuman el ejercicio de politizar sus vidas a través de los feminismos, está directamente relacionado con la oportunidad de generar posibilidades para visibilizar, discutir y desarmar ese funcionamiento opresivo al que es funcional la experiencia de ser varón en los diferentes territorios de nuestra cultura. Para algunos ser varón y ser marica, o puto, o gay, o bi, o trans, es una contradicción política y de deseo, para otros, la contradicción misma es nuestra frontera de lucha en tanto oportunidad para romper modelos hegemónicos.

 
Todo esto que te digo es muy teórico y muy abstracto, lo es en tanto fundamentación teórica de cómo pienso en articulación con el colectivo de Rosario la posibilidad de nuestra lucha; a un nivel material y concreto, estas ideas las llevamos a la práctica en grupo, en espacios en los que intentamos compartir nuestras contradicciones a la hora de politizar lo personal, y en conjunto, tratamos de hacerlo colectivo llevando estas problematizaciones a la calle a través de encuentros con otras organizaciones y grupos, en un ejercicio de deconstrucción que intenta abrir la posibilidad a vínculos menos violentos, a cuerpos más libres e igualitarios, extendiendo diferentes luchas históricas que vienen tomando estos ejes como principio de lucha: la implementación de una educación sexual integral, la ampliación de garantías en cuanto a derechos sexuales y no-reproductivos, el acceso a la salud de nuestras compañeras, la legalización y despenalización del aborto, la deconstrucción de los modelos de paternidad y maternidad obligatorios, hegemónicos y opresivos.

- En un comentario reciente en Facebook, planteabas la ayuda y el efecto actualizador o de refresco que tienen los comentarios de género y feminismos. Tomando lo de que: lo personal es político, desde esta base, ¿como ves el intercambio desde las redes sociales, en torno a temas de género y feminismos, pueden enriquecer y acercar conocimiento en un entorno cada vez más global?

(Post que me invita a la pregunta)

Siento enriquecedora la lectura de comentarios en posteos sobre género y feminismos en facebook; siento que ayudan a refrescar argumentos, ubicar discursos simplistas y lejanos a las teorías feministas, y aglutinar contactos que estamos en la misma trinchera discursiva. Cruzando Wittig, Dorlin, Spivak, Butler, Foucault, Lorde, y algo más, una puede intuir que el privilegio de fondo y común a toda la jerarquía de sexo-genero es el Yo. Ser, tener y disponer de un yo psíquico es de los privilegios mejores implantados y menos cuestionados de la episteme heteropatriarcal capitalista occidental. Y es algo que muchas/os ignoramos y preferimos ignorar a la hora de debatir o construir política, incluyendo practicar los feminismos, porque nuestras políticas padecen de obligatoriedad ontológica ignorando que al instaurar el ser un yo psíquico como derecho humano fundamental, garantizan una práctica política centrada en quiénes tienen los egos más largos que otras, independientemente de la genitalidad que nos ampara. Desde luego, nadie nace siendo un yo psíquico, llega un* a serlo; a esto agreguémosle etnia, raza, identidad y clase y quizás recién ahí estemos hablando en términos feministas.

Los/las que no estamos dispuestas a cuestionar nuestros territorios mentales y experiencias encarnadas desde esta complejidad, mejor callarnos la boca en discusiones que tienen más de lógica falocéntrica que fundamentos feministas.



Para ser más humilde, pensaría en potencialidades más regionales, antes que arriesgarme a pensarlas a escala global. Por supuesto que pueden enriquecernos y acercarnos. Creo que esta situación en cuanto a las redes sociales es coyuntural a la viralización de los feminismos. Las adherencias a las teorías feministas son cada vez más variadas y amplias; una gran diversidad de instituciones, espacios, territorios, colectivas, actores y agentes se apuran a declararse feministas; y en ese apuro, creo yo, se dan también los engendros, las mutaciones. A veces son prometedoras, enriquecedoras, como el ferviente feminismo comunitario que encuentra su punto de partida en la lucha de las mujeres indígenas en Bolivia. Gracias a las redes sociales, actualmente se extiende a ritmos agigantados por otros países latinos, invitando a una revisión sobre los principios políticos del movimiento de mujeres. Una denuncia que resulta alentadora ante otras posturas feministas, importadas desde otros territorios al cono sur, que son la posibilidad a diferentes formas de violencias micropolítcas y microfísicas; pienso, por ejemplo, en el colonialismo y el capitalismo cognitivo como dos manifestaciones paradigmáticas de esa violencia.

 
Hoy día se trata como sinónimos diferentes categorías políticas o agenciamientos colectivos que en su genealogía y praxis están muy distantes. Pienso en la maraña discursiva que equipara perspectiva de género con estudios de la mujer, estudios de la mujer con movimiento de mujeres, movimiento de mujeres con feminismos; ni que decir si a eso agregamos la variedad de identidades sexogenéricas que actualmente configuran la lucha por la hegemonía de nuestra política morfológica. Pienso en las redes sociales como un pliegue de época. Quiero decir, desde Guattari, que los devenires singulares, sean o no minoritarios, sean en el orden de la singularidad o en el orden de la multiplicidad, se plasman siempre en alguna plataforma virtual, red social u otra tecnología de información; y quienes actualmente no logran engarzar en esa lógica, que funciona como una nueva política de verdad sumamente compleja, demoran mucho más en construir agendas políticas regionales. Esto va de la mano con la creciente lucha por la democratización del acceso a las tecnologías, la información, que vienen dando los movimientos de mediactivismo en diferentes territorios. Mediactivismo que viene siendo impulsado, en algunos casos por mujeres, pero que en otros casos, representa un nuevo espacio de opresión, control, vulnerabilización, del cuerpo y la vida de nuestras compañeras; junto a ellas, creo con urgencia que debemos agregar la tecnología y las redes a la ya clásica transversalización política que proponen los feminismos entre sexo, género, raza, clase, etnia.

La recuperación apresurada que hago del feminismo comunitario es en función de lo que me citas del blog, puntualmente, la cuestión del yo psíquico y de los privilegios; aunque ya te hablé de ello hace un rato. Creo que por principio, o por definición, los feminismos deudores de la segunda ola son per sé un gran llamado a pensar contra nosotr*s mism*s, y hacerlo, cuestionarnos, es en última instancia derribar la seguridad de nuestro yo psíquico, y arriesgarnos a la radicalidad de existir más allá de sí mismos, en otros, por otros, a través de otros. Con el horizonte en "lo personal es político", la mayoría de las estrategias y tácticas materializadas por los movimientos de mujeres, han contribuido a desbaratar la lógica del binarismo entre lo público y lo privado. La radicalidad de ese principio involucra un despojo de la vida personal, individualista, liberal; hacia una politización de la vida pensada desde un punto epistémico colectivo, y por epistémico no quiero decir solamente teórico, sino mucho más aún material, práctico, de ejercicio.
 
Ese énfasis en la práctica de lo colectivo para politizar la vida personal es parte de lo que mencionaba más arriba sobre el feminismo comunitario. La densidad de opresiones que se cruzan sobre los cuerpos de las mujeres de los pueblos indígenas en Latinoamérica hacen a los vectores de lucha por los que ellas procuran el ejercicio de un sujeto político, una voz que exige una complejidad de denuncias que atentan contra los motores de las jerarquías opresivas que estructuran nuestra realidad. Estas son, claro, la heterosexualidad, el patriarcado y el capitalismo; pero también este feminismo comunitario aparece en diálogo con otros feminismos y con las esferas políticas en general, enfrentándonos contra nosotros mismos, preguntándonos por las formas en que nos hemos entretejido en componentes que reproducen lógicas opresivas, como el colonialismo, el imperialismo, entre otras; y claro que hacernos ver esto es, por lo menos, incómodo; sobre todo para quienes vivimos en la ficción del privilegio de pensarnos "a la izquierda".

- Los colectivos de V.A. nacieron en Argentina y me consta que van emergiendo a la vez en otros ámbitos de Latinoamérica. ¿Cuáles son los puntos más fuertes de la lucha que en este momento deben cruzarse?

Es cierto que como categoría política "Varones Antipatriarcales" parece ser un emergente en Argentina, que ha ganado ciertos modos de visibilidad que le otorgan algunos privilegios de origen que muchos de los integrantes de los colectivos nos ocupamos en derribar. La existencia de espacios similares excede a la vida política del colectivo; sabemos que Latinoamérica cuenta desde hace varios años con espacios de varones que se interpelan en la lucha por la igualdad y la equidad de género, sexo, identidad, por la erradicación de toda forma de violencia, por el cuestionamiento de roles hegemónicos de masculinidad.

 
Negar esta temporalidad sería ignorar la importancia que algunas masculinidades han tenido en algunas conquista recientes de derechos y garantías ciudadanas, como es la legislación sobre matrimonio, identidad de género, educación sexual integral, en Argentina, en conjunto con normativas o estrategias más específicas y territoriales, como los protocolos de aborto no punible o el involucramiento de algunos compañeros en las redes de consejería para abortos con misoprostol.

Para ensayar una respuesta a tu pregunta, sobre los puntos más fuertes de lucha que debemos cruzar, creo que son dos, utópicos quizás, pero rescato la potencialidad de nuestras utopías para ir marcando el camino de lucha a seguir. Esos puntos, creo yo, son la erradicación de toda forma violencia hacia las mujeres y toda manifestación de lo femenino, y junto a ello, reformular nuestros modos de crianza.

- La violencia, como uno de los ejes de intervención, aparece como una estrategia global. Para V.A. , se me antoja que toma corporeidad y presencia de muchas maneras. ¿Como puedes describirnos este hecho?
En primer lugar, pienso en el diseño de estrategias y técnicas por las que se logre el involucramiento de todos los cuerpos en la indignación e impugnación pública, cultural, artística, profesional, política, frente a toda forma de violencia hacia las mujeres o manifestación de la femineidad. Esto nos lleva a un plan de lucha que implica identificar y denunciar las diferentes formas de violencias que se ejercen sobre las mujeres y los cuerpos femeninos, trans, lésbicos, maricas, apostando a la erradicación de todas esas violaciones a la libertad. Personalmente, creo que para movilizar las pulsaciones políticas del deseo y los flujos libidinales de nuestras comunidades es fundamental el potencial estético de las imágenes en los medios de comunicación y conocimientos. Es importante la reflexión política a la hora de formular los mensajes y las representaciones que ponemos a circular cada vez que hablamos o visibilizamos toda forma de violencia hacia las mujeres y a las corporalidades femeninas. Creo que tenemos que desarrollar políticas públicas para garantizar la calidad de vida de esos existenciarios y apuntar a la reformulación de nuestros Estados en claves no sólo anticapitalistas y anti-imperialistas, sino también feministas.

 
 
En paralelo, entretejido con esas definiciones, creo que es fundamental para garantizar la continuidad de esos cambios y de estas luchas, radicalizar nuestros modelos de crianza y educación. En este sentido, los movimientos de nuevas masculinidades y las organizaciones de diversidad y disidencia sexual, así como algunas experiencias de los feminismos, son de necesaria difusión y seguimiento. Es urgente que rompamos con las fantasías hegemónicas que sostienen la crianza de nuestras niñas y niños, a veces disfrazada de ilusiones en pos de hacer el bien, a veces bajo la forma de tabúes. Es urgente que redefinamos las categorías teóricas por las cuales se nos prepara profesionalmente para pensar la vida política y cultural de la infancia, siguiendo modelos de familia, de deseo, de existencia encarnada, que son contraproducentes y anacrónicos respecto de los avances que en otros planos de la vida civil se van conquistando.
 
Es urgente que abandonemos la ficción que insiste sólo en un papá y una mamá para la vida de una niña o un niño, que la mera convergencia espacial garantiza una vida plena. Es necesario que redefinamos nuestras políticas públicas sobre la infancia y la juventud pensando en la violencia con la que nosotros adulteramos las experiencias de crianza desde un territorio mental que no es en nada simétrico a la construcción imaginaria desde la vida infantil.

- En el contexto del encuentro de V.A. que se llevó a cabo en La Plata a finales de noviembre de 2014, uno de los talleres exploró sobre los efectos migratorios, atendiendo a las diversidades y exclusiones que suponen para muchas personas el poder sentirse incorporadas, sin ninguna exclusión a todo cuanto suponga un proceso de deconstrucción de los modelos patriarcales. ¿De qué modo podemos ir trazando un diálogo común entre culturas, y territorios, para ir construyendo comunidades libres del modelo patriarcal?


Creemos que es el gran desafío, algo que los movimientos de varones feministas podemos tomar como bandera. Primero tenemos que saber problematizar y complejizar bien nuestro involucramiento como varones en las luchas de las mujeres, o mejor dicho, de nuestra politización a través de los saberes feministas. Uno de los ejes, me parece, puede ser la construcción de plataformas de intercambio de saberes, sean virtuales o presenciales; pienso en más encuentros, coloquios, congresos; y en otro sentido, en redes, de intercambio, de circulación de las experiencias que los varones logremos hacer como prefiguración, como ensayo, de esa forma crítica y libre del ejercicio de opresión a la que aspiramos con eso de "antipatriarcales".

Por ejemplo, teniendo en cuenta la problematización de la paternidad o de la división sexual del trabajo, que viene ocurriendo en países vecinos, en Argentina no disponemos de tecnología política específica que interpele en contra de un modelo de masculinidad hegemónica, quiero decir, no tenemos políticas públicas nacionales ni de largo plazo que involucren la deconstrucción de los vectores de ciudadanía, cultura y educación por los que se reproduce el machismo; pienso en las experiencias que algunos colectivos de masculinidad de Brasil han logrado traducir a políticas públicas sobre paternidad responsable o licencia por paternidad.

La acumulación y visibilización de esas experiencias, de esos existenciarios, de esos agenciamientos, me parece, pueden ser las letras de las primeras palabras en un diálogo entre territorios, culturas, comunidades y Estados, que nos permitan tejer objetivos regionales entre varones a favor de erradicar toda forma de violencias patriarcal, y por qué no, capitalista y heterosexual. En todo ello, es urgente, necesario y fundamental, la guía de nuestras compañeras, porque son ellas las pioneras en estas formas de construcción política.

Compartir las diferentes formas de politizar lo personal; cada territorio, cada cultura, produce sus propias ilusiones, fantasías, de cómo debe ser o debería ser la experiencia dentro, fuera y en el borde de las masculinidades. La difusión de las estrategias que cada agenciamiento de varones encuentre para materializarlo, es una experiencia potencialmente enriquecedora para otros y otras que recién nos encontramos con la posibilidad de replantearnos estas luchas.

- Me consta que el colectivo de V.A. de Rosario tiene ante sí el reto de planificar y organizar el próximo Encuentro de los colectivos en Argentina. ¿Sobre que ejes se está luchando en la actualidad, que puedan suponer líneas de trabajo comunes para el encuentro de 2015?

Me resulta difícil pensar en una jerarquía de ejes de lucha; el encuentro en Rosario será el cuarto de una serie de encuentros que los colectivos venimos viviendo como los pulsos de nuestra vida política, de nuestra construcción como movimiento. La mayoría de esas acciones tienen que ver con multiplicar entre y desde existenciarios masculinos algunas luchas que vienen siendo motorizadas por los movimientos de mujeres, en las localidades en las que no reunimos, y a nivel Nacional, a través de las posibilidades que encontramos para trabajar en Red, entre las diferentes provincias en las que van apareciendo grupos de varones que quieran sumarse.

 
Históricamente los ejes de los encuentros han sido problematizar nuestro lugar en esta lucha, es decir, esto de pensarnos y decirnos varones feministas; que nos ha llevado a discutir y construir sobre los feminismos y sobre ejes que las compañeras nos han planteado: el machismo y el patriarcado imperante en las organizaciones de base, de la sociedad civil; la homofobia que regula el contacto y el afecto entre diferentes identidades masculinas; las diversas formas de violencia y micromachismos que ejercemos por ser socializados a través de los modelos hegemónicos de masculinidad; la denuncia y erradicación de toda forma de violencia hacia las compañeras; entre otros derivados, creo que esas han sido las líneas comunes que los diferentes colectivos y grupos de varones venimos trabajado.

Esas líneas vienen dadas por la dialéctica de los colectivos, tanto hacia dentro de la red como hacia fuera, con otras organizaciones compañeras, así como en la organización de cada Encuentro Nacional. Siempre organizamos los encuentros de forma colectiva, colaborativa y transversales; cada Colectivo toma responsabilidades específicas, integrales, garantizando acciones concretas en función de diferentes áreas trabajo; luego, además, cada grupo propone un eje específico para abordar durante el encuentro, en función de la experiencia que haya recorrido durante el año, asumiendo la responsabilidad de construir una metodología singular para trabajarlo; finalmente, desde nuestros inicios, la transversalidad nos ha llevado a quebrar las fronteras nacionales y recibir a compañeros y colectivos que vienen de otros países, con propuestas y reflexiones que nos exceden; creo que arriesgar desde ahora cuáles son los ejes para este IV Encuentro Nacional de Colectivos de Varones sería violentar toda esta lógica por la cual nos construimos.

Quizás valga recordar la experiencia de cierre y proyección del III Encuentro, que realizamos en la ciudad de La Plata, en noviembre del año pasado. Luego de tres días de plenarias, reuniones regionales, conversas libres, talleres específicos y acciones abiertas a la ciudad, por los que circulamos cerca de 200 varones acreditados, concluimos a través de una serie de proyecciones para el 2015.


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El mayor consenso estuvo ligado a visibilizar y potencializar la lucha por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, que abre un campo de acción muy amplio si nos amparamos en el lema de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito: "educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir". Cada una de las partes de esta oración, abre un campo de acción en el cual los varones buscamos involucrarnos: la difusión e implementación de una educación sexual integral; la difusión de tecnologías anticonceptivas, la disputa por normativas que faciliten el acceso a los derechos a la salud de las mujeres, así como la visibilización de las redes de socorrismo en situaciones de aborto.
 
En diálogo con esta problemática, hemos asumido el compromiso de llevar adelante acciones específicas con colectivas que luchan por la separación definitiva del Estado y la Iglesia Católica; porque no queremos que una institución tan dañina para la historia de la democracia de nuestro País, y tan violenta con las mujeres y las sexualidades disidentes, tome parte en las estrategias políticas por las que nuestros Estados deben garantizar el pleno acceso de derechos y ejercicio ciudadano.

Luego, por los saberes que se conjugaron en el III ENCV, estas proyecciones incluyen la urgencia de problematizar las diferentes paternidades, y profundizar la politización de nuestros cuerpos: lo afectivo, lo homoerótico, entre varones, con nuestro*s hij*s y compañer*s. Finalmente, de nuevo la pluralidad, en este caso de la presencia de compañeros y colectivos de otros países, nos obligan a tomar más seriamente nuestro funcionamiento como Red de Colectivos, a pensarnos en agendas regionales, en diálogo con experiencias vecinas, y en disputar las tecnologías políticas que nos permitan garantizar la movilidad y sustentabilidad de esa red.

Veo que esta serie de preguntas que hemos elaborado para guiar nuestra charla, se hizo cada vez más extensa, y siento que con esto último es buen momento para suspender el diálogo, hasta tanto las nuevas producciones ameriten nuevos mapas y cartas; quedémonos sobre estas últimas líneas, una suerte de agenda de utopías y urgencias, puestas como horizonte, para echarnos a andar.

Entrevista a Fede Abib por Pere Fullana.