viernes, 5 de julio de 2013

‘La edad normal del destete debe estar entre los dos años y medio y los siete’, entrevista al pediatra Carlos González



Ser padre no es fácil, pero es, sin duda, una de las aventuras más gratificantes que te regala la vida. Por esa razón quizás, son tantos los que emprenden ese camino. Y la mayoría lo hace a ciegas porque el bebé, ya se sabe, no viene con manual. ¿Pero… hace falta? Carlos González, autor de ‘Bésame mucho. Cómo criar a tus hijos con amor’, asegura que no. Simplemente hay que dejarse guiar por el instinto, el respeto y el amor.

Con humor e ironía, este pediatra zaragozano ha ayudado a desdramatizar las situaciones que pueden resultar más complicadas durante la crianza (sueño, comida, la educación… añadan ustedes a la lista), pero, por encima de todo, ha tratado de combatir la cultura del biberón que comenzó a imponerse hace tres décadas contra la propia naturaleza humana.

Es fundador de la Asociación Pro Lactancia Materna de Cataluña (ACPAM), donde ha desarrollado su vida profesional, imparte cursos a profesionales sanitarios, es miembro del Consejo de Asesores de Salud de La Leche League International y autor de numerosos artículos sobre la lactancia.

La leche materna es para él, como tituló un libro en 2006, ‘un regalo para toda la vida’… y sin fecha de caducidad.

Enemigo de las etiquetas, Carlos González rehuye del término “lactancia prolongada”. “No me gusta esa palabra porque da la sensación de que las madres se han pasado. Depende de lo que considere cada uno normal. Actualmente, más de un año o más de seis meses es prolongado, pero estudios antropológicos apuntan a que la edad normal del destete en el ser humano debe de estar entre los dos años y medio y los siete“.

“Hace 25 años-recuerda- lo normal era dar el pecho tres semanas y llegar a los tres meses era una heroicidad”. La realidad social entraba en contradicción con la científica, la que le mostraban los libros a ese entonces recién licenciado por la Universidad Autónoma de Barcelona.

“Si la lactancia era magnífica, ¿por qué nadie lo hacía?”, se preguntaba. Era la profunda huella que había dejado el “cambio sociológico que se había producido a principios del siglo XX, con la incorporación de la mujer al mundo laboral, por la fe en el progreso que hacía creer que la leche artificial era mejor que la de la madre y por la publicidad”.

Su grata experiencia personal con la lactancia, el hecho de que su esposa le diera el pecho a sus tres hijos – hoy en día ya universitarios- le convenció aún más de la necesidad de “promocionar” esta práctica, de ayudar a madres y profesionales sanitarios a recordar lo que ya está escrito en los genes de los mamíferos. Comenzó su tarea con la confianza de que “se produciría un aumento gradual y general” en la lactancia materna, pero no ocurrió así: “un importante porcentaje de madres no logra pasar de unas semanas y una pequeña cantidad pasa de los dos años”.

“Durante muchos años hubo una fuerte publicidad de que la leche de la madre era mala y la gente se convenció -explica este catalán de adopción. Y es un mito que se ha extendido mucho. “Las madres se dejan convencer de que sus hijos se pueden morir de hambre y encima ven en la etiqueta de la leche artificial que es parecida a la leche materna”. El resultado de esta combinación suele ser el destete temprano.

Actualmente, “se ha roto la cadena de transmisión de la información porque ahora las madres se encuentran que sus madres no dieron el pecho porque no pudieron o no quisieron. Pensaban que era retrógado y no quieren que sus hijas caigan en eso. La madre que lacta no encuentra apoyo”.

De ahí, asegura, la importancia de la adecuada formación de los médicos y la existencia de grupos como La Liga de la Leche, que ofrecen ayuda práctica a las madres para que puedan dar el pecho. “El cambio se produce por la difusión de conocimientos y de experiencias”. Y ese cambio, se felicita, comienza a vislumbrarse: hoy en día se está “volviendo a lo que hacían nuestras bisabuelas”.

Pero este camino aún no resulta fácil de emprender. “Sin duda, el mayor problema al que se enfrentan las madres que desean prolongar la lactancia es la presión social. Si salieran todas del armario nos daríamos cuenta de que son muchísimas. Hay que respetarlas”, reclama Carlos González. Y esta consideración hacia la mujer, pero también hacia los hijos parece ser la máxima que guía a este pediatra. Y desde esa capacidad para ponerse en la piel del otro, quizás el secreto que esconden las páginas de sus libros, deja en el aire una reflexión:
“nuestra sociedad nunca lo admite, pero el destete es siempre una pérdida para la madre”.
 
Enlace del artículo original: http://www.asociacionsina.org/2009/08/08/la-edad-normal-del-destete-debe-estar-entre-los-dos-anos-y-medio-y-los-siete-entrevista-al-pediatra-carlos-gonzalez/

viernes, 28 de junio de 2013

Sostenibilidad e identidad sexual (Beatriz Preciado)

28 de junio de 1969, hace 44 años, un grupo de gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, travestis y demás "desestructuradxs", cansadxs de la humillación dieron pie a las revueltas de Stonewall y al origen del día del "orgullo LGTB", de ahí al feminismo postidentario, a la liberación de los cuerpos, nuestras emociones y el espíritu, la política del amor, la lucha con nuestros seres en nuestros caminos, el poder liberado desencadenado que parte desde nosotrxs mismxs... y de aquí en adelante.

Conferencia: Sostenibilidad e identidad sexual (10 partes)
 
 

martes, 25 de junio de 2013

Entrevista a Claudio Naranjo, psiquiatra chileno

Cuando uno escucha a este psiquiatra chileno de 75 años da la sensación de estar frente al Jean-Jacques Rousseau de nuestro tiempo. Cuenta que estaba bastante dormido hasta que en los años 60 se fue a vivir a EE.UU., allí fue discípulo de Fritz Perls, uno de los grandes terapeutas del siglo XX y formó parte del equipo del Instituto Esalen en California. Allí tuvo grandes experiencias en el mundo terapéutico y en el mundo espiritual. Contactó con el sufismo y se convirtió en uno de los introductores de Eneagrama en occidente. También bebió del budismo tibetano y el zen. Claudio Naranjo ha dedicado su vida a la investigación y a la docencia en Universidades como Hardvard y Berkeley. Ha fundado el programa SAT, una integración de la terapia Gestalt, el Eneagrama y la Meditación para enriquecer la formación de profesores.
En este momento está lanzando un aviso muy contundente: o cambiamos la educación o este mundo se va a pique.

-Dices que para cambiar el mundo hay que cambiar la educación ¿cuál es la problemática de la educación y cuál es tu propuesta?

-La problemática en la educación no es de ninguna manera la que a los educadores les parece que es. Creen que los estudiantes ya no quieren lo que se les ofrece. A la gente se le quiere forzar a una educación irrelevante y se defiende con trastornos de la atención, con desmotivación. Yo pienso que la educación no está al servicio de la evolución humana sino de la producción o más bien de la socialización. Esta educación sirve para domesticar a la gente de generación en generación para que sigan siendo unos corderitos manipulables por los medios de comunicación. Esto es socialmente un gran daño. Se quiere usar la educación como una manera de meter en la cabeza de la gente una manera de ver las cosas que le conviene al sistema, a la burocracia. Nuestra mayor necesidad es la de una educación para evolucionar, para que la gente sea lo que podría ser. La crisis de la educación no es una crisis más entre las muchas crisis que tenemos, sino que la educación está en el centro del problema. El mundo está en una crisis profunda porque no tenemos una educación para la conciencia. Tenemos una educación que en cierto modo le está robando a la gente su conciencia, su tiempo y su vida. El modelo de desarrollo económico de hoy ha eclipsado el desarrollo de la persona.

 -¿Cómo sería una educación para que seamos seres completos?

 -La educación enseña a la gente a pasar exámenes, no a pensar por si misma. En un examen no se mide la comprensión, se mide la capacidad de repetir. ¡Es ridículo, se pierde una cantidad tan grande de energía! En lugar de una educación para la información, se necesitaría una educación que se ocupe del aspecto emocional y una educación de la mente profunda. A mi me parece que estamos presos entre una alternativa idiota, que es la educación laica y una educación autoritaria que es la educación religiosa tradicional. Está bien separar Estado e Iglesia pero, por ejemplo en España, han echado por la borda el espíritu como si religión y espíritu fueran la misma cosa. Necesitamos que la educación atienda también a la mente profunda.

-¿Cuándo hablas de espiritualidad y de mente profunda a qué te refieres exactamente?

-Tiene que ver con la conciencia misma. Tiene que ver con aquella parte de la mente de la que depende el sentido de la vida. Se está educando a la gente sin ese sentido. Tampoco es la educación de valores porque la educación de valores es demasiado retórica e intelectual. Los valores deberían ser cultivados a través de un proceso de transformación de la persona y esta transformación está muy lejos de la educación actual. La educación también tiene que incluir un aspecto terapéutico. Desarrollarse como persona no se puede separar del crecimiento emocional. Los jóvenes están muy dañados afectiva y emocionalmente por el hecho de que el mercado laboral se traga a los padres y ya no tienen disponibilidad para los hijos. Hay mucha carencia amorosa y muchos desequilibrios en los niños. No puede aprender intelectualmente una persona que está dañada emocionalmente. Lo terapéutico tiene mucho que ver con devolverle a la persona la libertad, la espontaneidad y la capacidad de conocer sus propios deseos. El mundo civilizado es un mundo domesticado y la enseñanza y la crianza son instrumentos de esa domesticación. Tenemos una civilización enferma, los artistas se dieron cuenta hace mucho tiempo y ahora cada vez más los pensadores.

-A la educación parece solo interesarle desarrollar la parte racional de la gente ¿Qué otras cosas podrían desarrollarse?

-Yo pongo énfasis en que somos seres con tres cerebros: tenemos cabeza (cerebro intelectual), corazón (cerebro emocional) y tripas (cerebro visceral o instintivo). La civilización está íntimamente ligada por la toma de poder por el cerebro racional. Con el momento en que los hombres predominaron en el dominio político, unos 6000 años atrás, se instaura esto que llamamos civilización. Y no es solamente el dominio masculino ni el dominio de la razón sino también de la razón instrumental y práctica, que se asocia con la tecnología; es este predominio de la razón instrumental sobre el afecto y sobre la sabiduría instintiva lo que nos tiene tan empobrecidos. La plenitud la puede vivir sólo una persona que tiene sus tres cerebros en orden y coordinados. Desde mi punto de vista necesitamos una educación para seres tri-cerebrados. Una educación que se podría llamar holística o integral. Si vamos a educar a toda la persona, hemos de tener en cuenta que la persona no es solo razón. Al sistema le conviene que uno no esté tanto en contacto consigo mismo ni que piense por sí mismo. Por mucho que se levante la bandera de la democracia, se le tiene mucho miedo a que la gente tenga voz y tenga conciencia. La clase política no está dispuesta a apostar por la educación.

-La educación nos sumerge en un mar de conceptos que nos separan de la realidad y nos aprisiona en nuestra propia mente ¿Cómo se puede salir de esa prisión?

-Es una gran pregunta y es una pregunta necesaria en el mundo educacional. La idea de que lo conceptual sea una prisión requiere una cierta experiencia de que la vida es más que eso. Para uno que ya tiene el interés en salir de la prisión de lo intelectual, es muy importante la disciplina de detener la mente, la disciplina del silencio, como se practica en todas las tradiciones espirituales: cristianismo, budismo, yoga, chamanismo… Parar los diálogos internos en todas las tradiciones de desarrollo humano ha sido visto como algo muy importante. La persona necesita alimentarse de otra cosa que conceptos. La educación quiere encerrar a la persona en un lugar donde se la somete a una educación conceptual forzada, como si no hubiera otra cosa en la vida. Es muy importante, por ejemplo, la belleza. La capacidad de reverencia, de asombro, de veneración, de devoción. No tiene que ver necesariamente con una religión o con un sistema de creencias. Es una parte importante de la vida interior que se está perdiendo de la misma manera en que se están perdiendo los espacios bellos de la superficie de la Tierra, a medida que se construye y se urbaniza.

-Precisamente quería preguntarte tu opinión sobre la crisis ecológica que vivimos.

-Es una crisis muy evidente, es la amenaza más tangible de todas. Se puede prever fácilmente que con el calentamiento de la Tierra, con el envenenamiento de los océanos y otros desastres que están pasando, no vamos a poder sobrevivir tantas personas como las que somos ahora. Estamos viviendo gracias al petróleo y consumimos más recursos de los que la tierra produce. Es una cuenta atrás. Cuando se nos acabe el combustible será un desastre para el mundo tecnológico que tenemos. La gente a la que llamamos más primitiva como los indígenas tienen una forma de tratar a la naturaleza que no viene del sentido utilitario. En la ecología como en la economía y otras cosas, hemos querido prescindir de la conciencia y funcionar sólo con argumentos racionales y eso nos está llevando al desastre. La crisis ecológica sólo puede pararse con un cambio de corazón, verdadera transformación, que sólo la puede dar un proceso educativo. Por eso no tengo mucha fe ni en las terapias ni en las religiones. Solo una educación holística podría prevenir el deterioro de la mente y del planeta.

-¿Podríamos decir que has encontrado un equilibrio en tu vida a esas alturas?

-Yo diría que cada vez más, aunque no he terminado el viaje. Soy una persona que tiene mucha satisfacción, la satisfacción de estar ayudando al mundo en el que estoy. Vivo feliz, si se puede ser feliz en esa situación trágica en la que estamos todos.

-Desde tu experiencia, tu trayectoria y tu madurez, ¿cómo procesas el hecho de la muerte?

-En todas las tradiciones espirituales se aconseja vivir con la muerte al lado. Hay que hacerse a esa evidencia de que somos mortales y creo que el que toma la muerte en serio no será tan vano. No tienes tanto miedo a cosas pequeñas cuando hay una cosa grande de la cual preocuparte más. Yo creo que la muerte sólo puede superarla uno que en cierto modo muere antes de morir. Uno tiene que morir a la parte mortal, a la parte intrascendente. Los que tienen suficiente tiempo y vocación y que llegan suficientemente lejos en este viaje interior se encuentran tarde o temprano con su verdadero ser. Y ese ser interior o ese ser lo que uno es, es algo que no tiene tiempo y que le da a una persona una cierta paz o un sentido de invulnerabilidad. Estamos muy absortos en nuestra vida cotidiana, en nuestros pensamientos de alegría, tristeza, etc… No estamos en nosotros, no estamos atentos a quien somos. Para eso necesitamos estar muy en sintonía a nuestra experiencia del momento. Esta es la condición humana, estamos viviendo hacia el pasado y el futuro, el aspecto horizontal de nuestra vida. Pero poco atentos a la dimensión vertical de nuestra vida, el aspecto más alto y más profundo, eso es el espíritu y es nuestro ser y la llave para acceder es el aquí y ahora. A veces vamos en busca del ser y a veces nos confundimos en la búsqueda de otras cosas menos importantes como la gloria.

Fuente original: http://www.webislam.com/articulos/60921-la_educacion_que_tenemos_roba_a_los_jovenes_la_conciencia_el_tiempo_y_la_vida.html

martes, 11 de junio de 2013

La princesa que no quería comer perdices

«Y fueron felices y comieron perdices.»
¿Pero fueron felices de verdad?, ¿y si no les gustan las perdices?, ¿será el príncipe tan perfecto como aparenta en el cuento?, y la princesa, ¿encajará bien en su nueva vida?

jueves, 23 de mayo de 2013

Rebatiendo la superioridad humana

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de dirigirme a los estudiantes de la Facultad de Medicina de Hahnemann en Filadelfia. El motivo fue un debate entre un profesor de la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad de Pensilvania llamado Adrian Morrison y yo. Morrison ha usado gatos en experimentos bastante terribles y con los años ha sido el blanco de diversas protestas por parte de los defensores de los Derechos Animales. Yo estaba en contra de dichos experimentos y él, como es de esperar, estaba a favor.

El debate comenzó con una pregunta hecha por el moderador: “¿Se puede justificar el uso de animales en experimentos?”. Adrian Morrison respondió que estos experimentos están plenamente justificados como consecuencia de los beneficios que el uso de animales ha entregado a la salud humana.

Creo que hay que ser cauto al evaluar los beneficios de la investigación en animales. Una cantidad creciente de profesionales de la medicina ha expresado bastante escepticismo frente a la validez científica de los experimentos en animales. Pero incluso si nos beneficiamos de ellos, esto no justifica, moralmente, la explotación de animales.

Si beneficiarse de la explotación animal en sí fuera una justificación sólida entonces ¿por qué este argumento no sirve cuando concierne a los seres humanos? Después de todo nadie podría negar que se obtendrían beneficios aún mayores si utilizáramos seres humanos en contra de su voluntad para dichos experimentos. ¿Entonces por qué no usar seres humanos en contra de su voluntad cuando esto nos beneficiaría mucho más a todos los demás? La respuesta es obvia, no se usan seres humanos en contra de su voluntad porque como sociedad creemos que los seres humanos tienen ciertos intereses que se deberían proteger.

Los seres humanos tienen ciertos derechos. Y el derecho fundamental es el de no ser tratados como propiedad o como instrumentos para los propósitos de sus dueños. Es por eso que casi todos los países están de acuerdo en que la esclavitud, o el trato legalmente sancionado y dictado de los seres humanos como objetos es un verdadero tabú moral universal que debe ser condenado.

¿Pero es posible justificar la esclavitud de los animales? No se trata de resolver situaciones generales, como si acaso es moralmente correcto matar a un animal que nos está atacando, o si acaso los animales tienen “derecho a vivir.” La pregunta es más sencilla que eso: ¿existe alguna justificación moral para masacrar, sólo en Estados Unidos, a más de ocho mil millones de animales al año para ser usados como alimento?; ¿Existe alguna justificación moral para utilizar a más de cien millones de animales, anualmente y sólo en Estado Unidos, para experimentación que en su mayoría tiene un bajo impacto en la salud humana?; ¿Existe alguna justificación moral para utilizar a millones de animales para entretenimiento en rodeos, circos, zoológicos y películas?

La respuesta de Adrian Morrison de que la explotación animal pueda ser justificada por el beneficio de los seres humanos es ilógica, pues ya da por hecho precisamente la esencia del problema: si los animales, al igual que los seres humanos, tienen el derecho básico a no ser esclavizados para provecho de sus amos humanos.

Si debemos justificar esta explotación, es necesario que de alguna manera podamos distinguir a los animales de los humanos, y es más fácil decirlo que hacerlo. Después de todo, ¿qué característica o “defecto” tienen los animales que justifica nuestro trato hacia ellos como esclavos, como nuestras cosas, como propiedad que sólo existe para nuestro bien, los amos humanos?


Algunas personas argumentan que lo animales son diferentes porque no piensan. Pero lo cierto es que esa aseveración es falsa. Es sabido, por ejemplo, que los mamíferos y las aves tienen capacidades mentales muy complejas. Y que además existen seres humanos que son incapaces de pensar. Algunas personas nacen sin algunas partes del cerebro y sus capacidades cognitivas son menores a las de una rata sana. Algunas personas como, el Senador Phil Gramm, desarrollan una muerte cerebral durante su vida adulta y simplemente parecen estar funcionando.


Algunas personas dicen que los animales son diferentes porque no hablan. Pero los animales se comunican por sus propios medios, y además existen personas que no pueden hablar.


La lista es prácticamente interminable, pero el punto es uno sólo: no existe ningún “defecto” que tengan los animales que no sea también característica de algún grupo de seres humanos, y aun así uno jamás pensaría utilizar ese determinado grupo de seres humanos para experimentos o como alimento.


Los animales, al igual que los seres humanos, tienen ciertos intereses en sus propias vidas que trascienden lo que su denominado “sacrificio” puede hacer por nosotros. Y son precisamente esos intereses los que nos impiden por fines morales tratarlos como simples “objetos.”


Volviendo al debate en la Facultad de Medicina, el Doctor Morrison aportó un criterio que, como declaró triunfalmente, separa a los seres humanos de los animales: los seres humanos son “superiores.”


Esta es una respuesta curiosa viniendo de un científico. Después de todo, ¿dónde se encuentra la “superioridad” en el mundo natural? Lo siento Dr, Morrison, la “superioridad” de las especies es al igual que la superioridad de una raza, o de un sexo, una construcción social y no científica. Es un concepto formulado y usado para sostener relaciones de poder jerárquicas. La superioridad no es un argumento que pueda ser usado en absoluto, es una conclusión que da por hecho el punto a demostrar. Da por sentada una afirmación que antes debe demostrar.


El Dr. Morrison señaló que los perros no escriben sinfonías y que los seres humanos sí. Respondí que jamás he escrito una sinfonía y que según lo que sé tampoco lo ha hecho el Dr. Morrison. ¿Quiere decir eso que está correcto que el resto de las personas nos coman o nos utilicen en experimentos?


Y además, su ejemplo demuestra mi punto. Escribir una sinfonía sólo es un acto “superior” si tú eres un ser humano que valora dicha actividad. Algunos perros sin mayor impulso que el que les otorga su posición de sentados pueden llegar a saltar hasta casi dos metros. A eso sí que le llamo “superioridad.” Pero la “superioridad”, al igual que muchas de las palabras cliché de la vida moderna, como “mérito” y “belleza” están ligadas al juicio personal y no a los hechos.


Señalar que podemos explotar a los otros animales porque somos “superiores” no es más que decir que tenemos más poder que ellos. Y nada más. Y exceptuando los partidos fascistas, la mayoría de nosotros rechazamos la visión de que el poder establece lo que es correcto. Así que por qué, díganme, está ese principio tan ciegamente aceptado cuando se trata de nuestro relación con los demás animales.


La realidad es que a nosotros los progresistas nos gusta pensar que nos hemos deshecho de todos los vestigios de la esclavitud en nuestras vidas, pero la realidad es que todos seguimos siendo esclavistas, la plantación es la tierra, sembrada con las semillas de la codicia, y los esclavos son nuestras hermanas y nuestros hermanos no humanos.


A propósito, Morrison dio otra razón para la superioridad humana. Nombró el tamaño del cerebro humano. Pero de todas maneras gran parte del público ya había aceptado el hecho de que el tamaño de los órganos humanos no significa gran cosa.
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Texto original en inglés: "Human superiority"